Apuntes sobre la ciudad de México

Apuntes sobre la ciudad de México
Las luces rojas de los semáforos a media tarde
de carácter decorativo pocos las respetan, la ciudad con su enorme tapiz
de innumerables torres de Pisa que en cada terremoto bailan.
Las calles del centro, y su oligofrénica geometría
de antiguo piano de dientes anómalos,
los edificios empinados son mujeres húmedas como hocicos de caballo,
se levantan los vestidos y se puede ver el páncreas
y las tripas asomarse, por la sensual piel abierta de hormigón
que esconde eternos ciudadanos sumergidos en trincheras altas.

Los traga fuego parados en sillas tambaleantes
con detonadores de napalm en la punta de la lengua, de pronto,
un espasmo de autos arranca en medio de un espeso
muro de llamas, y el virtuoso traga fuego sobrevive intacto
a la cremación en un enorme truco de magia.
Esa es la ciudad de México, un enorme truco de magia,
el truco de magia más grande del mundo,

Anterior hay otra ciudad debajo de las huellas
Hay una chinampa constelar que naufragó herida de muerte
en medio del Xochimilco, un lago donde los fantasmas
del agua aún mueven con sus dedos los cimientos del mundo,
ahí los muñones prehispánicos hechos índices de piedra
apuntan a la luna, acostados en un sarcófago eterno,
ocultados por bastidores de siglos de historia europea,
un pudor inquisitorial que les tapo el ano, los senos, las ingles,
rellenando las fosas con pedregal y tierra,
con gárgolas a lo alto de los edificios que buscan juanas de arco
y como perros de aeropuerto aún parece que vigilan

sabemos que la verdadera ciudad de México asoma sus entrañas
y respira por los alcantarillados,
transpira a través de los bronquios de la gente
en una especie de conexión epidérmica,
una extensión de un cuerpo catatónico a un pulmón comunitario,
la ciudad en continuidad humana a nivel celular
se reembolsa a sí misma.
los bronquios de la gente son una amplificación rítmica
de la garganta de una Tenochtitlan sumergida,

los algoritmos en los muros dicen algo imperceptible a simple vista,
desde las cicatrices de grafiti que abundan hasta las laboriosas
pinturas en las paredes de los antiguos palacios virreinales,
un código de quiromancia o un espejo,
miro a los tianguistas levantando las manos
vendiendo algo, justo como alzaban sus recipientes
de piedra los chac-mooles o simplemente en otro tianguis.
Tianguis… es una palabra que ya se usaba.

Quetzalcóatl se desenreda atómicamente por los órganos de sus aldeanos,
medula a medula como una gran solitaria por la espina zigzaguea
en espasmos cortos e imperceptibles
hasta que alcanza a rozar el corazón sin alterarlo.

Todo pertenece aquí, somos carne adherida a un cosmos que nos cobija
un esperma que se diluye en las entrañas de argamasa y oro
no tenemos lugar para escapar. Era usual en Irlanda hablar de religión,
me hubiera encantado presentarme como un embajador náhuatl
del templo mayor pregonando por el mundo
con un trozo de tezontle bajo el brazo como biblia.

Los símbolos retornan con la gente, en un ocho de ida y vuelta
sin límite de combustible, las garzas de Aztlán no alcanzaron a despegar,
se miran al espejo en los aparadores del centro histórico,
e imagen y carne se saludan cara a cara,
los aztecas miran de cabeza el lago y nos ven a nosotros
ahogados en el éter de un caos donde los dioses han muerto
en un cambio y retorno paulatino de la gran serpiente
célula a célula, como hijos, somos el resultado de un aborto fallido
en la sucia sala de una clínica del seguro social

Si se sube uno al metro a medio día
puede cerciorarse de que Tenochtitlan aún tiene pulso,
las narices puntiagudas de los inactivos caballeros águila
viajan en los andenes, y suben a los trenes subterráneos
con la roja fiereza encasillada en las pupilas,
con el instinto listo para mutilar y desvalijar corazones.

Desde hace décadas o siglos la danza de la guerra no se detiene,
se pueden ver los guerreros manchados de sangre rival
cubiertos por la piel de felinos dormidos.
Imaginen una batalla azteca en los tiempos de Ahuízotl
una parvada de pájaros de fuego, en una danza de plumas anárquicas.
un circo de luces chillantes resplandeciendo por el bosque,
luciérnagas borrachas que han perdido la ruta llenando de vida el cielo,
un jardín de flores moviéndose de forma impresionista,
la piel de un lago en una noche de fuegos artificiales.

Míralos. Los rostros son los mismos, los ojos, la textura del cabello,
las sonrisas de blanca obsidiana al ver chorrear de sangre los canales de piedra
y las escalinatas, ahora escuchan detrás de sus hermosos ojos negros
el palpitar de noche bajo tierra, en los túneles que todo lo conectan,
la epidermis de arrecife y las vísceras marinas que reinaban en
las placentas de sus calles,
Ahora todo es una intrincada red de túneles subyacentes
Tenochtitlan emerge todos los días con el pensamiento
y se acurruca en las noches
con su cobija de hormigón pensando, -este día no fue el día-

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