Sobre la tristeza

No saques los ojos de las lágrimas, báñate a raudales con el agua caliente de tu rostro, hierve desde las profundidades de la tristeza, no te intimides ante las plañideras de cuerda, ante señoritos con el carisma color del reverso de los espejos, el pudor déjaselo a los cadáveres desnudos, a los amantes frígidos que se aman con guantes de látex.

Gime regando tus lagrimales en las albercas que nos alumbran con sus reflejos, en el jugo de oasis que nos permite presenciar los eclipses. Luego se evaporará tu rocío, subirá por las escaleras del viento y regará los campos de alfalfa, alimentarás gordas vacas hasta llegar con sus lácteos a nuestras bocas, y así quizá pueda reconocer tu tristeza de las otras, una tristeza malva digamos, un pedacito de ti en el mundo. Luego sonríe, mira los campos de alfalfa que has dejado verdes, mira la vida desde una taza de café con miel en tu mano ¿Cuántos cadáveres hay haciéndonos fila? Soy un ocaso de hombre que perdió cuerda para ver perderse las plañideras en el horizonte, para sentir mi palpitar con tus manos en mis ojos. Para gozar de una tristeza mutua que nos albergue.

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Cicatrices y bocas

Cicatrices y bocasSumergido en una paz de muerte, con mi lengua de gato acaricio mis heridas cerradas, visito mis huellas queloides con mi saliva.

La lengua es mi articulación favorita, es un manojo de nervios mirando por entre sus bósales las paredes que a veces son bocas abiertas, es un músculo que mira por su ventana sentado como un rey en su silla, se asoma a la luz con la dieta del vidrio de sus ojos velando, vertiendo palabras afiladas como uñas o sinceras como puños, ¿que acaso la boca no puede considerarse una herida abierta?

Y ahí estamos mis cicatrices y yo rostro a rostro. Una hermosa corona de flores nos rodea y nos secuestra las miradas. Miro la muerte en cada uno de sus poros difuminados. Las cicatrices son la muestra que donde no hay belleza igual los filos de la tierra y el agua embonan la piel muerta a la vida, son placas u obeliscos inaugurados en mis capitales.

Al morir he pedido ser incinerado. Al desaparecer mi última mancha, ya con mi cabellera y mis pliegues deforestados me haré un hueco en la infinidad de recuerdos, para caer por el horizonte igual que un trozo de pan de la boca.

Cerrándome los parpados

Cerrándome los parpados ante un cuerpo abierto, un ser bañado en el latón de su pelo, con los ojos de un cielo azul de ese que patrulla las playas, así yo en una tierra sin nombre frente a una mujer des-nom-bra-da, rodeándole con mis alas sus plumas de madera, jurándole no amar a nadie más que a su vuelo en picada rumbo al piso.

Los celos, las sombras y el Salt Lake de Utah

Los celos, las sombras y el Salt Lake de Utah
-Hijo no le pongas tanta sal a la comida-. Me decía mi madre de pequeño siempre que me sentaba en la mesa, la misma frase sonaba por lo menos una vez al día. Frente al comedor en casa siempre había un televisor, al sentarnos todos a desayunar la caja hablaba por todos nosotros. Un día cenando solo frente a un vaso de leche y un salero vi transmitir un documental acerca del Salt Lake de Utah, el lago más salado del mundo. Un sitio donde no puede haber vida debido a esta condición, decía que por la salinidad uno podría tirarse a sus aguas y flotar sin hundirse eternamente como la sombra de una montaña. Desde entonces yo ya tenía fijación con dos cosas, una de ellas el amor, la otra mi sombra, ese charco gris que siempre me acompaña.

El sol del medio día nos señala
me hablas de frente.
Miro como el aire choca contra ti
derrama tu cabello en el vacío;
el mismo viento que esparce cadáveres
colocados bajo las narco mantas,
el mismo viento que comparten
las gaviotas y los aeroplanos.
Con la pulsión de los hombres te abrazo
te rodeo como a una glorieta,
inmediatamente me sumerjo en el ensueño
y arrojo la mirada a las molduras de un portón.
Me saltan las interrogantes:
¿Es un soplo la felicidad?
¿Una sospecha de muerte?
¿Un abrazo es una huida de mí mismo?

Mírate mecida bajo la tarde
tranquila y rítmica como una sábana en el tendedero
eres agua que se cuela por mis dedos de madera,
somos dos piezas de rompecabezas
que embonan perfectamente.
Tocar tu piel es empalmar dos caricias
una palpitación sobre otra
haciendo una pequeña orquesta.
Pero no todo es pan sobre hojuelas,
el amor florece en un tallo de espinas oxidadas.
De repente siento un puño a la altura de la garganta
un ansia ridícula como la que impera en los hospitales psiquiátricos,
tengo un coraje sordo mudo que avanza
desde mi pecho hasta las extremidades,
y de las extremidades a mi pecho
como ondas de un lago golpeado por una roca.

Aún hoy tengo frente a la mesa un televisor. A veces sintonizo el canal cristiano como simple ejercicio de comicidad. A un sacerdote en una entrevista le preguntaron su opinión acerca de los celos. -Los celos son como la sal-. Responde. -En pequeñas dosis le da sabor a la comida, en grandes cantidades lo echa a perder todo-.

Yo siento celos de todo lo que se te acerca, soy un pez que habita el Salt Lake de Utah, no conozco más que la sal como condimento, siento unos celos enfermizos de todo lo que te mira, de los objetos que aprisionan tus manos, de los paisajes que te estremecen, de los sabores que pasean por tu boca, ¿cómo es posible que todo ello sea un sin mí?
Toco tus manos con la sensación de palpar caricias antepasadas, beso la boca de otros hombres en los tuyos, podría seguir la ruta de tu espalda siguiendo huellas de uñas como marcas de neumáticos en el desierto.

Si he de escribir todo sobre ti también
haré alusión al no ti,
al no tú, al no nosotros.
Hablaré de los detalles
no venales que te encarnan dentro y fuera de la piel,
de los átomos etcéteras
que bombean energía en tu cabello por ejemplo,
de la diáspora de tus ciudades
que parten digamos del ulterior de un muslo,
de un hombro,
de una uña ligeramente enterrada,
de una vértebra que palpita,
de las catedrales alzadas
en cada nodo, en cada vértice.
A cada una de las silabas que emergen de tu boca,
chocando con tu paladar,
lubricadas como engranes hasta resbalar
por mis tímpanos.
Al nácar de tus huesos tragados
por un mar de sangre como barcos hundidos.

Que si he de nombrarte como se describen
a todos los arietes de un transbordador
también debo hacer alusión a todo aquello que no despega,
al trabajo que se ejerce en el suelo,
a la herramienta,
desde el ingeniero en jefe del proyecto
hasta el más sencillo de los remaches.

Así pues tu sombra,
el más claro enigma.
Gato negro que rebota en mis dos ojos de vidrio.
Suvenir del material de la noche que te cuelga
como llavero.
Te detienes parada entre el pasto y el hormigón
y un traje urgido de vestirte te arremeda
como un eco, te mira como transeúnte fetichista
que no para de observar unos zapatos,
o como un escoptofílico husmeando
desde la ventana.

Es una envidia malsana la que me cierra los puños, piedras de sal lagrimeando por mis ojos, como puede ser que algo te siga a todos lados, no importa si es materia incorpórea, no deja de tocarte, no te suelta el pie ni la mano. ¿Cómo es posible que un duende se adhiera a ti como si te poseyera? En el abrazo no dejo de pensar en la triada que formamos, mi psicólogo me dice que estoy enfermo de celos, que tengo algo crónico en términos patológicos, que tengo sal bajo las uñas, entre los sobacos, en las muelas del juicio, en el pubis. Me pesa la presencia de un tercero, de un lóbrego intruso que no suelta la liga a tu cuerpo, pero aquí hay que hacer una anotación importante, yo también tengo sombra, ella a veces también te toca y eso igualmente me molesta. Si decido arrojarme al Salt Lake de Utah mi sombra navegaría conmigo, flotaríamos ambos como tripulantes de un barco, y aún si decido ahogarme, seguiría conmigo, a un lado, viviendo a costa de mi cadáver. Debo pensar en otra solución. Las cenizas mantienen una sombra muerta, al ras del piso, pero aun así la sombra viviría.

Ayer me enervó la sombra de mis caricias en tu cuerpo desnudo ¿que se cree ese intruso? ¿Como puede alojarse en tus pechos cual si fuera a un muro cualquiera? Sigo pensando seriamente en una solución. Matarnos como ya he visto mantendría a esos seres vigentes, pero por otro lado ya no tendríamos conciencia de su existencia. Si, eso haré, acabar con nuestras conciencias de tajo, no pertenecer más al mundo de las sombras, olvidarlos en el mundo de los vivos hasta que la indiferencia los mate de aburrimiento, o mantener bajo llave a nuestros esqueletos sin que la luz pueda servirles de cómplice. O hundirlos, si, ahogarlos en lagos dulces de donde nunca más escapen, y tú y yo florecer juntos en lo más solitario del mundo, donde nadie voltee a verte y tus ojos sean presa de ninguna imagen más que la mía, la de mi alma, donde ya no sea un soplo la felicidad ni una sospecha de muerte, y un abrazo eterno sea la huida de nosotros mismos.

Respecto a la violencia contra la mujer en México.

Yo de niña, vi en los diarios de las tiendas titulares de mujeres con cabezas separadas de sus cuerpos, yerbajos de cabello sin vida escurriendo entre la tierra, múltiples seres desnudos forrados de golpes forzados a exhibir su muerte a plena luz del día. En ocasiones mi mamá nos tapaba los ojos, otras veces la curiosidad nos ganaba y mirábamos de frente con el temor y la curiosidad con la que se miraba a Medusa, con todo y su respuesta de piedra en los ojos. Imágenes aterradoras de carne abierta que aún se sentía palpitar en el papel. Fotos de pechos sin caricias, difuntos en la cuneta o en el piso de un bar un sábado de fiesta, operarias de maquiladoras arrojadas al desierto de Ciudad Juárez por cofradías de espectros cobardes, hombres sin rostro nacidos por el culo que se perdían entre el halito de las cloacas y las tolvaneras. En las noticias por entonces, vi ríos rojos cubriendo señoras tendidas en el piso, y a un lado de ellas la marea muerta colándose por el suelo entre el pegado de los mosaicos; mares de sangre sudar las ciudades de México y casquillos repartidos por los suelos como dulces de una piñata rota.

Una tarde miro llegar a mi tía Carmen con un ojo violeta y la nariz quebrada, con la dignidad a fuego lento como aire que se quema en el pocillo, se sienta en el comedor y enciende un cigarro, cruza la pierna, sonríe con la cara más triste del mundo.

En la pubertad a la vuelta de mi casa, una mujer rodando de una camioneta fue arrojada a la guarnición a pudrirse en el asfalto, a plena luz de una mañana de jueves, la gente la esquivaba para ir a sus trabajos, a la escuela, a misa. Otra mujer en Durango se le abandonó en un paraje para difuminar su cuerpo en los tonos de la tierra, sin ropa, con el rostro mancillado por palos de odio. A otras las tomaron de forma brusca para depositarlas en atrios abandonados como ofrendas a la santa muerte. Obsesionada como niña curiosa empecé a coleccionar recortes de periódicos y revistas, los pegaba en un muro de mi cuarto jugando a tratar de esclarecer los crímenes, y en el fondo tenía un gran temor, salía a la calle lo más inadvertidamente posible, me hice tan pequeña y tan beige que la gente me confundía con un montoncito de arena, una escultura en la playa bajo un pañuelo de mar que cubría mi cuerpo para no ser vista. Salía a la calle escondiendo mi feminidad como la cabeza de una tortuga, usaba playeras largas y bombachas para evitar que se asomaran mis pechos, para evitar las formas. Decidí perderme en el entorno como un animal de camuflaje, ser mujer en este país es un nudo constante en la garganta.

Yo ahora en cinta de una niña me estremezco al pensar en que dedos deposito mi vientre. Nunca esclarecí ningún asesinato, sé que muchas veces tampoco la policía, este México no ha cambiado, aún siento temor.

cuatro hombres

cuatro hombres
Sentados cuatro hombres, pisando el horizonte.
Con hormigueros haciendo erupción a nuestra vista
con la tristeza de nuestros ojos diáfanos
y rostros de metal que ocultan nuestras almas.

Al rebasar las cinco cervezas
develamos las formas de las nubes.
Nos concentramos en un banco roto por el surco de un avión
– Parece un cocodrilo que ataca. Dice uno.
– No, más bien es una mujer orinando. Dice otro.

Ha estado lloviendo y el verde se aproxima
a nuestros zapatos.
Los perros corren libres alrededor nuestro.
Ahora alguien habla acerca de
Walt Whitman, otro de la selección mexicana de 1994,
del error de Zaghe contra Noruega y
de Hugo Sánchez calentando la banca,
de los discos de Seru Girán,
del indio Fernandez, de Tarantino.

De fondo Johnny Cash canta dentro de una prisión
y las parvadas de pájaros comienzan a buscar asilo,
bailan en estructura contoneándose siguiendo
su endémico ritmo
sorteando los huizaches cercanos a nosotros.

A unos metros está la zona de tolerancia.
Ramos de puntangas floreciendo en el concreto
vitrina donde habitan las vírgenes de marfil
las novias extáticas de los maniquíes que pagan.

Roídos de alcohol nos mesemos en las sillas a dos patas
maquillamos con risas nuestras sórdidas heridas abiertas,
tatuajes mal cicatrizados que palpitan y borbotean.

Cancún México, Julio 2001

Cancún México, Julio 2001
La noche niega con su cuerpo las horas
timon de nave poseída por la niebla.
La madrugada es un cascabel de una serpiente interminable
que descansa junto a su propio rostro,
sastre de smokings de sombras que nos visten
dulces gotas de negrura infinita
y nosotros adheridos a ella.

Entre las núbiles piedras de una ciudad que gatea
acomodados obsesivamente como dientes de piano
un millar de hoteles lindera las avenidas.

El faro con su cuerpo de jirafa alarga su único ojo.
Algunos barcos dan la vuelta como aspiraciones derrotadas
y caen más allá del horizonte.

Las turistas de los bares que se vuelven
un montón de seda si las tocas
sonríen a los descocidos sin rostro.
Una de ellas –quizá europea-
avanza ordenada como un aliento de pájaros
ocultando la borrachera en el escote
como todo lo que ocultan las mujeres.
Se balancea hacia mí, me toma de los brazos
me pide disculpas
hubiera querido besarla.

Ninguna de ellas es lo que esperas
pero de solo echarles un ojo te enamoras
de todo ese mar de cerveza que es su cabello
de las formas perfectas de sus cuerpos de cerámica
de sus ojos poliglotas que parecen haberlo visto todo.

No tienes nada que obsequiarle al mar
ni una gota de sangre, ni un lingote de oro
todo lo escupe pues ya ostenta todo
si acaso tu cadáver aunque no es suficiente.

Alumbrado por las calles avanzo por callejones
plazas y callejas.
Me detengo donde tres estrellas alineadas
me hacen sombrero.
La ciudad habla en voz baja.

A donde mires
beodos cuerpos blancos
balbucean inglés en diferentes acentos.
Te acechan a cada paso con sus sonrisas perfectas
sus muestrarios de cicatrices en tinta
sus ojos grises como el cielo de Londres
sus manojos de efectivo que les escurre
sus enormes pechos postizos.

Regresé a dormitar a la central camionera
exhausto me derrumbo en una comodísima banca de acero
nada vivo queda en una ciudad como esta.
Mañana pisa un huracán la costa según las noticias
tal vez no vivamos para ver el sol de mañana
y se rompa en ínfimos pedazos de cerámica la piel blanca
y me vista de ella en las cenizas.