7:05am

amanecer
Abro los ojos poco a poco y el techo está que se viene abajo, las costras de pintura se desgajan como Resistol seco en la piel de un niño, inevitablemente un baño de pintura no le vendría nada mal, y en medio de la habitación, la rosca de unas vías de yeso rodean el foco en un viaje circular de un tren imaginario, en un acabado de cal como parecido al canto de un pastel hediondo de merengue, imagino con esto el pastel de una fiesta, rodeada en una foto de barrio norteño por un cúmulo de chambelanes gritones, y una quinceañera gorda y virgen sudando detrás de un envoltorio de pollo dorado y relleno escote falso, ese tren del insomnio que me acompaña en tridentinas charlas ateas tiene toda mi atención los primeros segundos o minutos de la mañana, por las noches, invalido con el negro de la madrugada como una pecera naufragando en la arena, abrasando con sus maternales brazos de vidrio los peces de sobreviviente roca desértica, hasta temprano escuchando los súbitos gritos del amanecer, alumbrado por un hilo de luz que deja escapar la rugosa cortina color vino tinto como las de los vampiros de Anne Rice, habiendo dormido un carajo. Duermo boca arriba para no apretar tanto los dientes, porque según asegura mi dentista cierro con fuerza la boca cuando duermo, y en momentos de arranque noctambulo presiono como una ratonera lista para atrapar osos, y rechino como engranes desengrasados que se tocan lentamente, casi levitando entre yemas de acero como violenta pornografía poseída en braille y sus mecanismos de martillos articulados. Me despertó un chillido que se liberó a plazos, Marcela. Marcela deja desprender su perfume de oficina por toda la recamara, hircismo genérico de pedos de lavanda que aromatizan ascensores encerrados, camina de un sitio a otro con esos tacones casi ortopédicos y su orquesta de golpes desapacibles, con el asimétrico aullido femenil que parte de un bemol cancerígeno hasta posarse en la punta de la lengua de un gato hambriento que mata por diversión conservando la dieta, ella grita y repentinamente cuando todo mejora, sueltan un verraco soplido trompetero al estilo Miles Davis, y las venas de los costados del cuello se le inflan como globos alargados de fiesta infantil, está increíblemente molesta. Y en cuanto a su vestimenta, siempre me aburrió su ropa de trabajo, su uniforme me hacía recordar las mujeres de la Gestapo, falda justo abajo de las rodillas de una tela que también viste camareros, cajeros de bancos, gerentes de supermercados, azafatas, cadeneros, proxenetas de medio pelo, pareciera que ese tipo de tela viste hasta el más cicatero de los empleados de medio gas, y los asesinos profesionales que se suben al tren subterráneo, a difuminarse con la flema urbana justo después de cumplir su trabajo, su función a destajo factoríl de matones. Y su cabello, en lugar de un peinado acumulado su pelo era suelto, gastaba demasiado tiempo en coger toda esa maraña de azabache para componer un peinado burocrático todas los días, y a esas horas de la mañana siempre húmedo, eso anteriormente me excitaba muchísimo, mientras lo mantenía húmedo trataba de tocarlo el mayor tiempo posible, colocaba mis dedos como un montón de roedores sobre su cabeza, simulando un ataque de ratones indomesticados, con la jauría de las caricias que lastima un poco, de vez en cuando bajaba una o ambas manos para amasar sus pechos con un poco de fuerza desmedida. Siempre se quejaba de llegar tarde al trabajo pues no podía parar de tocarla, caminaba para un lado y la jalaba con mis libidinosas manos desde la cintura a la cama para morderla, en ocasiones también la penetraba levantándole de a poco la falda gris rata y haciendo a un ladito la ronda más delgada de sus pantaletas de trabajo, partiéndola en dos como a una sandía caliente y húmeda, luego se paraba de golpe sonriendo y se acercaba a los muebles jugando a que se quejaba, me llamaba degenerado con un enojo plástico de mascara de vitral, sonriendo semi encorvada, con los olores naturales de la mujer subrayados, como la plastilina impresionista en movimiento las gotas aún vivas de agua la deformaban, trastabillando alrededor de la habitación dejando por todos lados cepillos, pinzas, maquillaje, y esos utensilios femeniles que parece que volarán de algún momento a otro, dejando escapar sus tímidas alitas de plástico chino, sus articulaciones de sabanas de seda, y rodear a la hembra como colibríes durante el día, levitando alrededor de sus cabezas, hasta que el incienso de rosas se acabe y cualquier espécimen se desvanezca con el viento, y la mujer también en un instante de aullidos de perros se desvanezca para reincorporarse de nuevo a la muerte pero el olor a mujer permanece hasta en la muerte. Otras mañanas menos salvajes, la perseguía levantándole la falda, desfajándole la blusa o botando el broche del sostén como liberando el redil del ganado, sus pechos daban un brinco de sobresalto con rebote, y yo la asaltaba por la espalda rodeando con mis manos ambos cerros como en un serio operativo policiaco, o como tomándola por rehén, y luego de luchar un poco contra ella, el encaje debilitado era engullido adelante por dos duraznos revelándose en la parcial oscuridad de madrugada, en un febril salto de cuñas erizadas rodeadas de carne, dos globos de cerveza emancipados, listos para revotar el baile del magnetismo ecuménico, las manzanas de Newton que levitan sobre la cabeza de el mismo, flotando a su completa estatura como sombreros de agua detenidos en percheros invisibles, fuera de toda lógica científica, llena de una física llevada al tercer dominio de la práctica, a la sexta dimensión, a un territorio donde el choque de dos planetas genera también viajar junto a ellos en el tiempo, en medio de quedarse inmóvil de una paciencia olímpica y en una paz nirvánica capaz de liberar un sistema que nos haga plantar maíz en la luna o sembrar un cactus en la Atlántida, en ese momento el hombre se pierde ante la redondez del universo, mirando en curva la mirada de un yo no sé un comino de cómo no morder el polvo.

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