el infierno tiene sucursales

el infierno tiene sucursales 2
Marcha el conserje eternamente acongojado,
detrás de unos ojos de tezontle ardiendo,
escondido en el cuello
como una tortuga vertical alargada,
arrastrando su pierna de trapo,
escurriente por el piso de mortero rojizo.
Dicen los niños que perdió la pierna en un choque de aeroplanos,
en la neblina a pierna cambiada según la mitología escolar.

Con el cepillo recolectaba las basurillas de los niños,
niños hoscos que estudiaban con las entrañas vacías de pan y leche,
para que los santigüen antes de jugar a la pelota en las cuaresmas,
luego todos sueñan ser Antonio Carlos Santos.

Cuando el desorden trastornaba al cura del colegio,
el conserje tomaba por el jubón a uno o dos niños,
nadie sabía a donde iban los críos castigados.

Yo recostado solo en la gran banca de metal del corredor,
miro uno a uno los niños caer en las manos del ordenanza,
escudero con beneplácito soberano del vaticano,
regresar a casa con un muñón asomando un rojo palpitante
alrededor de los huesos.

De repente un silbido de fábrica y todos al comedor,
al arribar derrapábamos y se nos negaba el agua,
a caballos que han cruzado el desierto de Sonora,
dejaban a los niños secos como cartón en la arena,
con la pulsión de ahorrar litros de sudor en el gaznate,
y así debíamos engullir un pollo rancio con mole fecundo,
en menos de quince minutos para poder ganarse un sorbo de agua,
éramos un montón de puercos bailando
alrededor de trozos de menudencias que caían del cielo.

Una vez jugando por accidente tiré un puchero de sopa al suelo,
en un súbito movimiento de muñeca vi volar un montón de arroz,
como fuegos artificiales se suspendieron en el aire,
dio la sensación de ver morir una década,
para aterrizar desflorando un piso de inmaculado hormigón verde.

Del otro lado del salón miro al conserje acercarse
dando largos pasos furiosos con su pierna de trapo
y por un segundo imagino el posible lugar donde desaparecen los niños,
una catacumba con dedos de salitre que lamen los rostros como agua de vulva,
un cementerio de criminales donde fueron enterrados,
con sus propias cabezas entre los dedos,
beodos viajeros de juerga en la Afganistán del nueve once,
con algo ahorrado en sus bolsillos,
un trozo de cable para suministrarse el suicidio
que nunca llega,
pues los terroristas no voltean a estornudar la coca
nunca bostezan ni quitan el dedo de las mirillas.

El conserje se acerca con sus botas industriales,
y me toma del brazo y una monja coloca un viejo trapeador en mi pecho,
bajo la cabeza saboreando el nudo en la garganta y limpio,
parece que la pena de muerte no llegó en los juicios de ese día,
parece que el buitre también tiene una especie de luto e indulta,
no me llevarán a la silla que se enciende como un gato con el gemido eléctrico
que incinera nuestros pequeños cuerpos con la ira de los cristianos,
esos muros de carne de Berlín con faldas,
eunucos armazones coloniales,

limpio como puedo mientras la hedionda monja,
apunta aquí y allá con su dedo inmaculado,
y sus ojos hundidos como los de una cucaracha muerta boca arriba,

suena el timbre y más o menos quedó limpio,
ese día por lo menos sobreviví,
pensaba mientras el cura me cogía
por la oreja con fuerza jalándome hasta el patio,
y ahí iba yo viajando, mirando el campanear de unas piernas de hombre
en medio de esa falda de murciélago capado,
que habla del amor y la paz en la misa de los viernes,
mientras deseo para mis adentros agua, pollo rancio y mole fecundo

desde entonces intuí que el infierno tiene sucursales.

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