Respecto a la violencia contra la mujer en México.

Yo de niña, vi en los diarios de las tiendas titulares de mujeres con cabezas separadas de sus cuerpos, yerbajos de cabello sin vida escurriendo entre la tierra, múltiples seres desnudos forrados de golpes forzados a exhibir su muerte a plena luz del día. En ocasiones mi mamá nos tapaba los ojos, otras veces la curiosidad nos ganaba y mirábamos de frente con el temor y la curiosidad con la que se miraba a Medusa, con todo y su respuesta de piedra en los ojos. Imágenes aterradoras de carne abierta que aún se sentía palpitar en el papel. Fotos de pechos sin caricias, difuntos en la cuneta o en el piso de un bar un sábado de fiesta, operarias de maquiladoras arrojadas al desierto de Ciudad Juárez por cofradías de espectros cobardes, hombres sin rostro nacidos por el culo que se perdían entre el halito de las cloacas y las tolvaneras. En las noticias por entonces, vi ríos rojos cubriendo señoras tendidas en el piso, y a un lado de ellas la marea muerta colándose por el suelo entre el pegado de los mosaicos; mares de sangre sudar las ciudades de México y casquillos repartidos por los suelos como dulces de una piñata rota.

Una tarde miro llegar a mi tía Carmen con un ojo violeta y la nariz quebrada, con la dignidad a fuego lento como aire que se quema en el pocillo, se sienta en el comedor y enciende un cigarro, cruza la pierna, sonríe con la cara más triste del mundo.

En la pubertad a la vuelta de mi casa, una mujer rodando de una camioneta fue arrojada a la guarnición a pudrirse en el asfalto, a plena luz de una mañana de jueves, la gente la esquivaba para ir a sus trabajos, a la escuela, a misa. Otra mujer en Durango se le abandonó en un paraje para difuminar su cuerpo en los tonos de la tierra, sin ropa, con el rostro mancillado por palos de odio. A otras las tomaron de forma brusca para depositarlas en atrios abandonados como ofrendas a la santa muerte. Obsesionada como niña curiosa empecé a coleccionar recortes de periódicos y revistas, los pegaba en un muro de mi cuarto jugando a tratar de esclarecer los crímenes, y en el fondo tenía un gran temor, salía a la calle lo más inadvertidamente posible, me hice tan pequeña y tan beige que la gente me confundía con un montoncito de arena, una escultura en la playa bajo un pañuelo de mar que cubría mi cuerpo para no ser vista. Salía a la calle escondiendo mi feminidad como la cabeza de una tortuga, usaba playeras largas y bombachas para evitar que se asomaran mis pechos, para evitar las formas. Decidí perderme en el entorno como un animal de camuflaje, ser mujer en este país es un nudo constante en la garganta.

Yo ahora en cinta de una niña me estremezco al pensar en que dedos deposito mi vientre. Nunca esclarecí ningún asesinato, sé que muchas veces tampoco la policía, este México no ha cambiado, aún siento temor.

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