Hormigas

hormigas

Siente el tallo de una brisa circundarte
Siente el reflejo de la naturaleza en tu rostro
un verde olivo de ulceración en tus ojos
el llanto de un bosque para alargar tu mirada
Tus ojos que son dos yemas que acarician los pájaros
Ventanas abiertas adheridas a la noche.

Tiembla un río en tu garganta
para seguir su cauce en tus ojos
La noche no es soledad ni es tristeza
es la sombra del bosque y del mundo
si miras para arriba
Las estrellas son las hormigas
que también suben por tus ojos

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Viernes 13 de julio de 2018

Viernes 13 de julio de 2018
Yo nací en este ataúd de carne
Cárcel de nudillos rechinando en su orquesta
Mi cuerpo es un camión de ritmo y música;
mi braceo, mis pasos, mi corazón.

“Yo que nací con Videla
Yo que nací sin poder
Yo que luché por la libertad
Y nunca la pude tener”.

A esta hora tengo puesto a Charly García
Hoy recuerdo a todos los muertos de mi vida
Los oigo como tarabillas cantándome al oído
Un día compartes una cena con ellos,
los miras a los ojos desternillados de risa
y al otro dos toneladas de tierra
les cierran los parpados.
Un día García saca un disco y al otro
se pudre en un manicomio
Un día tienes todos los cuatros
en la partida de dominó
y al otro tragas piezas hasta
que las tripas se te llenan de resina.

“Hoy paso el tiempo
Demoliendo hoteles
Mientras los plomos juntan los cables
Cazan rehenes”

La muerte también es rítmica
El fin de una melodía no programada
El resultado de una partida con el nudo del ahorcado
amarrado a tu manojo de mulas.

Hoy recuerdo a todos los muertos de mi vida
Los ojos extraviados del primero
nunca salen de nuestra mente.
Un día tomas café con ellos
y al otro apestan al espeso olor de un relleno sanitario.

Oigo al cojo que duda en el laminado
Que un día sin su bastón rodó por las escaleras.

Miro a aquel amigo que un día una llanta
le partió la cabeza en la carretera

Las huellas de un cadáver
son las de todo su cuerpo
Una huella digital de siete cuartas y media
Como la frente de una playa
recostada en los bañistas
Un panteón es una hoja de partituras
La música de una playa es la de un jazz improvisado

La gente deja huellas eternas
impregnadas en el mundo
Como las huellas en los zapatos
en el hormigón recién vaciado
Un paso después de otro con su diagonalidad
musical tatuada para siempre.

La muerte es una sombra que nos finge,
mi traje de ataúd es a la medida de mi alma
Nadie instala música dentro de un féretro
porque el alma ha partido y los oídos
se han vuelto chatarra espacial que levita en el éter.

Un día la vida huirá de mí mismo hasta
convertirme en madera y tierra
Un día seré la última ficha del juego
El último de los cuatros en la canción de la huida.

“Ahora no estoy más tranquilo”…

Los trenes del retorno

Los trenes del retorno
yo necesito un día para quererte
y dos para extrañarte

El latido trepidante de un recuerdo,
que con el freno escindido no detiene nuca su viaje
es un reflejo que me imita
una sombra atada a mis dos patas de palo,
mientras hablo ya soy recuerdo y mi yo de mas tarde me piensa
me repite una cinta en la grabadora de su espíritu,
quizá los fantasmas sean películas en pausa
aves que se disecaron antes de emprender su último vuelo.

Los recuerdos son monedas de dos caras,
rasguño de la espada en la pared con el corazón en medio,
amores muertos que renacen como flamas,
caricias fugitivas que me reconocen en la quiromancia,
ojos que son trenes que retornan
para limpiar las lágrimas con los pañuelos blancos del despido.
Son cuerpos en la arena y son playas con cicatrices
de pisadas en la espalda.

Yo soy también el recuerdo de alguien,
hay manufactura de cuerpos similares al mío
en el corazón de otras personas.
Yo también soy la playa
con huellas de bañistas tatuadas en mi espalda.
Yo también soy un tren que aplasta los pañuelos
del despido en su regreso.
Yo también soy sexo en el imaginario de alguien,
soy gasolina de un orgasmo,
nudo en la garganta de una entrepierna.
Soy el que canta un sueño en la mente
de algún otro,
soy un cuerpo de humo que con su mano
de vaho provoca unos ojos cerrados,
como cuando se quiere evitar
los ojos abiertos en un cadáver recién hecho.

el tiempo no se ve como la poesía o el aire
siempre se consuma el tiempo fantasma en la muerte,
el amor respira en las presencias
y transpira en las ausencias
el coro de un diástole y un sístole que un día han de enmudecerse,
de un desamor aún no roto
también el amor es invisible y anacrónico
yo necesito un día para quererte
y dos para extrañarte

como la prisión de una solitaria
que afuera sería serpiente,
somos también donde en símbolo habitamos,
somos muchos nosotros y afuera otros
incluso tengo muchos yoes desconocidos.

Cierra mis parpados de piedra
y súbete conmigo al tren del retorno,
hasta huir del horizonte de otros soñantes
y llevar en nuestra tripulación
a todos nuestros homólogos imaginarios.

La noche de la sombra

la noche de la sombra
Es una calle estrecha, invertebrada, un callejón donde vienen las ratas a morir, un cumulo de mosaicos cegados por las nubes del vaho de las alcantarillas, estoy cegado como la mirada de dos ojos de vidrio, soy un pirata navegando con doble parche. Camino leyendo en braille los postes y las texturas con caricias sobradas como las de los adolescentes enamorados. Escucho el tronido de hojas secas y de las cucarachas disecadas por el viento, de pronto una luz se enciende y choca contra mí de frente, alguien camina detrás de mí como a veinte metros. Si cambio de acera, cambia de acera, si acelero el paso, acelera, si me detengo se frena en seco. Volteo y la neblina me revela a nadie. Cambio de ruta súbitamente, doy vuelta en la esquina, empiezo a correr como un niño asustado, él se alarga y sostiene mis pies con sus extremidades elásticas, me detengo debajo de un foco, agito los brazos soltando algunos golpes al aire, aviones desahuciados sin destino para colisionar, la mancha negra responde con las mismas combinaciones, me arremeda a una velocidad vertiginosa, es mi sombra. Maldita plaga de luces negras atada a mis tobillos, maldito trance del parpadeo eterno, maldito reflejo del agua negra. Me mira con sus pupilas oscurecidas asomándose al charco de mis ojos, gesticula, sonríe, cuestiona mi andar de bruces, se burla de mi obsesividad compulsiva cuando evito las líneas del pavimento al caminar, trato de ignorarla. De pronto, miro a un hombre parado en una esquina al inicio de una calle estrecha e invertebrada, me acerco, imito sus movimientos cual si fuese su propio reflejo, quiero su simetría, la marca de agua en los muros de sus espejos, quiero ser negro como el alma de una llanta, el hombre se asusta, camina, corre, yo lo persigo, camino, corro, quiero difuminarme en sus tobillos hasta sentir la presencia infranqueable de su materia, ahora soy su sombra, el hilo negro que se desprende de su cuerpo. Si cambia de acera, cambio de acera, si acelera el paso, acelero, si se detiene yo me freno en seco. De pronto corre despavorido, le sigo el paso con una velocidad envidiable, los pies me fallan, el cansancio se apodera de mí, lo pierdo de vista. Miro al piso y está mi sombra, alzo la mirada a las calles y la neblina me revela a nadie.

Las cucarachas

las cucarachas
Después de muchas horas noctambulas
de supercherías para conciliar el sueño,
del intolerante silencio de las calles inermes.
Desde mi ventana, desde el interior de mi cuarto
la ternura de la noche es la de un tigre dormido
o la de un lagarto que bosteza
bajo una mano que lo acaricia.

De pie
después de henchirme de silogismos
hasta ahorrar minutos en siglos de vigilia,
salgo a la calle, busco a la gente urgido de contacto
con la mirada bien abierta como la de un pescado.
¿A dónde?
a repoblar una antigua plaza con el censo de un hombre
simulando un mitin o un concierto embarazado de una multitud frenética.
Miro el vacío, el silencio es de color oscuro
el negro del espacio se hincha en un mutismo celeste.
Las estaciones espaciales son fríos edificios que respiran muy alto.

Me dispongo a husmear la entrada de un bar que cierra
dejando salir a sus arrapiezos borrachos
trastabillando en la acera como becerros nacientes,
como cucarachas que respiran insecticida.

Camino calle abajo y el aire golpea mi cara,
consume de golpe un cigarro en mi boca
exhalando con los pulmones del abismo.
Los últimos ebrios caminan en contra mía;
pequeña barahúnda con desordenes de tránsito;
sus lagrimas de alcohol borboteando en sus parpados;
sus trajes roídos con corbata y sus nudos del ahorcado en las gargantas.
Todos hombres, atiborrados de melancólicas canciones.
La mujer común ya no deambula a estas horas
protege su sexo bajo la sabanas tatuadas a sus cuerpos
ahogando la vulva entre las piernas con miedo a que salte del colchón
y busque sonámbulo algún quitapesares,
algún falo que de mirarlas las deje preñadas.

Quiero estrellarme en el agua de alguna mirada,
en un rostro translucido que me escuche.
Soy el babuino más débil de una tribu superviviente.
Una cucaracha con diez horas de desahucio.

Doy vuelta e ingreso a una calle que no conozco,
recorro un callejón, circundo una glorieta, regreso,
me pierdo en lo oscuro;
en lo inhóspito de las sombras agrestes de los postes,
en la dehesa citadina que forma cabellos verdes negruzcos
en una vista calva desde el cielo son mechones de árboles.
A pesar de mi sosiega soledad suelta en las calles
estoy ansioso como un perro libre en la autopista.

Me asomo por accidente a una tienda cerrada de alebrijes
miro por una vitrina oscura que refleja mis ojos,
después distingo la forma de tu nariz en un dragón de papel.

No ha partido la mudanza en mi cabeza de tus últimos símbolos.
en los rincones de mi mente hay penachos de cabellos,
labios lapislázuli, hectáreas abandonadas de piel,
pinzas oxidadas de sostenes, charcos de perfume,
libros abiertos, días de misterios dolorosos,
flores secas, parvadas de gaviotas disecadas.

Cierra tu boca amor mío en mi cabeza,
recoge cada una de tus palpitaciones,
repliega esas alas convulsas
que antes me abrazaban en el vacío
y ahora son las grietas de un cielo que se desprende a pedazos.
Yo no sabía pero las cucarachas también vuelan,
tienen planeo limitado pero vuelan
tienen alas impotentes como las de las gallinas.

Deja de volar en mi mente un instante
sal de mí pájara maldita.
Deja de cortar huracanes en mi jardín de hálitos,
deja de sembrarme árboles en llamas,
déjame silencioso el tímpano para que escuche cuando aparezca
la canción de mi muerte, la de la despedida.

Regreso a casa,
con el aburrimiento crónico de un viejo enciendo la tele
¡Listo! la caja de luces habla por nosotros,
bombea mi sangre entre sus circuitos,
lo que avanza de mi muerte se lo debo a esas voces
a ese ritmo de lavadoras sempiternas.

A trescientos metros las campanas llaman a misa de siete
hay alguien arriba y debajo de mi cuarto, los ecos de sus despertadores
me dan un triste escalofrió, es un martes
o un miércoles o un jueves cualquiera.
Desde mi ventana las cucarachas se mueven al azar,
hunden remos en el día hasta vaciarse en la nada.
Vi un documental que advertía que las cucarachas
sobrevivirían a la guerra atómica,
que han estado aquí antes que los dinosaurios.
Para ellas somos unos insectos de paso
que tienen algo de impotentes como sus alas.

pirómano

A Rodrigo

pirómano

Página 24 martes 8 de mayo, 2018

Se Suicida con monóxido de carbono

Lo conocí en algunas tardes de copas, entre un corro de borrachos y largos tragos de licor acompañados solo de la noche: Hola, que tal… Si desde luego… Salud. Éramos un grupo de alacranes bebiendo insecticida, matándonos de a poco, ¿qué diferencia hay entre tu fallecimiento de tajo y nuestros pagos anticipados a la muerte? Morir es morir no hay más.

Luego de discutir con su esposa, un sujeto se quitó la vida mediante “la muerte dulce”, provocando aparatoso incendio en su vivienda de la colonia Héroes.
El protagonista del suicidio 51 de este año en Aguascalientes, el número cuatro de este mes, es Jesús Roberto Reyes Santos, que contaba con 40 años de edad.

Te miro, estás de pie, después de prenderle fuego al mundo, mirando al vacío, nublado de rabia como un pit bull encerrado en un deshuesadero, con caricias conteniendo puños que parece que van a estallar por la presión de tus manos, con las paredes de la mente tirándose encima de ti mismo. Un loco no es solo un ser que se derrumba, es una muralla a la cual le han amputado los cimientos. Roberto es un hombre edificado con naipes, que a grados Richter oscila desde lo trepidatorio de sus zapatos, de la sobriedad que ya ni con calzador embona, es una torre de Manhattan con las rodillas de cal oscilando, un piloto árabe que también es edificio y avión y estallido, pólvora seca pidiendo a gritos una flama que lo acaricie.
El olor es penetrante, se consume una casa y mira el incendio en primera fila, Roberto es un niño con la curiosidad de un perro, y la nariz de un perro, y el carácter de un perro. Sonríe asomando maliciosamente sus caninos, viste una corbata emulando una correa de acero y un saco café que le queda grande.

Los hechos ocurrieron en lo que fue su casa, situada en avenida Convención oriente 303, casi esquina con avenida Alameda, en donde el hoy finado, tras reñir con su pareja, cerró con llave la puerta principal y además la atrancó con muebles.
Acto seguido, prendió fuego en una parte de la vivienda y se situó en otro lugar, para esperar que el monóxido de carbono acabara con su vida.

Plantó llamas como se siembran árboles, y luego se sentó a ver la cosecha naranja rodearlo con sus brazos-brazas, se sentó en medio de un cuarto como esperando que un tren que hierve le pase por encima, resignado con su nariz bloqueada por el humo. Se sentó a presenciar el momento justo en que las voces de su mente callaban, como su corazón inquisitorio mandaba a la hoguera a las brujas que le susurraban al oído. Hay gente que dormida encuentra la muerte dulce, pero Roberto tiene la curiosidad del artista y quiere ver a dios a los ojos, quiere llegar despierto a su destino, quiere decirle algunas cosas, quiere saber a qué huele la muerte propia.

Un perro tiene el olfato cincuenta veces más desarrollado que el ser humano promedio. Robertito después de sus nueve meses de parto al salir pudo respirar la sala de maternidad; olio al médico, olio el semen adherido a la trusa del anestesiólogo, el aliento de la cañería descansando en la cuneta, las luces, la saliva en las gargantas, el miedo, la gangrena, la disentería de la sala de urgencias conjunta. Roberto comenzó a los dos años a particularizar todos los detalles, a oler los insectos que ensucian los muros con su animalidad entera, el choque de lo invertebrado de sus alas contra los huesos de las paredes. Olfateaba los arboles como un sabueso, bajaba la nariz buscando el núcleo de la existencia enterrado en toneladas de humanidad decadente, abría la tierra con las manos, ponía los gusanos en su rostro. Un niño sensiblero de aquellos que no pescan una suma en la clase, que abstraía el planeta mediante sus fosas nasales, un niño casi nariz y yemas semejante a una hormiga hipnotizada deambulando por los patios de la escuela, pegado siempre a alguna tribu como si esta fuera la falda de su madre. Cuando se quedaba solo, sentía una punzada a la altura de la sinusitis, podía percibir el aroma del vacío, no el de una caverna húmeda y tenebrosa sino más bien el de una oscura ausencia, el de un color negro bañándote de noche, el de la espesura de la nada.
Como pudo fue creciendo entre la teta tardía de la madre, el poderoso olfato y las buenas y malas compañías. A veces pertenecer significa sacrificarse, ser un esclavo para ofrendarse a los aztecas, un preso. No entendió que estar solo no es un “sin nadie”, sino un “con nadie”; la compañía simbólica de los fantasmas de uno mismo; quizá el cristal le otorgó las voces que lo acompañarían siempre y no estaría abandonado; el canto de los duendes que no lo dejarían solo. No saber estar solo en medio de una espesa locura significa vivir asequible a puertas falsas abiertas como ventanas, a buscar la identidad de una tribu que te abandona a la suerte en la tundra. No pudo ser de otra manera, hay interpretación en ambos sentidos, en la de estar solo y en la de no estarlo. Hay gemelos que al separase enferman, como dicotomía de una escasa semilla que se abre diametralmente para ser separada, quirúrgicamente, la conjunción con la no compañía y la siembra en dos por encima y por debajo del ecuador. Se dice que del otro lado del mundo el agua del retrete gira en un sentido opuesto a este; así uno de los dos árboles crece de cabeza y los cantos de sus pájaros se escuchan al revés. Me imagino a Roberto en la soledad de la placenta, suspirando en agua la tristeza de un gemelo que nunca vino a acompañarle, de la otra semilla sembrada en la no historia.

Al filo de las 20:00 horas, un automovilista se dio cuenta que la casa se incendiaba, por lo que llamó al servicio de emergencia 911.
Pronto llegaron bomberos en varias unidades y de inmediato abrieron la puerta y combatieron las llamas que consumían muebles, plásticos y ropa.

Ya de adulto un día lo eligió la droga, la piedra cristalina con la muerte impresionista a través del diáfano de su diamante, la oteada que te penetra con sus dos ojos de vidrio, sus dos espejos azules. La metanfetamina. El foco, la vía rápida, la tangente que va del placer a la locura, el menjurje de hielo para retener los barcos que mueren como los maniquíes de ojos bien abiertos, mujer cazadora invisible que te va disecando de a poco antes de inyectarte la bala mortal. La droga lo escogió como dicen que los libros nos escogen, el amor a primera vista también es ciego, un día te enamoras de Julieta y de pronto a la vuelta de la esquina miras a los Capuletos armados con navajas, esperando tu descuido, furiosos por la otredad de tu apellido buscan tu corazón para atravesarlo. Y así, poco a poco viajó por el túnel donde no hay vuelta, miró de re ojo la página abierta que contiene todas las respuestas, dio un sorbo de caos a un vaso medio lleno de soledad y desahucio para después partir como un barco sin regreso.
Le llaman “la muerte dulce”, una mordida de serpiente con encías, maravilla del adiós sin pañuelos en la estación de trenes. Cuando encontraron a Roberto no tenía quemaduras, no era un Giordano Bruno para morir calcinado ¿Qué inquisición castigaría el cuerpo de un suicida? ¿Si ya no hay regreso? la placenta es un océano que nos dejó náufragos en esta isla, ya solo queda esperar la muerte o partir en embarcaciones de palma.
Su ocupación era vender perfumes, darle a su nariz los mejores regalos de este mundo, pocos son propicios al oficio donde ejercen sus genialidades natas, dios no es uno de ellos, el diablo si probablemente.

Posteriormente encontraron tirado a Reyes Santos, quien no tenía ninguna quemadura, pero al ser revisado por un paramédico, se determinó que había perecido.

El gallo de la tarde

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Se oye un canto perdido de un gallo en la cercanía
en medio de una tarde enrojecida
como una hoja de otoño desprendiéndose en invierno.

Adiós a este sol que cierra los ojos.

En el rincón de esta alcohola
escucho el pulso de la entraña de lo vivo,
el palpitar de un mundo detrás de la puerta
y bajo la misma los zapatos de un hombre
que susurra: nadie.

Adentro todo es eco de caverna.
El silencio es un muro transparente,
dialogo entre el hierbajo y la maleza,
el pez y la escafandra, la lámpara y la sombra.

A veces en mi soledad extraño la levadura de un cuerpo
especifico entre los labios,
la sincronía del recuerdo de una sal ajena
que se unta en mis glándulas
hasta dejar un sabor casero en la boca
durante minutos.

A veces durante largas noches
extraño a una mujer del sur de Francia
cuyo fantasma no deja de visitarme;
llega quieta, se queda inextinguible como un faro.
Con su sábana blanca y sus hoyuelos en los ojos,
con su grito gutural de buu que me despuebla
y sus pálidos pies celtas levitando en el vacío.

A veces extraño su rostro, su mirada,
sus ojos son del color de la nuca de un espejo,
auditores del tiempo y de lo lacustre de mis fosas,
vértigo de dos olas sacudiendo mi cara,
cráteres de lágrimas que todo lo inmaculan.

Ayer la vi deambular por las ventanas de mi estudio.
Esta vez desnuda, con sus pezones rosados alumbrando como antorchas.
Con sus cabellos de latón tejiendo pájaros amarillos,
gallos suspendidos como colibríes,
la veía juzgándome por encima del hombro como un gato,
su cuerpo era un resorte que paseaba de muro a muro
con altivas pupilas mirándome de frente.

Afuera el sol tímido ya semejante a una luna
el gallo perdido canta y se consuma la noche.

Cantan los gallos cantan lo demorado de sus voces por la tarde,
son el virus que una noche naciente
dejó entrar en su diáspora de pétalos negros.
Abrirse es dejar huecos
pedalear en dos ruedas con las rodillas desnudas,
amar.
Nosotros nos abrimos como el latido de dos crestas
antes de una batalla,
con las navajas del espolón intercambiamos plumas,
expusimos las menudencias en el caldo de un beso
con dos cuerpos desnudos cerciorándose
de la lluvia que cae de una regadera
sin desunir a cuatro alas el intercambio de caricias y sangre.

Un gallo es un pájaro que no despega,
un símbolo francés anclado a la tierra.
Sus huesos no son huecos como los de las aves que emigran.
La claridad en lo diáfano polarizado de su maldición;
Tener alas sin poder despegar el vuelo,
ser testigos de la madrugada que muere hasta ver clarear su primer canto
con un ancla en la tierra.

Cantan machos a la altura de una verja
dislocando la luna en su latido.
Mis huesos son espesos como los de un gallo,
mis manos son alas inválidas
que abanican el polvo,
mi canto es áspero como el estrépito de un taladro.
soy el intento de un ave que no puede emprender el vuelo.

Nada me une a Francia pero en mis venas
navega su sangre de vino tinto
y el sabor de una de sus mujeres en mi boca.

Salgo y abro mis plumas para saludar al sol
miro los coches casi encimados unos con otros
y canto: Nadie.