la chapa

la chapa
Salí de casa con boiler mi cachorro en los brazos
al escuchar el crujir de la chapa resolví que no traía llaves
busqué en las bolsas existentes con la desesperación de un gato
boiler y yo nos vimos a los ojos como dos turistas extraviados.

Intenté abrir con los viejos trucos;
el palo con nariz de ganzúa,
las tarjetas violando el canto de la puerta,
hasta llegar a estrategias más rudas sin éxito
patadas, golpes, manotazos, mi perro feliz brincaba por todo el pasillo.

Mi vecino y su novio, intentaron con vertiginoso entusiasmo
igualmente sin éxito para después con cachorro en mano
ir yo a buscar a algún cerrajero,
discutieron un poco al final del proceso fallido.

Llegué en punto de las nueve y tres maestros del cerrojo
miraban el resumen futbolero
el mas joven, levantó la mano
y nos subimos con boiler a la moto,
este último agrandaba sus ojos negros
para meter todo el aire posible en su corazón de cría.

Al llegar, el joven entusiasta inició con lo rutinario,
aflojador de carne metálica en spray,
llaves exóticas con puntas de pico de tucán
y micas de polietileno para romper el sello del seguro.

Sin éxito, telefoneo al segundo cerrajero
este último rebasaba los sesenta,
al llegar, hizo lo mismo pero con una dosis extra de ímpetu.

Veinticinco minutos después, por vencido llamó al tercer experto
este, precavido llego con un centenar de posibles llaves maestras,
al verlo le llamé San Pedro y me miró con una mirada aburrida.

Con mejores técnicas de iluminación ejerció nuevos movimientos
usó la misma herramienta y al fallar volvió a los trucos iniciales,
–hay que romperla está trabada-
entendí que ese artefacto tenía una persistencia especial.
Me gustaba la cerradura.

Los tres vencidos, regresaron con un paquete sumamente pesado
y al dejarlo en el piso la voz del metal espeso murmuró sus palabras de piedra,
introdujeron el taladro sin éxito
luego, cambiaron a una broca de mayor diámetro
hasta llegar a casi un florete montado en la maquina
y traspasar el cerrojo como a la núbil quinceañera de novio primerizo,
al hacerlo, la chapa con un fuerte apego a sus principios
se ablandaba en el agotamiento
tosió miles de chispas por todos lados
y finalmente, un mazo y un cincel empezaron a destrozarle las mejillas
hasta escuchar un fuerte tronido y con un suave giro
la puerta abrió como margarina resbalando en el baguete.

Al casi desmontarla dijo el cerrajero más joven,
-es una chapa alemana-
y pensé en los últimos alemanes
resistiendo en los helados campos rusos del frente estalinista
y pensé me gusta mi chapa.

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