Febrero adentro

Febrero adentro
Tarde roja con parvadas cielo adentro.
Nos deslizamos en nuestros sillones
en medio de un calor sonámbulo,
mi perro y yo aguardamos la visita de una dama
a la hora y momento de febrero señalados.
Febrero amputado y la carencia de sus días;
devaluado como la moneda del tercer mundo.
Febrero de enamorados besándose a la sombra del sol,
de buganvilias abalanzándose sobre su pecho,
febrero con sus feromonas opacando los heliotropos
con el crujido de los besos humillando a los motores.

La esperamos sentados con nuestras
cuatro patas alineadas,
encerrados en esta matriz de muros de adobe.
Somos dos perros o dos humanos
algo aquí no cuadra.

Practicamos una gracia para arrancarle una sonrisa,
para contagiarle del rojo de nuestro sonrojo
del pantano de nuestros cuatro ojos negros,
de la ausencia de ambos ante su regia presencia.

Somos los últimos arboles de un bosque,
testigos del tronco que cae según el proverbio
con nadie que lo escuche.
Somos dos olas que se sostienen mutuamente
con un pie en el mar y el otro en las plantas de los turistas.

Esperamos que llegue la ciudad con tu nombre
donde alguna vez colocó ahí sus pies mi alma
y ya nunca ha regresado.
Sobre las grises calles de tus venas
grabé en curvillas mis iniciales,
las estrellas de hormigón de tus próceres
son mis vecinos.
También en el exilio se pisa la tierra que se extraña,
en el vuelo imaginario se alcanza a ver
desde tu pelo las banderas retirarse por la tarde,
las estatuas de los niños héroes que amabas en el colegio,
los poros en movimiento que como automovilistas
se sancionan los unos a los otros.

Se escucha el toquido tímido de un visitante,
quizá lo quedo de la locura que avanza a murmullos.
Tengo una tía con esquizofrenia y eso me presupone,
dicen que escucha a un montón de hombres cuestionarla,
la sombras de espejos que hablan con sus pasos de piedra
con todo y su reverso de ojos grises,
los espíritus del cerebro que me contradicen,
otredades que también son mi nombre.

Me asomo por la ventana la calle está vacía.
Un par de transeúntes sin nombre cruza la acera,
me cercioro que sean seres que no ha fabricado mi cabeza.
Un camión de refrescos se apura
algo me dice que ya no vendrá.

En el vientre de mi celular leo que ha muerto tu perro,
que salió de casa antier y un coche despistado
le ha pasado por encima.

Mi perro y yo nos acongojamos
nos miramos a los ojos defraudados,
salimos a la calle a buscar la soledad de otras mujeres,
de otras ciudades donde poner nuestros zapatos de mar en sus plantas.

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Cáncer, homeopatía, viento y pájaros.

Cáncer, homeopatía, viento y pájaros.
Acabo de colgar con mi madre
y dando indicaciones de esto y aquello
me platica entre otras cosas
que el cáncer de la tía Lourdes avanza
como el desembarco en Normandía.

A los pocos meses de haberse recuperado.
Primero atacó un seno, después el otro
y luego el virus buscó un tercero,
un posible testigo clave del asesinato.
Al no encontrarlo quiso colarse en el éter de su alma,
derramar los tuétanos en las arterias,
hacer de la sangre grenetina,
desfigurar su sombra hasta hacerla luz,
dejar solo a un borracho transitar un laberinto de naipes.

El cáncer es ambicioso, te exige.
La vida y sus seguros pasos de ciego.
La muerte y su metástasis
se expande como una gangrena,
como un mar de niebla ante los ojos espectrales,
como un nudo de fuego a los atados pies inquisitorios.
Primero un ser querido, luego otro y al final uno.
La muerte se riega como lava cariñosa
hasta contagiar de fallecimiento las autopistas
del cuerpo humano.
Diario teje como agujeta entre los poros
el telar de un féretro que se tatúa.
Somos una flama que se consume,
Arcoíris que se difumina en la bruma,
maullido que se disipa en la manada de los perros.

Cuelgo y me quedo contemplativo.
Luego canto y silbo sonriendo de forma procrastina
negando todo y cuanto pueda dolerme.
Alzo la voz para acomopañar al cantante de la radio
mi voz es la inmanencia a este cuerpo mundo
una flor que se abre en su bosque marchito
la voz es el balbuceo de mi carne,
la vibración de mi garganta
la enfermedad nativa de mi raza.

Leo el periódico y las palabras se abalanzan
sobre mi como ríos de navajas.
Aquí y allá encuentro imágenes de hombres decapitados,
torsos desnudos parecidos
a las reses que cuelgan en los refrigeradores
de las carnicerías.
Pero las imágenes no son lo que me atosiga,
sino las palabras;
lo triste de las palabras,
gotas de sangre en tinta negra
con sus aguijones sustantivos,
adjetivos con crines y argollas en las fosas nasales,
verbos sin conjugar que se nos suben
al cuello como horizonte de agua
cubriéndonos en el interior de una cisterna.

La música que suena de fondo
es la de los Rolling Stone haciendo vibrar los mosaicos.
Me paro a bailar solo como un trompo,
en el trance me concentro en mi cuerpo
y en el eco de la cueva soy consiente de mis huesos,
mis huesos hundidos en el mar de la carne,
medusas con correa que jamás
han salido del fondo.
De repente siento un murmullo de calambre,
el rápido sístole del crujido
de una casa al asentarse,
rizos de yeso craquelado en muros rotos,
o quizá sean los pasos de fantasmas
que bailan conmigo.

Es un viento.

Este aire que me murmulla en el oído,
es aire o es el idioma del bosque.
Se oyen objetos rebotar en la terraza,
veo desde la ventana pájaros pelear contra el viento.
Las aves tienen huesos huecos rellenos
del mismo aire que circula por sus plumas,
desconozco si los pájaros
también pueden morir de cáncer
o en sus plumas existe el antídoto
para no morir contaminados por la tierra.

De repente vuelve mi la tía Lourdes a mi cabeza.
Pienso casi por lluvia de ideas
a un cáncer atacando a otro cáncer.
Mi médico me dice que un mal ataca a otro mal
según la homeopatía.
Un aliado que desmonta el alma en pedazos
de su gemelo,
un espejo donde fluyen dos concavidades,
dos piezas hembra en un rompecabezas,
dos albercas vacías esperando llene una a la otra.

Para embalar un naufragio se requieren dos mundos:
el del mar que te rodea y el de la mente que se vuelve contra ti.
según esta lógica la locura
se atacaría con locura,
el cáncer con células que edifican tumores.
Así el vuelo de los pájaros y el silbido
del viento que se acurruca en sus entrañas.
Así el mismo viento que apaga
una llama puede aliviar brazas de carbón moribundo.
Somos la carga molesta de una sombra,
no hacemos más que repetirnos
como la memoria de un espejo.
Nadar en las aguas de vidrio de un espejo,
ver nuestro fantasma a los ojos.

El aire no cesa.
Estoy atrapado en una vendimia de huracanes
o el aliento del bosque huye de mi junto a los pájaros
al ver que yo soy el cáncer de este mundo.

ningún traje de cadáver nos queda

ningún traje de cadáver nos queda
La imagen de la torre Eiffel
en una taza con café
que se entibia en la mesa
de trabajo,
y al girar la taza de nuevo otra
torre Eiffel afilada violentamente.

Tengo amigos que tardarán
20 años en pagar su casa
pero en la sala tienen cuadros
reproducidos en serie
de clichés europeos

pinturas que se me figuran a las ventanas
con barrotes en las celdas
de las prisiones.
Pequeños suvenires de la libertad.

Se me viene a la cabeza César Vallejo
vagando hambriento por las calles de París,
se me viene a la mente Henry Miller
durmiendo bajo los puentes del Sena.

Acabo de colgar con Ramiro
tardará cinco años en pagar
su coche nuevo.

Se me vienen a la cabeza
Neal Cassady y Jack Kerouac
casi levitando por las autopistas
en un Hudson 77 que nunca pagarán.

Gente que es una palpitación desnuda
que les hierve la boca por desenvainar un beso
que se hinchan de asombro con el mas nimio amanecer
gente viva.

El otro día fui a comer con una pareja
de amigos con varios años de casados
en el fondo sé que se odian,
se muerden bajo la mesa
con los dientes de los genitales,
pero los miro besarse a la hora de la cena
con sus sonrisas de cera.

Mi generación está llena de subterfugios.
En plena panóptica era digital
se sienten cómodos señalándose
como poco miserables.

No tengo estucos ni imágenes
de París porque un día me paré
bajo el arco del triunfo a tiritar de frío.

Me gusta más la Europa de Vallejo,
Miller y Cortazar que la que vi
con mis propios ojos.

El hambre y el frío son testigos
de la pulsión de estar dinámicos
ningún traje de cadáver nos queda,
no así en el desembolsar una
cuantiosa renta diaria para pagarse
la vida del Yo que puede ser
a los ojos del vecino.

Pánico escénico

Pánico escénico

Un día tuvimos un amor
pero mi pánico escénico lo echó todo a perder.

Hoy amanecí recordándote,
eres el fantasma de un jinete que a horcajadas
domina mi corazón trepidante.

Te aferras a mi horizonte
como un cinturón de arcoíris
a la tarde escampada,
con tus hilos de matices
enudando mi calvicie,
bordando mi cabeza
hasta llegar a mi cuello
donde me abrazas
como una bufanda,
rodeándome con tus guantes
de nimbo.

Tengo aún un banco de caricias
bajo la epidermis.
Una cantera de tus yemas muertas
que resbalan por mi piel
con lo duro de la roca de su ausencia.

Tu fantasma es cada vez más difuso.
Como la historia de la televisión en retroceso
ahora eres blanca y negra,
un espíritu con fallas técnicas
en imágenes que de repente se hacen polvo.

A veces te veo como una marca de agua
detenida en el pasillo,
como la de los 21 gramos que se desprenden de los cuerpos
en videos de YouTube de los cadáveres recientes.
Camino hacia ti con un vaso como para beberte,
para que seas la opacidad de una mujer que navega
cuerpo adentro entre mis costillas,
una Eva emancipada que sostenga mis órganos vitales
entre sus manos de tijera.
Pero al llegar te has ido,
te evaporas en el charco de tu silueta.

De la que si tengo clara imagen en mi mente es la de tus pechos.
Tus senos de lluvia son reflejos de mi espíritu dos veces.
Dos peceras donde se diluye
la brisa de mis desamparos,
mis barcos hundidos que partieron
de mi corazón y nunca regresaron.
Aun chocan contra mi vientre en el recuerdo de un abrazo
como dos globos perdidos amarrados a una mujer,
dos pelotas de helio que buscan las nubes
para llevar tus palpitaciones a los satélites.

No hay noche que no te recuerde.
Que no viaje en mi mente por las calles donde usamos los besos
con el recuerdo de tu cuerpo bajo el brazo.
Que no viaje por los caminos paralelos
a las arterias de tu fantasma.
¿Qué habita en el interior de un fantasma?
Quizás éter.
¿Y en el de un recuerdo?

Tus ojos ya no los veo, se pierden.
Tus ojos fueron dos pájaros
que revolotearon alrededor de mi cuerpo,
dos ceremonias que inauguraron
una parvada con la gaviota en llamas
de mi pecho.

Quisiera haber tenido diez ojos
para rodearte como el vuelo espiral
de drones escoptofilicos,
penetrarte con alguno
hasta contagiar tu cuerpo con el virus
de mi pánico escénico,
y ser así dos actores tras el telón
eternamente,
dos fantasmas que se evaporen
en un solo charco.

Invierno

invierno
Salgo a peregrinar por las calles,
miro en el parque revolotear las palomas
cagar los mosaicos como una lluvia de leche,
miro los ojos perdidos de la gente
extraviados como basura espacial,
como estelas flotando en un vaso de cosmos

Llego a casa y cierro la puerta.
leo con un guiño el periódico;
miro la implosión brusca de la vida en las factorías,
miro el hormigón y sus poros de volcán que respiran,
el criadero de balas que cuelga de los árboles
en exitosas cosecha de invierno,
miro a los niños que cargan muñecos de gurús
repletos de clavos,
fuegos artificiales que estallan la cara,
perros encorvados por la condensa tristeza,
la tristeza de los ángeles dejando nubes en forma de ataúdes,
la tristeza de los pórticos con sus moños negros
y sus funerales en la agenda,
los divorcios que expiran en los escritorios de los jueces,
las incontables ambulancias que merodean como buitres inmaculados.

Hace un momento vi el asta bandera forrada
con piel y entrañas de militares.
El sol de invierno me conmueve
como un hilo de lágrimas,
la longitud de sus luces son fuego frio
que respira en nuestras nucas.

Vuelvo a salir, no todo es tristeza.
miro la vida manifestarse en cada metro cuadrado.
La vida es una moneda que gira por los aires.
Miro la mansalva de hierbajos que rodean los muros viejos,
las cucarachas que merodean los contenedores de basura
no hace falta hacer ningún esfuerzo, la vida nos rodea,
nos abraza con raíces que emergen como la espuma.

Estamos enfermos de vida aun en la enfermedad.
Un cáncer es un cumulo de células vivientes que han venido para matarnos.
Las abejas gastan su único aguijón en la propia muerte
estamos condenados a sumergirnos en la oscuridad aun estando vivos,
a cerrar un día los ojos y generar vida bajo la tierra o bajo el agua,
nuestro cuerpo es un arrecife que anda.

Estamos condenados a ser pasajeros.
Aun saltando con el tren en marcha deberemos cargar con nuestro cadáver.
Somos un pulgar incrustado en una sortija de pistones.

Soy la noche si cierro mis ojos

Soy la noche si cierro mis ojos.
Y me oculto tras mis parpados
para ser una membrana oscura que respira,
juego a ser el fondo del océano
donde la luz ya no penetra,
donde los peces parpadean tranquilos
lejos de las vitrinas del supermercado,
donde la soledad es una almohada de tezontle
para henchir la cabeza.

Aquí hay dos ausencias,
la mía y la tuya
una lista pequeña de dos infinidades,
dos sandalias de playa flotando
en el mar en su desencuentro.

Cierro los ojos para respirar profundamente,
me siento vulnerable como un niño suelto en la calle.
Un “sin ti” es una corona de espinas atada al cráneo.
Hoy un día nublado es una prisión fría
que me enchina la piel con su hálito de hielo,
el simple hecho de pensar en un barrote,
en un trozo de metal,
en un tabique asesino de puertas y ventanas,
de atajos y brechas
me envenena de a poco.

El simple hecho de mirar las claraboyas
y su estrecha mirada de luces,
de pisar el sótano de una estación de metro,
de sentir la oscuridad de un cine atestado de cabezas negras,
me hace estremecer de nervios.

La ausencia de ti, es la oscuridad más profunda,
una manada de perros negros con ganas de hincarme los colmillos.

Tu y yo somos lo falso.
Con nuestras caricias de cartón nos miramos de frente,
con los ojos puestos en las soledades,
somos dos playas vírgenes que los bañistas
no han dejado sino huellas y basura.
Inmaculados como el interior de un huevo.
Tantos amores mediocres no nos han desposado.
En el fondo deseamos morir desangrados en la bañera,
uno encima del otro
con cientos de besos de nadie atorados en nuestras gargantas.

141217

141217
Llevo dos noches sin poder conciliar el sueño. Dos noches en que mi cerebro es sencillamente un sinfín de telones que abren y cierran mostrando una idea tras otra como una mano interminable de cartas. Lo curioso es que nunca he batallado para dormir, sencillamente sin mucho esmero me tiro a la cama y cierro los ojos para mirar el abismo, me pierdo, logro mitigar las voces de mi cabeza ignorando también las de la calle, le apago la luz a las imágenes y a los actores que trabajan en mi mente, me desconcentro para imitar a los muertos; pienso que es el más grande logro de los emprendedores del sueño, desconectar la mente como lo haría un artista en una lluvia de ideas, abandonarse a la nada y ser un clavadista de la roqueta por los aires, pero no he podido. Cumplí cuarenta y ocho horas con la concentración de un ajedrecista. No he de mentir, he considerado varios de los procesos tradicionales para conciliar el sueño. He contado ovejas con una precisión científica, tan es así que cuando llego a la oveja digamos trecientos, el redil está a tope y tengo que mandar a hombrecillos a construir otro encierro. Anoche llegue al extremo de enviar a un negociador para adquirir el terreno conjunto y meter ahí a más ovejas.

Ayer de repente por la tarde, de golpe, en mi sitio de trabajo el sueño se me entregó como en el sencillo trance de un perro, estaba sentado en mi escritorio cuando perdí relación con el mundo, cayó mi cabeza sobre mi hombro y mis manos descansaron sobre mis piernas. Pero nunca pude deducir el momento preciso en el cual caí rendido. ¿Fue en el transcurso exacto en que mandé imprimir un documento? ¿A las 11.25? ¿A las 11:26? Sería interesante lograr descubrir el momento exacto en el cual uno se pierde, se va, dormir podría ser un ensayo de la muerte. Quizá uno nunca sabe cuándo precisamente deja de existir. La falta de memoria de todo recuerdo del nacimiento quizá esté relacionada con la laguna mental de morir. ¿Después de todo quien necesita recordar su muerte?