Los celos, las sombras y el Salt Lake de Utah

Los celos, las sombras y el Salt Lake de Utah
-Hijo no le pongas tanta sal a la comida-. Me decía mi madre de pequeño siempre que me sentaba en la mesa, la misma frase sonaba por lo menos una vez al día. Frente al comedor en casa siempre había un televisor, al sentarnos todos a desayunar la caja hablaba por todos nosotros. Un día cenando solo frente a un vaso de leche y un salero vi transmitir un documental acerca del Salt Lake de Utah, el lago más salado del mundo. Un sitio donde no puede haber vida debido a esta condición, decía que por la salinidad uno podría tirarse a sus aguas y flotar sin hundirse eternamente como la sombra de una montaña. Desde entonces yo ya tenía fijación con dos cosas, una de ellas el amor, la otra mi sombra, ese charco gris que siempre me acompaña.

El sol del medio día nos señala
me hablas de frente.
Miro como el aire choca contra ti
derrama tu cabello en el vacío;
el mismo viento que esparce cadáveres
colocados bajo las narco mantas,
el mismo viento que comparten
las gaviotas y los aeroplanos.
Con la pulsión de los hombres te abrazo
te rodeo como a una glorieta,
inmediatamente me sumerjo en el ensueño
y arrojo la mirada a las molduras de un portón.
Me saltan las interrogantes:
¿Es un soplo la felicidad?
¿Una sospecha de muerte?
¿Un abrazo es una huida de mí mismo?

Mírate mecida bajo la tarde
tranquila y rítmica como una sábana en el tendedero
eres agua que se cuela por mis dedos de madera,
somos dos piezas de rompecabezas
que embonan perfectamente.
Tocar tu piel es empalmar dos caricias
una palpitación sobre otra
haciendo una pequeña orquesta.
Pero no todo es pan sobre hojuelas,
el amor florece en un tallo de espinas oxidadas.
De repente siento un puño a la altura de la garganta
un ansia ridícula como la que impera en los hospitales psiquiátricos,
tengo un coraje sordo mudo que avanza
desde mi pecho hasta las extremidades,
y de las extremidades a mi pecho
como ondas de un lago golpeado por una roca.

Aún hoy tengo frente a la mesa un televisor. A veces sintonizo el canal cristiano como simple ejercicio de comicidad. A un sacerdote en una entrevista le preguntaron su opinión acerca de los celos. -Los celos son como la sal-. Responde. -En pequeñas dosis le da sabor a la comida, en grandes cantidades lo echa a perder todo-.

Yo siento celos de todo lo que se te acerca, soy un pez que habita el Salt Lake de Utah, no conozco más que la sal como condimento, siento unos celos enfermizos de todo lo que te mira, de los objetos que aprisionan tus manos, de los paisajes que te estremecen, de los sabores que pasean por tu boca, ¿cómo es posible que todo ello sea un sin mí?
Toco tus manos con la sensación de palpar caricias antepasadas, beso la boca de otros hombres en los tuyos, podría seguir la ruta de tu espalda siguiendo huellas de uñas como marcas de neumáticos en el desierto.

Si he de escribir todo sobre ti también
haré alusión al no ti,
al no tú, al no nosotros.
Hablaré de los detalles
no venales que te encarnan dentro y fuera de la piel,
de los átomos etcéteras
que bombean energía en tu cabello por ejemplo,
de la diáspora de tus ciudades
que parten digamos del ulterior de un muslo,
de un hombro,
de una uña ligeramente enterrada,
de una vértebra que palpita,
de las catedrales alzadas
en cada nodo, en cada vértice.
A cada una de las silabas que emergen de tu boca,
chocando con tu paladar,
lubricadas como engranes hasta resbalar
por mis tímpanos.
Al nácar de tus huesos tragados
por un mar de sangre como barcos hundidos.

Que si he de nombrarte como se describen
a todos los arietes de un transbordador
también debo hacer alusión a todo aquello que no despega,
al trabajo que se ejerce en el suelo,
a la herramienta,
desde el ingeniero en jefe del proyecto
hasta el más sencillo de los remaches.

Así pues tu sombra,
el más claro enigma.
Gato negro que rebota en mis dos ojos de vidrio.
Suvenir del material de la noche que te cuelga
como llavero.
Te detienes parada entre el pasto y el hormigón
y un traje urgido de vestirte te arremeda
como un eco, te mira como transeúnte fetichista
que no para de observar unos zapatos,
o como un escoptofílico husmeando
desde la ventana.

Es una envidia malsana la que me cierra los puños, piedras de sal lagrimeando por mis ojos, como puede ser que algo te siga a todos lados, no importa si es materia incorpórea, no deja de tocarte, no te suelta el pie ni la mano. ¿Cómo es posible que un duende se adhiera a ti como si te poseyera? En el abrazo no dejo de pensar en la triada que formamos, mi psicólogo me dice que estoy enfermo de celos, que tengo algo crónico en términos patológicos, que tengo sal bajo las uñas, entre los sobacos, en las muelas del juicio, en el pubis. Me pesa la presencia de un tercero, de un lóbrego intruso que no suelta la liga a tu cuerpo, pero aquí hay que hacer una anotación importante, yo también tengo sombra, ella a veces también te toca y eso igualmente me molesta. Si decido arrojarme al Salt Lake de Utah mi sombra navegaría conmigo, flotaríamos ambos como tripulantes de un barco, y aún si decido ahogarme, seguiría conmigo, a un lado, viviendo a costa de mi cadáver. Debo pensar en otra solución. Las cenizas mantienen una sombra muerta, al ras del piso, pero aun así la sombra viviría.

Ayer me enervó la sombra de mis caricias en tu cuerpo desnudo ¿que se cree ese intruso? ¿Como puede alojarse en tus pechos cual si fuera a un muro cualquiera? Sigo pensando seriamente en una solución. Matarnos como ya he visto mantendría a esos seres vigentes, pero por otro lado ya no tendríamos conciencia de su existencia. Si, eso haré, acabar con nuestras conciencias de tajo, no pertenecer más al mundo de las sombras, olvidarlos en el mundo de los vivos hasta que la indiferencia los mate de aburrimiento, o mantener bajo llave a nuestros esqueletos sin que la luz pueda servirles de cómplice. O hundirlos, si, ahogarlos en lagos dulces de donde nunca más escapen, y tú y yo florecer juntos en lo más solitario del mundo, donde nadie voltee a verte y tus ojos sean presa de ninguna imagen más que la mía, la de mi alma, donde ya no sea un soplo la felicidad ni una sospecha de muerte, y un abrazo eterno sea la huida de nosotros mismos.

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