El árbol de la mañana triste

el arbol de la mañana triste
Mi hermano sale del hotel y se sienta en la banca de un parque…
Lleva en los bolsillos mil caricias asfixiadas por músculos de lágrimas,
Sus ojos pesan como dos rocas redondas de acantilado que se asoman
Esculpidas por la mano del agua vistiendo el traje de la geometría del planeta.
Saca un encendedor Vic con la piedra estropeada.
Once, doce, trece intentos y una flama germina,
Se sienta y fuma en una banca de latón mientras amanece.

Las campanas de la catedral brotan súbitamente como trabajo de pólvora,
Aplastando la noche en su puntual meneo de verdugos,
Fisuran la mañana girando una herida colonial abierta como llave que penetra,
Y en el coro de su música;
Un árbol jacaranda de cincuenta metros se desprende del suelo de golpe,
Mi hermano lo mira chocar contra el piso a doscientas toneladas por segundo,
Parte al pueblo a la mitad con el sonido de un millon de pájaros alzar vuelo,
Alberto no se intimida y vuelve a fumar,
Con la tristeza de quien ha visto a la muerte a los ojos horas antes,
No ha dormido un carajo y sonríe abonando un par de lágrimas azules.

Mireya gira la cabeza y se asoma por los puntos ciegos del camión de pasajeros.
Mira a todos lados buscándole un refugio al perro del llanto,
Lo sujeta debajo del bombín oscuro de la noche intentando no gemir de tristeza,
Porque estar triste significa estar desnudo y hay que tapar el genital del lamento,
La lágrima es un pezón que huye al centro de la tierra,
Un astronauta que se ha fundido en el espacio,
Un grano de sal que ha perdido el océano,
Un dedo de orín que ha enfermado.

Y en su recorrido la lágrima inaugura naufragios,
Como barcos lapidas diseminados en las avenidas del atlántico mira su viaje
La piel se sumerge en una lluvia de navajas sin poner las manos
Mireya camina hacia el baño, se encierra para soltar el dolor en movimiento.
Su padre murió hace unos minutos…

Angelica mira los taxis de las ambulancias cada diez minutos
Arrojar cronopios moribundos balbuceando testamentos,
La zona está acordonada de gente doliente que espera,
El velorio en sus ojos pesa como guijarros volcánicos,
Angélica sube la rampa y mira la puerta de emergencia,
Como un gato haciendo guardia en la madriguera de un huerto
Espera noticias,
Nadie podrá quitarla de ahí,
Los boxeadores de sus pies se quedan exánimes pero firmes,
Saca un pañuelo derruido para extirpar las más recientes lágrimas.

En las calles del pueblo las casas viejas
se me tiran encima como olas de mar a las piernas,
Camino encorvado pateando con hombros la gente y sus naderías,
Hay cabezas cortadas en los puestos de revistas,
Se encuadran las estampidas de las cruces con los cortes longitudinales de los templos.
Es martes y las cabelleras encogidas sonríen unas a otras,
Asomando sus amarillos dientes pueblerinos con risotadas de hienas,
Busco un rincón para escupir las lágrimas a los adoquines,
Mis ojos de cristal se colapsan y me derrumbo en el jardín de la plaza,
Mi padre eligió este sitio para morir y eso hay que respetarlo.

Miro hacia el frente y la gente me observa entreabriendo sus bocas de asnos…
Algunos viejos vienen a la plaza a mirar a otros viejos morirse sentados,
Entre un buenos días bostezan y el mar abierto de los callejones se estrecha,
El pueblo se hace pequeño como hielo en un vaso de agua,
Y la caricia detrás de un guante se marchita en la esquina de una secundaria,
Un muchacho se despide dejando heridas abiertas de niña exigiendo rellenarse,
Y nos salta el corazón detrás de nuestros vestidos de flores,
Detrás de nuestras corbatas de acero que nos planta al mundo,
Amarrándonos a lingotes de aire que pagan hipotecas y neumáticos,
Y así todos negamos algo detrás de los botones que dirigen al resto del planeta,
Al otro lado del muro de nuestra piel, están los dos Berlínes miserables,
Y todos por igual llevan estrellas en la frente de discursos coloridos,
Todos tienen la razón y todos son erradizos y es un reverendo desastre
Cuando sacan de vez en cuando un dolor plegadizo y lo posan en las calles,
Como el pene de un caballo y lo guardan en su estuche cónico hecho en china al callar,
Y sufren un poquito lo que se ha temido a pagos de cobros revertidos,
Y finalizan asomando los dientes imitando la risa del maniquí que baila.

Una semana antes en las noticias una niña saltó de la torre de una catedral,
El mismo símbolo me estremece hondamente,
Ni siquiera fue una parroquia era la catedral,
Y un cura a unos metros de ella agitaba los brazos desesperado,
Con la palabra tarabilla de cristo gesticulando alaridos tributarios de biblias,
En el video se mira la niña tomar vuelo y saltar a la alberca de hormigón,
Con la valentía de un enjambre de gaviotas precipitarse al océano,
El vuelo duró una eternidad y al caer se escucha una craquelación uniforme,
Un parabrisas romperse al colisionar cráneo contra cráneo,
Un crujido de vida extraerse en el unísono de una marea roja,
Y el sonido se queda en los oídos por semanas,
El cura se encoje en hombros, todos hemos pecado,
Todos saltemos de la catedral en un respiro de ingravidez humana.

Murió mi padre en el hospital regional de Lagos de Moreno.
Todos teníamos un cigarro en la mano al momento de la estampida de los trenes.
Todos llevamos un hombre raro en nuestro corazón que acariciaba
todo cuanto se le venía a las palmas.
Cuando mi padre miró a la muerte le acarició la cara y le dijo; vámonos.
No sin antes acariciar la cama del hospital, las enfermeras, los doctores,
los utensilios, la ambulancia, la carretera.
Mi padre era el hombre detrás de la caricia.

Y entonces la muerte viene.
Como un pájaro blanco se posa en nuestros parpados.
Yo he visto la muerte dos veces antes
Lanzar sus escarpelos de cabellos negros bañar mi rostro.

La jacaranda que envió mi padre romperse a los pies de mi hermano,
Era un árbol de doscientos años, el árbol de la mañana triste,
El hombre jacaranda pisó la plaza con el impulso de un gigante
Y se perdió en las estrellas en su vuelo.

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