El encuentro

el encuentro
Las nubes estaban grises, de un lánguido murmullo de terciopelo de cigarro, el cielo espiaba por una calvicie fragmentada de azules donde se podía presenciar el asomar del tímido sol europeo, un foco semitransparente con un monóculo en la visión del perro tímido que es Europa, un negro sombrero bajaba hasta nuestras cabezas amenazando la lluvia, lagrimeando en nuestras nucas como el berrinche de un anciano epiléptico. Caminé alrededor de once manzanas deteniéndome en los detalles más mínimos, donde no hay turistas disparando los gatillos de sus cámaras, donde las calles no se llaman Voltaire o Goethe. Me detengo en la unión de un adoquín con otro, en el balbucear de una libélula en las hojas de una jacaranda, y otra vez en cualquier gárgola fluctuar sus plumas de cantera en la esquina de alguna capilla, de esas no tan morrocotudas que acostumbra París. Así cada uña que voltea a ver los ojos de la medusa parisina se cuadruplica en roca adhiriéndose a este horizonte de granito, podría jurar que cada que alguien regresa del corazón Europeo tiene un aliento de polvo, y en su babear mastica una especie de español petrificado. Así me detengo, a observar minúsculamente una ciudad melenuda que se sienta en medio de las otras resaltando siempre como un minotauro sentado en medio de bisontes y jabalíes en la foto de una graduación zoológica. Bajé por la Rue Girardon, crucé un jardín de enormes flores violetas, un tapizado malva que se estira hacia las azoteas, doblé en la Rue Lepic hasta ver los cafés de sombrillas que se enfilan como hormigas, y así como peones invaden ligeramente la banqueta, me paré afuera del café de la paix, guardé la servilleta con garabatos de un París algebraico en mi bolsillo trasero, esconder mi mala memoria es una tradición que se repite en cualquier idioma, en cualquier parte del mundo, y más ahora no quería que mi antagónico se diera cuenta de que me sobraban actos fallidos freudianos, los muestrarios de espinas de la gente comienzan a ser evidentes y es ahí donde el encanto o se viene o se rompe como una nuez. Sé que no soy un tipo brillante pero trato de ser lo menos estúpido posible. Sale del interior un tipo alto al saludo y mira su reloj, y pienso para mis adentros;
–a huevo… yo también usaría reloj si tuviera.
Su saludo me empujó un poco a la orilla de la calle, en medio de ese sol que se incrusta tímidamente en los cabellos, mientras esquivábamos un transeúnte con sombrilla cerrada, una furgoneta pasó a cuarenta centímetros de mí.
-¿Quieres matarme?… Dije bromeando. Y me miró con esa mirada que tienen los que se pierden en el idioma ajeno en medio del ruido.
-Sorry in english, ¿do you want to kill me?
Y se sonrojó ligeramente asomando una medrosa sonrisa de bárbaro franco. Era más alto de como imaginaba, un tipo blanco de mirada celta y nariz germánica de unos treinta y tantos, vestido entallado con una camisa que lo mostraba rigurosamente delgado, pantalón negro y tirantes, de haber tenido sombrero habría sido una experiencia de congruencia flagrante de un París de los años treinta de Henry Miller en el Trópico de Cáncer, me hubiera encantado que este tipo fuese acompañado de un Van Norden en busca de señoritas de cabarets. Paso al café y nos sentamos en una mesa que previamente eligió, una mesa que bien pude elegir yo en la orilla mirando el paso de los coches, sintiendo el respirar de las calles en mi rostro, con la luz idónea para escribir algo en un trozo de papel o abrir un libro. Al sentarnos un silencio se dibuja en la franqueza de nuestros labios por quizá un minuto y medio, este encuentro casi accidental de los exnovios que se alinean a los costados de una mesa que parece un planeta entero, el ligero roce de dos cartas astrales que se acarician las yemas de los dedos apenas por un accidente de liturgia esotérica, las miradas van de un lado al otro como pelota de tenis saltando de polo a polo deshelándose simultáneamente hasta tocarse las miradas con las aguas tibias del ecuador, territorio neutral donde los remolinos de sal cuelgan como astronautas sueltos en la trampa mortal del espacio, ojos negros y azules que se destemplan en la comunicación muda del antagonismo racial y cromático, pero de un frío desgarrador como pisar Greonlandia, el descendiente de los barbaros y el de los aztecas se miran de frente en un universo paralelo, bien pudimos encontrarnos frente a frente en la batalla de Puebla siglos antes o entre Artaud y los Tarahumaras en el viaje del peyote.
-¿Qué te parece París?. Pregunta con el clásico ingles rajado de Francia, como arrastrando un trago de vino espeso en la garganta eternamente, una ligera flema de vinagre y lodo céltico que se usaba para escupir altares de piedra o enemigos romanos caídos.
-Encantador. Respondí con mi inglés acartonado y lacónico. –Es apantallante venir a esta ciudad…. uno se siente pequeño como pararse frente a un océano de sabiduría infinita, no conozco a la mayoría de los hombres que nombran las calles con sus flamantes apellidos pero el hecho de leerlos da un placer universal.
Después seguimos rompiendo el hielo con esas absurdidades climáticas y tribulaciones del metódico contacto humano y sus estúpidas políticas feudatarias. Finalmente alguien supuso decir algo gracioso y ambos hicimos una larga pausa de risa hasta callarnos para dar pie a lo verdaderamente intrigante. De que íbamos a hablar dos sombras paralelas pegadas a cuerpos que se deforman a diferente grado, dos vicisitudes que se sientan a la mesa con la misma posición corporal, dos mentes que fluyen con al algoritmo de la naturaleza en su anárquico sentido, en el arte, en el diseño, en la contabilidad, en el plumaje de los halcones o en cualquier otra puñetera cosa que nos hace importarnos un comino la levedad del pensamiento contrario, y reafirmar el desinterés de un planeta por el otro, si de inicio estábamos seguros que las respuestas serían muy similares, ambos de signo virgo, con los mismos gestos evadíamos de igual forma casi las mismas preguntas y a ciencia cierta las mismas miradas respuestas, cierta simetría transparente como dos botellas de vidrio análogas pero de diferente contenido y entonces pude ser yo o pudo ser él, surgió la palabra que rompía el viento con su cola de gaviota que con sus alas que se extienden a lo largo del universo y palpitan nuclearmente al rosar las estrellas… Pamela, una transpiración de barlovento en el rugido de un arcoíris que se sienta en una silla de cansancio, un reposo en medio de la tormenta, después de pararse sin gravedad en medio del océano, esperando el golpe seco de un destino tan húmedo que ahoga entre la contradicción de sal y agua, el crujir de la cerradura de san pedro al liberar a las almas que quieren volver a la tierra, el resultado enigmático de un apéndice de ecuación física escrito en el pizarrón de un laboratorio, Pamela… Si., la única mujer que hemos querido cada uno en su tiempo y en su estatura determinada, una huella sumisa que nos pisó de cuerpo entero con la suela de la caricia inmaculada, un corazón vehemente que ha estallado en nuestras manos como pirotecnia. El mesero tardó una eternidad en llegar, se acerca un chico indio balbuceando un francés herbolario, pedimos y cinco minutos después regresa con expreso en una diminuta tasa de juguete para él, y para mí un enorme americano doble que apesta deliciosamente.
-Que gran paradoja. Comento. -En México nos gustan las cosas en proporciones generosas y ustedes se dosifican por su refinamiento.
Comparo con ambas manos el tamaño desproporcional de ambas tazas y reímos un poco para apagar el rojo de las dos miradas oblicuas. Las miradas de la guerra que duerme. El extiende sus codos sujetado su camisa blanca ajustada y corbata negra, yo lo miro a los ojos quitando la taza a mi boca después del sorbo.
-Mexican guys do not drink coffee together, that´s a homosexual thing. Comenté en modo de broma.
-Quizá es por eso que se matan todo el tiempo. Respondió de forma burlona en un español perfecto pero no con afán de molestar.
El balbucea una risa y deja escapar la palabra inquisitorial en nuestras almas.
– ¿Y la has visto?
Gesticula con un apretar de seño que los ojos de enfermiza intriga sostiene, dando luego un sorbo sostenido a la maricona taza diminuta. Abriendo bien los ojos apretando con más fuerza el asa de cerámica china.
– La he visto, su salud mejora por lo menos ligeramente al día. ¿Porque diablos bebemos café? Deberíamos hablar de ella rodeados de vino, ¿que no eres francés?
– No bebo, tampoco fumo. Responde con una ligera mueca juzgada.
– Pues deberías.
La tarde a las tres en el verano parisino es como andar en las ciudades sureñas mexicanas, los países latinos no dejan de hacernos sentir como en casa de vez en cuando. Pamela es un misterio para ambos, en esta relación de dos ex novios que se juntan para conciliar su pavura entre palabras luctuosas para confirmar o sacar no sé qué cosas, dos sujetos que parecen la sombra del otro sin ningún orden de aparición como Rivaldo y Romario en el Brasil del noventa y ocho, pero aquí ninguno de ambos es campeón de nada. Yo como un sentimentaloide determinado empiezo con un dialogo acerca de ella, sin detalles íntimos hilaba una caricia con una risa pasando de un tema a otro como bailando parkour en los callejones. Cuando el tipo francés escuchaba una anécdota similar a alguna remembranza suya agachaba la cabeza y se dejaba caer rendido en una risa melancólica, luego el iniciaba un dialogo interminable de enumeraciones antedatarías, sonreía y el rostro se le pintaba de un rojo arcilla. Cuando escuchaba una frase familiar yo trataba de concluirla como un estudiante ejemplar frente a los profesores. Éramos como un grupo de autoayuda en donde dos cobardes se comparten la fatalidad y la gloria para sentirse menos miserables, ¿y de que trata un grupo de auto ayuda si no es para sentirse menos miserable? Y así los hombres, en cualquier parte del mundo somos la misma chingadera, si el idioma no fuera un impedimento tendríamos las mismas conversaciones no importa si es un chino y un ecuatoriano, un rumano y un hombre de Siberia, un ser del tiempo de los moais de la isla de pascua y otro varón del año 2080, la mujer es un tema anacrónico que se extiende desde los murales de lo que el lente cosmogónico pueda tocar, hasta el fondo de la caja de cartón de la caja de pizza del vagabundo. De repente ambos callamos después de dos horas, nos dimos cuenta de que este encuentro sobraba infinitamente, me paré de un brinco y le extendí la mano, caminé por la calle hasta encontrar una taberna abierta, pido una copa de vino tinto y miro morir la tarde desde un funesto taburete a lado de una enorme ventana de aparador con la palabra Pamela latiéndome en el paladar como una herida abierta.

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