Picnic en Kurdistán

Picnic en Kurdistán
jinetes aéreos en oleajes con vientos en contra
sombras tridimensionales del fin del mundo
hacen tragar a sus caballos toneladas de horizonte

un aerosol negro a toda prisa rebasa las miradas
redondo el viaje en el arca de Noé
nos regresan al desierto

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la chapa

la chapa
Salí de casa con boiler mi cachorro en los brazos
al escuchar el crujir de la chapa resolví que no traía llaves
busqué en las bolsas existentes con la desesperación de un gato
boiler y yo nos vimos a los ojos como dos turistas extraviados.

Intenté abrir con los viejos trucos;
el palo con nariz de ganzúa,
las tarjetas violando el canto de la puerta,
hasta llegar a estrategias más rudas sin éxito
patadas, golpes, manotazos, mi perro feliz brincaba por todo el pasillo.

Mi vecino y su novio, intentaron con vertiginoso entusiasmo
igualmente sin éxito para después con cachorro en mano
ir yo a buscar a algún cerrajero,
discutieron un poco al final del proceso fallido.

Llegué en punto de las nueve y tres maestros del cerrojo
miraban el resumen futbolero
el mas joven, levantó la mano
y nos subimos con boiler a la moto,
este último agrandaba sus ojos negros
para meter todo el aire posible en su corazón de cría.

Al llegar, el joven entusiasta inició con lo rutinario,
aflojador de carne metálica en spray,
llaves exóticas con puntas de pico de tucán
y micas de polietileno para romper el sello del seguro.

Sin éxito, telefoneo al segundo cerrajero
este último rebasaba los sesenta,
al llegar, hizo lo mismo pero con una dosis extra de ímpetu.

Veinticinco minutos después, por vencido llamó al tercer experto
este, precavido llego con un centenar de posibles llaves maestras,
al verlo le llamé San Pedro y me miró con una mirada aburrida.

Con mejores técnicas de iluminación ejerció nuevos movimientos
usó la misma herramienta y al fallar volvió a los trucos iniciales,
–hay que romperla está trabada-
entendí que ese artefacto tenía una persistencia especial.
Me gustaba la cerradura.

Los tres vencidos, regresaron con un paquete sumamente pesado
y al dejarlo en el piso la voz del metal espeso murmuró sus palabras de piedra,
introdujeron el taladro sin éxito
luego, cambiaron a una broca de mayor diámetro
hasta llegar a casi un florete montado en la maquina
y traspasar el cerrojo como a la núbil quinceañera de novio primerizo,
al hacerlo, la chapa con un fuerte apego a sus principios
se ablandaba en el agotamiento
tosió miles de chispas por todos lados
y finalmente, un mazo y un cincel empezaron a destrozarle las mejillas
hasta escuchar un fuerte tronido y con un suave giro
la puerta abrió como margarina resbalando en el baguete.

Al casi desmontarla dijo el cerrajero más joven,
-es una chapa alemana-
y pensé en los últimos alemanes
resistiendo en los helados campos rusos del frente estalinista
y pensé me gusta mi chapa.

los besosicios

los besosicios
sigues tan lúcida tan pétala geránica
monócula tuerta como la pila de un luciernago
corazón entre abierto inhalando corolas y clavos
balsa que empujamos los cara de remos
acariciados por un hombro saliente
memoria de un hueso bajo llave de muñón
sin testigo ya de un meñique
-como un dios-
murmurando entre las risas de las locomotoras
¿como ojearemos la geometría de su discurso?
entre dientes leeremos el sanscrito entre líneas
como la arqueología a ciegas ya de Troya quizá
y ahora viejos como ayer fuimos no oímos

en la hinchazón de un invierno amarillo
los besos
los vasos
los vicios
los besosicios
y mira ahora los hombres menstrúan
arrojan leucemia en el paladar del vampiro
flotando con la pluma de un sueño de pájaro
sus guantes de linterna en las manos de la noche

Petrof 1948

petrof 1948
Ciega
como un catalejo solitario en la repisa
a latigazos del tradicional cabello
velcro adherido a la lobreguez,
te sientas desnuda
en el banco
del petrof de pared trigueño
a balbucear algunas teclas en el piano
entre el largo inventario familiar de animales
que se traspasan unos a otros
algunos vivos y otros cadáveres de felpa
presionabas los pedales
y afuera
un invierno lunar
nos enfriaba los pies desiertos
que no tocan los otros pies desiertos
hoy a quince años de cruzarnos
entre las torres de unicel de tu hermanita
entre la catarata de libros de derecho
hiriendo nuestras cabezas
cayendo ocasionalmente como rocas del cielo
luego
regresaste del diminuto piano y te esperaba
recitando el código civil de Tabasco
parodiando a Neruda
y tu reías haciendo toser tus pechos
y con la hilera de luz de los faros de la calle
se alcanzaba a ver entre un bosque de cabello manchado de cerámica
una mujer que me amó profundamente

la cruz de Dimas

la cruz de Dimas
Miro

al desierto desesperadamente

tabiques de polvillo fracturados
ciudad horizontal de ceniza
espuma de la lontananza

las lágrimas

persiguen el horizonte
liberan los espejismos hincados;
y la broma de agua me huye

desesperado

bebo un vaso del muñón de la montaña,
saboreo el talco infinito
mezclado
con espadas del ejercito Saladino
y la cruz de Dimas

pronto

un sindicato de fantasmas
me viola por los umbrales
amaneciendo en el viento luego
golpeando a las rocas en el rostro