Los fantasmas de la casa

Los fantasmas de la casa
Subo por la mañana a la azotea
me gustan las nubes naranjas del amanecer.

Bajo y me distraigo en las escaleras
me concentro en un punto del barandal
-inquilinos anteriores me dicen que ahí
se ahorcó una mujer hace cuarenta años-.

Desde un filo saliente de lo más alto
otro hombre saltó a la calle.

En el departamento contiguo
una anciana murió de neumonía,
hay espíritus por doquier.

Mis vecinos se fueron argumentando
que ahí vivía una mujer fantasma
que los quería fuera,
otro mas dijo que en el pasillo un anciano
con un bastón camina
de un extremo a otro con un sombrero
de los años veinte.

Muchos inquilinos han huido
del edificio por los fantasmas
pero a mí me tratan bien,
no me sorprenden susurrándome en el baño
a media noche,
no se sientan a la orilla de la cama
a esperar que despierte de porrazo,
no caen las cosas al piso,
los fantasmas me respetan y yo a ellos.

Solo un día me sorprendí al mirar abierta
la puerta del closet continuo,
pensé de inicio que alguien
se había metido a robar,
tomé un palo y esperé en la sala
una lucha a muerte.

Al saber que era un espíritu
hablé con él, amablemente
le pedí que se fuera,
y nunca más el closet quedó abierto.

El edificio es un barco y los fantasmas
también son tripulantes,
viajamos todos a la velocidad de la montaña,
algunos son marineros de verdad en anterior vida
y otros filibusteros esperamos como bañistas
el momento para saltar al agua.