La cantina

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Fotografía de Olga Carrillo

Llegué a la taberna acompañado de Roberto,
pringados de cerveza atados a los vasos de plástico rojo
del bar anterior

y la puerta de latón horizontal a la barra se abanicó al rebasarla,
se abrió y cerró en un guiño de ojos entre abiertos,

al llegar al cantinero ya nos esperaba con dos rones acalambrados de hielo,
Gilberto era acompañado de dos hombres,

un doctor y un tipo llegando a los cincuenta y cinco
que le apodaron ese día digamos el Mijares en la barra,

y una cumbia redoblaba sus dedos de piano en todas las aristas
haciendo hasta de las sucias arañas un baile de cuerdas en las esquinas de la cantina

la barra era un tablón de mezquite pronunciado y espeso
y las bancas viejas torres de acero inoxidable
que emergían del piso como tubos hidráulicos,

el doctor alzaba su copa y Mijares sonreía lúgubremente
con su entre cano atorarse en la nube de cigarro como un camuflaje
que se difumina en la naturaleza

y Gilberto giraba luminoso
gritando un discurso alzando su vaso de brandi a todo lo alto

presionando su sobresaliente barriga contra la tabla de la mesa
y Roberto encendía la vieja rockola vaciando sus bolsillos
con un repertorio de cumbias costeras y ballenatos terribles

-¡qué gran sitio para escribir!- me repetía en mis adentros,
y garabateaba oligofrénicamente sobre una servilleta con trazos líquidos

palabras que exhalaban del transpirar del tambor colombiano,
y que se borraban con el estallido de licor que se reparte en la mesa de borrachines,
al momento del efusivo brindis y el resultante del estallido de vasos,
como una brisa condensada que no deja secar ni un grano de tierra,
y todo lo amamanta en su pueril navegar del rocío hasta temblar de miedo el pulmón de la selva
debido al abandono de la generosidad que englotona.

Una dura anciana, con un pequeño perro insignificante,
se acerca presumiéndolo en sus blandos brazos gritando:
– No sean cabrones-
y daba un pequeño paso de baile convulsivo
sin dejar de gritar –no sean cabrones-

y el doctor articulaba como podía sus palabras contando
una vieja historia de una zona de tolerancia más apacible,
hablaba de que él y su compadre salieron a buscar travestis
y llegaron a la zona de tolerancia a encontrarse con una tal Llidia;
un hombre negro del Veracruz con tacones altos.

Porque en la cantina toda iluminación es asexuada,
Y el compañerismo varonil es una secuela de rudos tropezones
donde todo desemboca en el golpe de una rima fálica y riadas risas subidas de tono,
no hay distinción clara, es una camaradería solo confrontable
a las profundas campañas de legiones romanas en los tiempos de un Trajano triunfador,

la barra es una ciudad de luces con las sombras cristalizadas,
hay vasos por todas partes, algunos olvidados como islas insociables
naufragando en su propio lago-barco

Mijares balbucea en un interminable sonido de espuma
en su torpe boca,
como un convulso asomando la lengua entre los líquidos gástricos,

la cumbia es un hedor que rebota infinitamente de costa a costa por las paredes

a mitad del bar una solitaria mesa de mujeres que voltean alzando sus vasos
presumen sus largas sonrisas acartonadas y ojos quisquillosos

-Una de ellas es soprano- nos compartía Gilberto
-Desde cuando las mujeres vienen a las cantinas- de forma retorica
balbucea entre nosotros el doctor al momento,

y nosotros devolvemos alzando los vasos aún más alto el saludo,
hasta alcanzar los ecos de la cumbia caminar en nuestras copas
y bajar por nuestras arterias hasta el corazón que no para de hincharse

nuestros pulmones se inflan de graznados colombianos
y una mujer de ojos esquivos me mira desde la entrada de la cantina,
en una silla lejana parece irse a la calle

vestida de martes y tenis con cilíndricas ojeras plegadizas
como salida de una pintura de María Blanchard

resulta ser la hija de la anciana del perro enano
quien no para de gritar
–no sean cabrones-

la mujer no es joven y me mira y sostiene los ojos
y semi sonríe no sin quitarme la cara de forma lasciva
se suelta el pelo y lo escurre en sus hombros

como si estuviéramos en un alto cabaret de rascacielos
enciende un cigarro largo mentolado de esos que solo fuman las mujeres antiguas

no pasó mucho tiempo antes de que su medre viniera a mí a entregarme a su hija al baile,
así que me paré como pedro navajas y le tome de la cintura con ambas manos.

La cumbia gritaba más que nunca y los ojos de los borrachos se nublaban
en un necio pelear de estar despiertos,

la mujer no sabía baila ni yo tampoco,

se contorsionaba horriblemente como un perro envuelto en llamas,
y yo con suerte lograba componer un par de pasos tensos

mientras la jalaba a mi hasta besarle con todo el alcohol constreñido en mi garganta,
y así se apartaba de golpe para regresar con sus dientes a morderme el cuello,

mientras su madre no quitaba sus fanales de pescado de encima mío
con nuevo alarido si nuevo pero aún más impresionante –no sean cabrones-

Mijares al vernos saltó de su asiento y agitó intermitente el cuerpo hasta batallar borracho llevando el ritmo en un bimbi, bam bum alzaba los brazos desfasado del ritmo

y gritó al cantinero; –traiga una copa a todo el mundo yo invito-.

La muchacha oscilaba en los cuarenta y tantos pero pegaba sus firmes nalgas a mi cuerpo,
en la rockola mientras delante mío elegía una canción
para seguir bailando en la pequeña pista improvisada.

Gilberto y Roberto parados en la barra
probaban los cocteles de prueba mezclados con fresa y cimarrón peruano y vodka
pues decía el cantinero emocionado
que como ya venían mujeres habría que acoplar cocteles a la clientela,
mujeres decentes subrayaba alzando las cejas

aunque para nosotros no era más que un congal de mal a muerte,
y nos tuvo toda la tarde bebiendo generosamente aguas hechas para mujeres
con recetas bajadas del internet;

Y así Mijares bebía un Aromatic caipi, el doctor un Consierge Martini
Roberto y Gilberto ambos con bebidas rosadas indescifrables
y yo vaciaba a tragos espléndidos un Cosmopolitan

y de repente todos vamos encendidos en una nave jalada por pájaros fulgores multicromáticos,
vasos rosas y rostros blancos

y recios flashazos de peltre saltando a cubierta, navegando en un agua de cumbia ladrándonos
la magnánima pisca de vida en su explicación mas concreta

pero su deslucido animo de roedor empaña con embriaguez toda conclusión
al salir a la calle y volver al trajín de la corbata que ahoga y la obesa esposa de púas
el momento que ilumina es pasajero porque de ahí sigue la muerte.

Todos agitan sus vasos en los aires
acomodando el dolor en medio de cada trago como flechas tramposas de alfiles

para devolverlos al cantinero vacíos y repetir en inconfundible tono
el articulado dedo del olvido diluirse en el clítoris de la felicidad inmediata

en el generoso frutal caído a la altura de nuestras bocas

en las charlas de salón que definen el mundo con filosofía a los hombres que trabajan y beben

hasta dejar la mente totalmente en blanco,
como un nirvana de bolsillo sacado a flote

y compartiendo con las demás desconcentraciones la palabra
hasta súbitamente alzar los vasos lo más bravíamente posible
y olvidar de inmediato el nombre del contrario y volver a la centellante realidad desértica

Y la muchacha agita su cuerpo cerca del mío,
se voltea y sube sus manos de espaldas a mi nuca
poniendo su cuello entre mis labios
mientras le desgloso la nuca con los dientes
retirando de a poco su cabello cuando ella llena de monedas la máquina de canciones
y mis manos bucean en su blusa para reconocer sus senos,
en el redondo inconfundible
de vuelta a casa de la madre como una vulva que te regresa
eso es una cantina, una vulva que te regresa

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