Narcocorrido

narcocorrido
Caminas por las aceras del centro,
Compras una nieve del popo con mermelada,
unas galletas marínela y un melate en la tienda,
don Samuel te despide abriendo todas las arrugas de la frente
con el audio de un Cruz Azul que gana al setenta y uno.

Te detienes en el puesto de revistas de la esquina,
y un rojo emblemático se te cuela por las glándulas salivales de los ojos,
miras una portada que te saluda con cinco o seis cadáveres desperdigados,
tendidos en el piso como piñatas prensadas,
sus huesos se exhiben como dedos de marioneta desnudos,
o como grillos sin patas traseras inválidos en medio de un iracundo hormiguero,
los muñones se asoman por entre los ajuares abriendo sus bocas rojas,
gritando desde el diafragma de la piedra lo estúpido de su muerte,
en un lenguaje químico de palabras de arcilla fresca,
en las revistas blanco y negro que te venden en diez pesos,
literatura para aquelarres de fratricidas y estólidos mata sellos,
que relacionan el rojo con el sensual semen que los contuvo en el vientre,
un rojo fluorescente que se adhiere desde el sol y choca con las balas,
manchando los periódicos de una sangre más bien negra,
en la irrupción volcánica de las ingenuas imprentas de tintas de tezontle,
abriendo el descaro carmín de la saliva de sangre en daguerrotipo sombra,
y las heridas se abren como bocas que manifiestan,
dentro de su minúscula moral un ostensible goce de esta guerra,
abriendo su diámetro como redondos olímpicos,
y las cabezas separadas de sus cuerpos y del mundo,
a impresión de kilómetros de un tronco epiléptico,
que baila la desincronizada danza de los metales contra el piso,
de casquillos pateados accidentalmente por botas militares,
o zapatos de cuero de cocodrilo que terminan en filos de flechas chichimecas,
o el regateo al gruñido bemol de la estertórea sierra eléctrica contra el hueso,
o el bramido de la perezosa mano de obra con AK cuarenta y sientes
y al fono está el narco corrido…
chillidos de tráileres conducidos por fantasmas,
con el caló errabundo de jauría de perros de favela mexicana,
bestias que en su graznido rompen el viento como papel de mota contra la exhalación,

los niños se asoman y los linces de sus ojos apuntan hacia adentro,
como flechas indicándoles el camino a aceptar tras el traje de la piel,
mientras sueñan desaguarse con la cabeza de equipaje en sus manos,
soñándose en medio de un narcocorrido sonriendo con el rostro en llamas,
apoyando las amputaciones contra el piso,
y unas enormes nalgas de colombiana aplaudiendo a su costado,
con la perfecta risa de una calavera,
pero con la billetera atiborrada de dólares,
derramándose
como leche en la parrilla a la hora del calor de la lumbre

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