7:10 am

Anger
Pero esta vez… Marcela, mi amor. Tiene una determinación colérica, un enojo condensado como la costra de carne negra que se estaciona en las ollas de peltre después de cocinar, toma ropa de un cajón y la tira en su valija con una furia totalmente honesta, su rostro es espeso, como el de un maniquí, de una palidez de polvo de maquillaje mal esparcido, un rostro que murmura un dialogo imposible de seguir en voz alta mientras camina, una frase siempre, venia acompañada de un desprecio en alarido dramático, casi teatral, y cerraba el dialogo con un gemido que le nacía desde el vientre, como la pasión que se comprime en el estómago de un soprano. Andaba de aquí para allá con la respiración ventilada, asmática, cambiando de un momento a otro una discusión por una frase anárquica, con las palabras montadas en ruidosas motocicletas, agitando las manos como castigando a palos el aire, señalándome de cuando en cuando, perdida en su propio enojo y ahogándose en su propia baba, lanzando frases a diestra y siniestra que deambulando por carreteras improvisadas terminaban clavándose en las paredes de mis oídos, como cuchillos arrojados al viento por un cirquero borracho, o como acupuntura de clavos con martillos, vencida por la prisa y sin ningún rastro de orientación colocaba en ocasiones objetos míos en su maleta accidentalmente, luego al darse cuenta los arrojaba a donde fuese. Las mujeres, y su locura natural que les incendia los ojos, y de repente las lágrimas se les asoman como estampida de orines en las calles adyacentes a un carnaval de lluvia, la sal de la lagrima debe confundirse pues no se define en momentos como de tristeza o de risa. El mismo cuerpo de la mujer debe vivir confundido. La mujer es una ciudad invariablemente confundida.

Su falda larga de trabajo no tenía el planchado azul marino que cuidaba religiosamente, pensé en volver a acostarme y hacerme el dormido un poco más para tratar de intuir que sucede antes de cuestionarle, una pregunta podría desenvendar un perro, y no hay nada peor que esquivar un perro sin café por la mañana.
-¿Marcela que sucede? -Le pregunto.
Responde con un potente graznado, palabras inentendibles en medio de los sollozos, sin ninguna conexión posible, algo dentro de la mujer aprieta con una presión de dos toneladas contra el diafragma, podrían interpretar una ópera durante horas, cuando el enojo se les viene, se desconectan maquinaria, cables, tornillos, pero el cerebro jamás, la mujer tiene un cerebro de ocho cilindros, el problema es que a veces el cilindraje les trabaja a destiempo y los cambios de velocidad nos vuelven locos. Nosotros por el contrario somos autos de cuatro cilindros y cinco velocidades manuales, no podemos mover un dedo sin antes pisar un clutch hidráulico. Pero en la mujer, cuando el cilindraje y el tiempo se descortinan, la computadora se llena de la suma de los peores virus informáticos, y en el exhalar de furia un infinito nudo de ideas perturbadas salen convulsionándose de un lado a otro, con una velocidad que ningún hombre alcanza a masticar lo suficiententemente rápido, pues los hombres por supuesto no tenemos nada que hacer ante ello, es como si un ejército de lobos enfurecidos se colaran por cada ventana de tu casa, y aunque cerraras la puerta penetraran por todos los resquicios posibles a la fuerza hasta encontrarse contigo y desgrasan tu cabeza con un simple movimiento de colmillos, después los demás comienzan a desmembrarte poco a poco mordiéndose ocasionalmente entre ellos pero tu aun vives y lo presencias todo.
-¿Que me sucede? -Responde. -¡A ver! trata de deducir que me sucede, haz un esfuerzo.

Y sus puños se apretaron contra sus caderas en una actitud de espera, apoyándose más sobre la pierna derecha que en la otra, su cabello se venía al frente como cadenas de bisutería sueltas y se agitaban con cada frase desde la cabeza, como látigos retorciéndose en un escaparate en medio de un sismo.

-Pasa que estoy hasta la madre de tus infidelidades y tu puta falta de atención. –dijo gritado. No tienes la menor idea de cómo establecer una relación duradera, ni siquiera sabes cuándo cumplimos años ¿sabes cuándo cumplimos años? ¿Tienes un vago recuerdo de como iniciaron las cosas? ¿Sabes que hay cosas importantes en las relaciones? A ver te pregunto… ¿por qué crees que estoy empacando para irme?
La pregunta me trastornó, apenas tenía escasos cuatro minutos despierto y una imperiosa pregunta femínea me sitiaba de frente, viéndome, y yo sin ninguna respuesta plausible, seguramente un crimen casi inclemente debí cometer, sabía por supuesto mis errores pero como el mediano de los psicólogos que intento ser trato de guardar la palabra perdón hasta que una pistola en caso extremo me mire a los ojos. O a bien decirlo, ¿por qué pedir disculpas? ¿Disculpas de qué? ¿Eso que va a remediar una acusación traída desde los intestinos de quien te comunica? pero ante la premisa de nunca tomar el arrebato de la mujer demasiado enserio como era mi costumbre, me hizo todavía medio sentarme en la cama y echarle un ojo al celular. Penetrar hasta el inframundo de la cometida femenina es una caminata en medio del coliseo romano en los tiempos del espectáculo, trato de en todo caso hacer tiempo o como los boxeadores que peligran en el ring, colgarme del contrario cruzando los sudores en un abrazo de piedad ganando valiosos segundos; en esos momentos, no solo se te cuela la culpa por los poros sino que tratar de entender el porqué o el cómo de las cosas puede volverte loco, nunca puedo perforar hasta la medula del psique femenino, los caminos me desalientan con una ignominia prodigiosa porque en medio de tanta negación propia entiendo su molestia.

– Amor, debo advertirte que estoy acorralado, no tengo una respuesta inmediata, porque no nos sentamos, preparo café y platicamos.
– ¿Platicar con café?
– Si claro amor, deja voy, pongo agua y enciendo la cefetera y nos sentamos como dos adultos que somos a dialogar.

Aguantó unos tres segundos y luego soltó una de esas sonrisas maléficas que escapan con una especie de convulsión cuadriforme, me imagino que los asesinos tienden a sonreír de esa forma cuando matan con el erotismo que describe Georges Bataille al citar a De Sade.

Volteó hacia mí levantando su dedo que me apuntaba con una furia tan firme que en su alarido se le saltó una vena de la frente.

–Pendejo, ni siquiera tenemos café, la renta venció hace dos meses.

Tomó un sobre del tocador y me lo aventó a la cama, con una precisión increíble llegó hasta mi pecho aun cubierto por las sabanas, saqué una hoja doblada del sobre violado, era una orden de desalojo, y era evidente, teníamos adeudado ya tres meses. La consulta había bajado considerablemente y desde que conocí a marcela renuncié a la Universidad ya que era mi alumna en aquel entonces, la rectoría me dio a escoger entre conservar mi docencia en la facultad o quedarme con Marcela, al principio intentamos hacer las dos cosas pero nos fue imposible. En los pasillos de las aulas la tomaba a veces demasiado descuidado de la cintura y le daba descarados besos, y hasta le tocaba las nalgas como tratando de provocar la ira de los dioses universitarios, si ese sitio pudiera llamarse universidad claro.

– La semana pasada te esperé hasta tarde con un puto vestido nuevo y no apareciste. ¿Sabes cuánto llevamos de novios? Te diré; dos años siete meses, un día y dos horas…Bueno… Llevábamos, y estoy segura de que no tienes ni idea de ello, no puedo seguir esperando a que me pidas matrimonio, tengo veeeeintii sienteeeee añoooos Estebaaaaaan, mi reloj biológico avanza y no tienes ni para completar tu parte de la puta renta, obviamente estoy desesperada y estoy harta, ¿quieres café? ¡Pues oh noticia! no hay un pinche grano de café y a ti te toca comprarlo, la alacena está vacía y para acabarla de chingar nos cortaron el agua desde el jueves y el tinaco está hoy vacío, cosa que a ti también te toca pagar, apenas alcancé a darme un baño rápido…

Seguí escuchando la chorrada venirse a mí como un montón de coches que se enfilan hacia uno, caminando por la autopista en sentido contrario, las luces de los reproches me cegaban.

La orden venció un día antes pero no la vi, no vi el sobre, es decir que técnicamente ya debíamos de estar fuera del departamento, el sobre tenía un membrete con una báscula como símbolo y un apellido, era de un despacho de abogados, la nota era clara y más que obvia:

“Estimado señor Esteban, por medio de la presente se le informa que el día jueves está usted obligado a abandonar el departamento ubicado en calle Montevideo número 111 interior 12, aunado a esto inicia un proceso legal en su contra por los cuatro pagarés faltantes de cubrir más los tres que nos debe”.

Abajo aparecía la cantidad por cubrir, veintiún mil pesos., Marcela se acercó al buró y al abrirlo saco de golpe algunas pulseras y hojas sueltas que tenía, me levanté de un golpe, traté de tomarle la mano pero la alejó inmediatamente como si tuviera yo lepra, y en un arrebato cogió el cajón y lo aventó al piso partiéndolo en dos, inmediatamente después tomó una de esas posiciones femeninas donde se recargan en una sola pierna y apuntándome con el dedo enfurecida me dijo con ojos enrojecidos:

-¿Tienes algo que decirme de Aurora?
Y entonces un frio cadavérico me subió por la columna hasta el rostro y me quedé perplejo mirándola. Y tontamente respondí:
-¿Aurora?… Claro…fue mi paciente por años…un día simplemente dejó de ir a consulta…y…pues…

En la noche dejé mi computadora en la cocina, que estúpido… seguramente vio los correos antiguos de ella, los correos subidos de tono que nos mandábamos en los días en que le daba consulta. Aurorita. Recuerdo el día en que cruzó la puerta del consultorio, tenía unas enormes botas negras de cuero la demás ropa la cubría hasta el cuello pero sus botas de cuero gritaban algo. Se sentó, vivía un proceso de divorcio que la tenía devastada, poco a poco fuimos haciendo progresos pero la estafeta histérica de su madre le fue transferida inevitablemente, sufría de un sinfín de complejos, ansiedades, somatizaciones. Un año después en una consulta, llegué con dos cervezas encima y accidentalmente me acerque a ella para observar de cerca sus ojos, en una dinámica experimental que estoy llevando en algunos pacientes, y el negro me envolvió como dos brazos hasta llegar a su boca, ella se levantó de un salto completamente impactada y salió con algunas lágrimas en los ojos, pero volvió el martes siguiente puntualmente a las siete con una hermosa falda floreada en azules geranios y una blusa de tirantes para sentarse en su lugar acostumbrado, mucho más relajada de lo de costumbre, sonriente, sin anteojos, mostrando un poco más de muslo de lo normal, viéndome con una seguridad atónita, yo ni siquiera esperaba su arribo, fue algo totalmente inesperado, y por golpe de gravedad Newtoneana se levantó de su asiento en un momento y se fue acercando de apoco a lo largo de la plática, paseando su perfume y el escote más abajo de lo normal de un lado a otro como un animal salvaje dentro de una jaula, y en medio del calor me paré yo también y la tome por la cintura, la ase hacia mi sosteniéndola con ambas manos, y le di un gran beso ¡oh Aurora! la suavidad de su pelo largo entre mis uñas, y su boca generosa que me atrapa en el latido carne que se esconde detrás de un carmín indeleble, subí mi mano hasta sus redondos senos, aprisionando de apoco cada uno de ellos, en esos momento no existe hombre que no deseara tener más manos para abarcar a la mujer en su totalidad, como cuando niños se rompe la piñata en la fiesta y faltan manos, y faltan bolsillos para agarrar los dulces, es el problema de lo que llamamos abundancia, no hay suficientes recursos para cogerla a veces, o suficientes años para vivirla. Desde el principio cada martes religiosamente se paraba en consulta, variaba espléndidamente el color de su falda alternando los días más fríos con pantalón de mezclilla, hasta que un día después de cuatro meses de profunda intimidad no se paró más por ahí, era de esperarse. Dos semanas después su ya ex marido arribó al consultorio, lo reconocí por que anteriormente había aparecido a recogerla y un día en un Wall Mart me lo presentó cuando Marcela y yo caminábamos por la panadería, era un vendedor de tractores, un sujeto sumamente rudo, uno noventa de estatura y unos ciento diez kilos, usaba una camisa vaquera y encima un chaleco de chamarra y gorra. Cuando entro por la puerta pensé “ya está, este es el final de todo”. Se acercó por el escritorio de la secretaria que tenía por aquel entonces y cruzo decididamente mi oficina hasta pararse en el centro, me puse de pie para recibirlo y le dije:

–buenas tardes señor ¿puedo ayudarlo en algo?

Dije con voz tambaleante pero tratando de ser lo más seguro posible, pero él no dejaba de mirar las falsas plantas y los muros hasta que cruzó la mirada con la mía, tenía un suspiro de rabia en el entre cortado respirar que trataba de disimular de la manera más conveniente, parpadeaba de forma continua, y al acercase a mí se quedó atónito y me miro con un desprecio absoluto, y unos ojos enrojecidos.

-¿No se supone que ustedes tienen los títulos y diplomas exhibidos? –preguntó casi de forma retórica echando un vistazo a los muros.

Me miraba a la altura de la cabeza rebasándome considerablemente en estatura, tomé su hombro en un impulso de cobardía absoluta y mirándolo a los ojos no dije una sola palabra, intenté decir algo pero las palabras se me atoraron en la garganta, y entonces después de largos segundos de silencio, bajó su mirada de toro cansado y lo acerque a mí abrazándolo poco a poco en una espectacular pulsión que nunca podré explicar.

–Sea lo que sea Isaac todo estará bien.

Le dije ligeramente en un tono casi paternal, sé que posiblemente el sabía, sé que lo más lógico era que me retorciera de pies a cabeza en ese mismo momento, pero no lo hizo, se quedó de pie como un caballo dormido y soltó sus enormes lagrimas que al principio fueron sus ojos como goteros dosificados pero de inmediato la lluvia de sal y agua vino a torrentes, sus gemidos de discontinuos me impresionaron de sobremanera, mi secretaria caminó casi en silencio para cerrarnos la puerta, yo aún tenía miedo. Al final decidí citarlo para la siguiente semana y asistió sin ningún reparo para mi sorpresa, con cinco minutos de retraso elegantes pero dentro de lo puntual, antes de que mi anterior paciente saliera Isaac cruzaba tímido a mi consultorio para quedarse de pie, luego entraba a mi despacho y empezaba a llorar como un solitario camello parado en el desierto, y yo lo abrazaba hasta que se exprimía en su totalidad y se iba siempre veinte o treinta minutos antes de terminar la sesión, yo trataba de preguntarle cosas pero siempre respondía con evasivas circulares o respuestas lacónicas tajantes, yo insistí dos veces en que no debía de pagarme pero al final sin titubear sacaba trescientos pesos de su cartera y me los entregaba intactos, siempre un billete de doscientos y uno de cien, quiero suponer que si daba dos de doscientos debía esperar un poco más para recibir su cambio y él quería irse, aunque siempre se detenía frente a la puerta de salida del consultorio a tan solo un metro mirando la madera para esperar supongo a que un milagro le secara las lágrimas y le blanquera los ojos, me imagino que para un hombre así es impermisible el llanto, los ojos rojos como signo de debilidad, imagínense un candidato presidencial con los ojos rojos continuamente, un mundo de negocios donde la testosterona es el timón de toda lógica y en el que un peso es peleado por robustas manos es impermisible soltar un grano de sensibilidad que deje al descubierto la vacía alma de estos hombres y todo el símbolo que les acompaña, la generosidad consigo mismos es un lujo que no pueden pagarse.

Supe por Isaac que Aurora estaba tomando clases de francés, un día fui hasta su escuela y la esperé en la entrada, estacioné mi taxi justo en la acera de enfrente, es fácil espiar desde un taxi, varias veces a las nueve de la noche la vi salir de clases, cada vez más fresca con aire totalmente primaveral, ahí donde las mujeres se dejan de manera casual el pelo ligeramente húmedo y sus risos parecen como ramas flexibles de oro, apuntando a toda prisa a la tierra en los otoños y sus ojos, cada vez más abiertos y sus faldas irremediablemente variadas por tonos y formas innovadoras, nada que ver con la Aurora de la primera consulta con un último botón ajustado justo debajo del cuello. – ¡ha Aurorita!, que fuerte sensación entre las piernas se me viene como un golpee tratando de salir para vengarse. En aquellos días de consulta apenas cruzaba la puerta y la regla inicial era desnudarle y hacerle el amor sobre la tumbona, me gustaba dejarle siempre algo de ropa, alguna prenda naufragando en ese pálido cuerpo de redondos pechos jóvenes con pecas, y la mediana cabellera rubia falsa con hermosos risos rompiéndose como rayos de lluvia. Un día de noviembre faltó, yo la esperaba con un par de juguetes sexuales, tenía un itinerario programado donde cabía el sexo y la sesión, incluso recorrí a mi paciente posterior una hora después para tener más tiempo con ella, su marido lo sabía absolutamente todo por supuesto para entonces, pero el callaba por dos razones que yo logré desglosar posteriormente, por un lado Isaac la había engañado dos años antes con un par de secretarias y segundo, él debía soportar el castigo que le ejercía conmigo, era una dinámica de simbiosis donde los tres teníamos una aparente sociedad casi notoria. No marqué a su teléfono y a la siguiente semana falto de igual forma, le marque un par de veces y al no contestar supe de inmediato que todo había llegado a su fin, Isaac en su momento falto dos semanas, tres y cuatro, y el recuerdo de ellos se fue desligando poco a poco como basura satelital que se le permite seguir navegando en el agua del espacio, en una levitación libre pero sin ir a ningún lado. Pero me vino un enorme regocijo de crueldad en mis entrañas, me volví paranoico, cerraba las puertas con doble o triple llave, tenía pesadillas con Isaac, en ocasiones me cortaba la cabeza y al caer al piso lo miraba desprendido de mi cuerpo alzando por los aires una cierra eléctrica escurriendo de sangre. Pocas semanas después retornó la gastritis que tanto tiempo me había costado trabajo mitigar, y después la ulcera gástrica que estaba del todo apaciguada había despertado como un perro bravo en un deshuesadero, mi salud estaba entorpecida, tenía guardada en mi escritorio una pistola de juguete muy parecida a una real, pero por otro lado había bajado considerablemente la guardia, estaba enamorado de aurora y el dolor era tan fuerte que un vacío se me asomaba por dentro como si un pájaro mal disecado se moviera para salir por los pequeños orificios de mi cuerpo, un pájaro relleno de cartón pero que palpita y levanta sus alas.

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