Yonquis

Yonquis

Besadores de labio propio,
Cangrejos con nido en el aire,
Rifles huérfanos en cajas nuevas,
Chinches de ratas cloaqueras,
Lenguas en oídos empedrados,
Juicios bienhechores de las plantas,
Seres símbolo,
Seres cifra,
Seres sombra,
Sombras cifras subrayadas.

Recuerdo por ejemplo a Isaías,
Nunca hizo una mierda,
Tenía hermanos doctores.
Cada vez rejuvenecía más anciano
Nadando en el betún de Judea,
Con esos ojos que se abren como arpas,
Que pellizcan todo cuanto pueden
Con un rojo guerra que estremece
Caminaba,
Con esa enfermiza curiosidad del artista
Tratando de vivirlo todo sin ser vistos
Encerrado en los muros de vidrio y azufre
Vitaminado con la aspirina nirvánica
Escondiendo la caricia-puño en sus bolsas
Con el bozal en los nudillos
Con un trago de viento holocaustico
En el paladar hace buches.

Odia al mundo justificadamente.

Un día dejó los vicios con menos doce pasos,
Sin ridiculeces congregatorias
sin equipos olímpicos de lamentaciones
Un caso asombroso de entre miles.

Después…
Jugaba con los niños en los parques,
Miraba a las hembras a los ojos
Con el clásico estornudo buenas tardes.
Llamaba a los vagabundos por su nombre.
Abrazaba a todos los perros y los perros lo abrazaban.
Vivía de las pequeñas cosas.
Jamás se quejaba.
Era un inútil que coleccionaba hermosas planchas antiguas
Y con su mirada de cachorro lo lamía todo.

El ser que se ha consumado la droga
Trae un susurro condecoración en el pecho,
Una maqueta de constelación envuelta en llamas
Un mensaje simple que lo englotona
Un verso de juglar para abandonar la guerra
Un Rimbaud miniatura en el tercer ojo se lo ha dictado,
Y luego, en el sortilegio
Le escondió el álgebra eternamente,
Para mirarlo todo desde dentro
Como lo hacían los rupestres en las cavernas.

Entre los tabiques y sus moléculas,
Sus almas bondadosas de beatos traspasan.
Un beato ha sufrido incansables dolores.
Los drogadictos se paran con un tigre en la cara,
Y se duermen con un gatillo de estambre graznándoles,
Y un nudo de pescador haciéndoles corbata
Beatitud que deberían envidiar los cristianos.

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Palabras de un marido de ochenta y tantos

Palabras de un marido de ochenta y tantos
A los hombres nos llega el zanganear de los besos hecho trizas,
los que caminan con las rodillas rotas enredados a los barandales de las casas de nuestras señoras,
arrastrando suela firme en el labio que se humedece por las mujeres que no besamos

el hilo entonado que reflejaba el sonido de las auroras boreales en sus bocas al susurrar,
el redondo firme de los pechos que se aferraban a nuestras manos,
el rigor de la palabra caliza emergiendo de su locura ahora es un tirón de graznado chocarrero,
un montón de bocinas de autos en un recital de deshuesadero.

el pegamento perfumado de su pelo ahora quema los ríos a flemas de reflujo
una vez cansado el día, cuando la lumbre de hielo en las mejillas te avienta su maniquí a las manos;
en la cama, se traspasa la música a caricias de madera las bodas de piedra con punzón,
y un ombligo ya no es un juguete sino más bien un perdigón de odre para soldar puercos a las llamas

la nave de alcohol y azúcar que te encarnaba, tu alma trepada en las ramas de las regaderas
tu mirada de los símbolos amorosos y el canto del océano,
en la cocina y otra vez tus ojos ahora mirando a los bisnietos caerse,
y se viene el pelo de plata en nuestras narices ,
las charlas de antiguas salidas de putas en los geriátricos con lo que queda de los hombres,
los hijos apasionados por tontas verborragias fiscales,
las dulces nietas de pezones abotonados que se casan,
la muerte que abre su corazón poco a poco,
para jalarnos con sus brazos de enredada a la entrepierna
y regresarnos a la vulva