Chernóbil

Chernóbil
A las doce al salir de clases por alguna extraña razón las nubes se cerraban.
Las nubes negras son una imagen incisiva en mis recuerdos.
Era agradable mirar lo oblicuo de la escala de oscuros
pintarse en el cielo, mucho que ver con los disformes
cielos de Velázquez por ejemplo.
O las imágenes recientes de un Chernóbil abandonado.
Recuerdo una corta escena de un documental:
Unos cuervos planeaban tarde, hasta aterrizar en los filos de las chimeneas nucleares
y según la luz se erguía un diferente negro en cada poro del horizonte,
porque el sol aun baña Chernóbil aunque los bosques de alrededor
sean un ejército de maniquíes y las presas charcos de vidrio.
En la Ciudad de México por ejemplo el horizonte es imperceptible.
Entre los edificios semiderruidos y los lanzadores de llamas de los semáforos
una muralla de gotas cayendo y la tierra mojada.
Los aviones vuelan tan bajo
que me daba la sensación de poder asomarles de niño mi lengua
y escupir a las ventanillas laterales, o saludar a los turistas
con una sacudida asertiva de cabeza.

Las escuelas de mis hermanos estaban distribuidas por toda la ciudad,
y al ser yo el último en ser recogido
me quedaba alrededor de tres horas sentado o vagando por el colegio,
era un velador de cera en un aeropuerto vacío,
en un país desolado con sillas por dondequiera,
un Chernóbil.
A veces caminaba por los largos pasillos vacantes
no habían niños corriendo ni tambores de zapatos,
soltaba palabras al aire para sentir el eco en el paladar de mis oídos,
iba a la dirección a pararme en el escritorio de la prefectura
y junto a la bandera me tiraba un sonoro pedo,
luego iba al baño de las niñas a mirar los excusados
quería saber si esos trozos de caramelo y cabello
también manchaban los mosaicos de caca
pero siempre estaban limpios,
pensaba que un espectro bajaba a limpiar sus baños
rápidamente cuando quedaba solo y se olvidaba del nuestro
o bien las niñas eran un ser evolucionado
que la luz del sol les hacía el trabajo digestivo
hasta quedar exentas de la burocracia corporal

Esa secuela tan temprana me fue rememorada desde la medula más tarde:
me veo sintiendo de golpe un escalofrío impetuoso
frente a mi primera mujer después de eyacular
sentí en la columna una soledad tan espesa
tan blanca como talco de cocaína,
de una presencia uniforme y redonda señalándolo todo
con su dedo constelar a un punto de partida,
al agujero negro por donde de inicio me asomé
y donde muy probablemente vaya.
En las dos ocasiones una maqueta de muerte
se mostró ante mis ojos pardos.
Por un instante débil y desnudo me vinieron las calles
abandonadas de Chernóbil a la cabeza.
Los autos con las llaves pegadas, los autobuses escolares
con mochilas aun adentro,
un cuerpo de mujer sin nombre a la deriva de la cama,
los columpios impulsados por el viento
un montón de caricias alejadas que no visten unos senos
una hembra sin rellenar después del aborto simbólico.

Ya algunos hombres predijeron Chernoviles
Santo Tomas., al estar preso en el castillo de Roccasecca
se dedicó a memorizar la biblia y las Sententias de Pedro Lombardo,
Rimbaud se perdía en los espesos bosques de Bélgica,
creando un crisol de centeno sumergido en un vaso de un vino
añejado cinco mil años por su pluma vidente,
algunos que supieron hablar la lengua de los símbolos del silencio,
algunos que supieron estar diametralmente solos.

Leí en el almanaque de 1967 la historia de un hombre de la India que salió a su cochera
entró en su automóvil y presionó con ambas manos el claxon
para evitar el envolvente silencio me gusta pensar.
Corderos de dios que en compañía se sienten simétricamente amamantados,
y solos se ven a sí mismos como un migajón que se endurece.

Corriendo por los patios a veces era una avispa gigante
que recorría los desniveles de la escuela,
o un guerrero con panoplia robótica,
mis manos eran la punta de un misil
o los brazos extendidos de un avión militar
la soledad es una ciudad diáfana y expansiva.

Tres horas diarias me sumergía en mí mismo,
luego a las tres de la tarde todos subíamos al coche
y por las ventanas se enmohecían los días.
Gran parte de mi infancia la recuerdo detrás de un cristal de automóvil.
Tengo viva la imagen de mujeres con blusas de hombreras y largos copetes.
Manadas de descendientes mexicas huir de una estación de metro a otra.
La gente corre como se debe de correr en las catástrofes nucleares.
Los anómalos años ochentas parados en sus raíces muertas de escorbuto,
temblores, sismos, guerras por pequeñas islas, caída de dictaduras.
Y los hombres vestían unos horribles pantalones de tonos ensordecedores.
Daba la impresión de que hasta los perros habían nacido incompletos.
Desaparecían ciertos modelos de estupendos coches
capaces de pelear batallas en la segunda guerra o en Vietnam
ciertas embarcaciones hermosas que parecían invencibles,
como el Monte Carlo 1987, mi favorito.
Mis papás tenían una dart guayín mil novecientos ochenta y dos,
el modelo más largo, una especie de burbuja con tirantes y tumba burros,
más parecido a un submarino soviético que a una camioneta.

Evaporándonos en plomo en la marcha
yo jugaba todos los días en la parte sobrante
un espacio de seis canchas de futbol
donde veía las calles huir de mí.
Saliendo de clases nos subíamos a la casa cimentada
en el propio movimiento.
Mis hermanos dormían hasta llegar a casa.
Mañana a las doce volvería a estar solo
pensaba mirando los cables hacer ondas.
Y las lágrimas de tímida lluvia que no dejaban de caer en el vidrio.
En las noticias de la radio solo hablaban de Chernóbil
de haber llegado las nubes nucleares a la Ciudad de México
el gobierno lo hubiera solucionado con un triple no circula.

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