la palabra inminente

la palabra inminente
No puedo parar de escribir.
La hoja blanca ciega mis ojos como un eco de eclipse que se desdobla…
y luego;
Se me atraganta la letra en el murmullo, y un cáncer que se organiza como ejercito troyano
ataca con un montón de desorganizadas avispas.
Mi palabra es un tambor que en su cacofonía rima con los tambores nigerianos,
o el silbido del maquinista hinchado de vodka en la Siberia salvaje,
o el grito de una mujer negra de Nueva Orleans en el trance de un blues callejero,
el rosar con el huarache el suelo del indio purépecha en la selva,
el susurro de una flecha perdida en medio del amazonas buscando una muerte donde aterrizar su diente.
El choque de tarros en una taberna céntrica de Dortmund,
las alarmas anti tsunamis en las calles de Tokio.
El sonido del terremoto que diafragma como un instinto soberbio de estallidos,
así la escritura se me viene como un vomito de carbón en el cosmos, la saliva se difumina con la otra en el beso
como una estampida de búfalos en las tierras indias.

La palabra inminente se me cuela por las alcantarillas de mi alma
hasta contaminarlo todo afuera, parques, monumentos, nucas de perros,
tortugas marinas.

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Las sombras grises

Las sombras grises

Las sombras grises
rodeándole alarmantemente
los parpados en la esquina
la puta camina y se detiene aquí
junto a mí el carácter de su falda renace
en la noche, en medio de un fuego labial provocado,
la cumbia nómada de fondo le contorsiona los zapatos
y el aire de la ansiedad le pone el humo del cigarro en el rostro
con las agujas, apuñala el hormigón hasta hacerlo sangre,
y la cara salvaje de la testosterona en camino,
un rosario filoso en su mano izquierda,
la ronda de bilis centinela de un cuarzo
incrustado en dos trozos de madera,
unos faros se detienen
la musa besa la marea y se hunde en la noche
un barco que se aleja
yo recargado en el muro sonrío viendo

Antonin Artaud

Antonin Artaud

México es una palabra surgida de las plantas,
un susurro de volcán en la noche
un crujir de un craneo
que se craquéela
en un movimiento de amasijo
en la capital

 

la palabra es un vestidito de estrellas atado
al giro de una lagrima triste
retorcerse de risa al mirar abajo

 

m

e

x

i

c

o

 

Antonin Artaud
besaba las tres silabas al soltarlas de sus labios

Me-xi-co

con el aliento de quien muerde la luna
y el peyote,
y abría bien los agujeros de sus ojos
para aunque sea por error regresarla
a su alma y no gastar mucho la palabra,
como quien cuida con lujuria de padre
un himen que se bambolea falsamente

 

México, un gemido altivo de fragancia ecuatorial
exhalación de labios bochornosos que se hincha en el orgasmo
mapa de semen adherido a nuestras uñas rojas de sangre.,
el mismo rojo que emana entre las piernas
de una niña que se asusta al ver al niño muerto que se escapa
por las fosas de la regadera

 

México y mujer se parecen por supuesto
los brazos del sonido se cogen
como gemelas cuarentonas,

 

se reconocen como plantas que superan el hormigón
y miran al sol a los ojos,

luego se miran una a la otra
como dos lesbianas húmedas

 

su torso es el mismo
y su inquietante textura trasparente
que se atora en la garganta
con un reflujo sin dolor
a la altura del esófago
y el gemido erótico en medio
que eriza la piel desde la columna
-yo mexíco… y el mujeréa

 

como las pupilas de una ola encabritada
en el pacifico sur
y la tormenta de estrellas en sus ojos
antes por supuesto de las lágrimas y el grito,
la palabra México
y el extravío de barcos a la altura de sus piernas
nombran este gran naufragio

 

ahí estabas México tan detenida
al abrirse una grieta en el lago
la palabra es una puta que en los aeropuertos
apenas muestra un hilo suelto de piel
de la manga de sus senos bien arropados,

 

llanto de mármol en las pisadas de los coyotes,
pálida cempaxúchitl color del hueso roto,
vainilla caliente que se cuela en las arterias,
vitral de oliva que se rompe
y te coloca los cuchillos en el rostro

 

la palabra México en los rincones de tu pelo
y su fuga gutural que libera al pronunciarla

 

grito México y al terminar
un cáncer fue asesinado en mis entrañas
como una explosión constelar
y así todos aquí somos inmortales

La cantina

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Fotografía de Olga Carrillo

Llegué a la taberna acompañado de Roberto,
pringados de cerveza atados a los vasos de plástico rojo
del bar anterior

y la puerta de latón horizontal a la barra se abanicó al rebasarla,
se abrió y cerró en un guiño de ojos entre abiertos,

al llegar al cantinero ya nos esperaba con dos rones acalambrados de hielo,
Gilberto era acompañado de dos hombres,

un doctor y un tipo llegando a los cincuenta y cinco
que le apodaron ese día digamos el Mijares en la barra,

y una cumbia redoblaba sus dedos de piano en todas las aristas
haciendo hasta de las sucias arañas un baile de cuerdas en las esquinas de la cantina

la barra era un tablón de mezquite pronunciado y espeso
y las bancas viejas torres de acero inoxidable
que emergían del piso como tubos hidráulicos,

el doctor alzaba su copa y Mijares sonreía lúgubremente
con su entre cano atorarse en la nube de cigarro como un camuflaje
que se difumina en la naturaleza

y Gilberto giraba luminoso
gritando un discurso alzando su vaso de brandi a todo lo alto

presionando su sobresaliente barriga contra la tabla de la mesa
y Roberto encendía la vieja rockola vaciando sus bolsillos
con un repertorio de cumbias costeras y ballenatos terribles

-¡qué gran sitio para escribir!- me repetía en mis adentros,
y garabateaba oligofrénicamente sobre una servilleta con trazos líquidos

palabras que exhalaban del transpirar del tambor colombiano,
y que se borraban con el estallido de licor que se reparte en la mesa de borrachines,
al momento del efusivo brindis y el resultante del estallido de vasos,
como una brisa condensada que no deja secar ni un grano de tierra,
y todo lo amamanta en su pueril navegar del rocío hasta temblar de miedo el pulmón de la selva
debido al abandono de la generosidad que englotona.

Una dura anciana, con un pequeño perro insignificante,
se acerca presumiéndolo en sus blandos brazos gritando:
– No sean cabrones-
y daba un pequeño paso de baile convulsivo
sin dejar de gritar –no sean cabrones-

y el doctor articulaba como podía sus palabras contando
una vieja historia de una zona de tolerancia más apacible,
hablaba de que él y su compadre salieron a buscar travestis
y llegaron a la zona de tolerancia a encontrarse con una tal Llidia;
un hombre negro del Veracruz con tacones altos.

Porque en la cantina toda iluminación es asexuada,
Y el compañerismo varonil es una secuela de rudos tropezones
donde todo desemboca en el golpe de una rima fálica y riadas risas subidas de tono,
no hay distinción clara, es una camaradería solo confrontable
a las profundas campañas de legiones romanas en los tiempos de un Trajano triunfador,

la barra es una ciudad de luces con las sombras cristalizadas,
hay vasos por todas partes, algunos olvidados como islas insociables
naufragando en su propio lago-barco

Mijares balbucea en un interminable sonido de espuma
en su torpe boca,
como un convulso asomando la lengua entre los líquidos gástricos,

la cumbia es un hedor que rebota infinitamente de costa a costa por las paredes

a mitad del bar una solitaria mesa de mujeres que voltean alzando sus vasos
presumen sus largas sonrisas acartonadas y ojos quisquillosos

-Una de ellas es soprano- nos compartía Gilberto
-Desde cuando las mujeres vienen a las cantinas- de forma retorica
balbucea entre nosotros el doctor al momento,

y nosotros devolvemos alzando los vasos aún más alto el saludo,
hasta alcanzar los ecos de la cumbia caminar en nuestras copas
y bajar por nuestras arterias hasta el corazón que no para de hincharse

nuestros pulmones se inflan de graznados colombianos
y una mujer de ojos esquivos me mira desde la entrada de la cantina,
en una silla lejana parece irse a la calle

vestida de martes y tenis con cilíndricas ojeras plegadizas
como salida de una pintura de María Blanchard

resulta ser la hija de la anciana del perro enano
quien no para de gritar
–no sean cabrones-

la mujer no es joven y me mira y sostiene los ojos
y semi sonríe no sin quitarme la cara de forma lasciva
se suelta el pelo y lo escurre en sus hombros

como si estuviéramos en un alto cabaret de rascacielos
enciende un cigarro largo mentolado de esos que solo fuman las mujeres antiguas

no pasó mucho tiempo antes de que su medre viniera a mí a entregarme a su hija al baile,
así que me paré como pedro navajas y le tome de la cintura con ambas manos.

La cumbia gritaba más que nunca y los ojos de los borrachos se nublaban
en un necio pelear de estar despiertos,

la mujer no sabía baila ni yo tampoco,

se contorsionaba horriblemente como un perro envuelto en llamas,
y yo con suerte lograba componer un par de pasos tensos

mientras la jalaba a mi hasta besarle con todo el alcohol constreñido en mi garganta,
y así se apartaba de golpe para regresar con sus dientes a morderme el cuello,

mientras su madre no quitaba sus fanales de pescado de encima mío
con nuevo alarido si nuevo pero aún más impresionante –no sean cabrones-

Mijares al vernos saltó de su asiento y agitó intermitente el cuerpo hasta batallar borracho llevando el ritmo en un bimbi, bam bum alzaba los brazos desfasado del ritmo

y gritó al cantinero; –traiga una copa a todo el mundo yo invito-.

La muchacha oscilaba en los cuarenta y tantos pero pegaba sus firmes nalgas a mi cuerpo,
en la rockola mientras delante mío elegía una canción
para seguir bailando en la pequeña pista improvisada.

Gilberto y Roberto parados en la barra
probaban los cocteles de prueba mezclados con fresa y cimarrón peruano y vodka
pues decía el cantinero emocionado
que como ya venían mujeres habría que acoplar cocteles a la clientela,
mujeres decentes subrayaba alzando las cejas

aunque para nosotros no era más que un congal de mal a muerte,
y nos tuvo toda la tarde bebiendo generosamente aguas hechas para mujeres
con recetas bajadas del internet;

Y así Mijares bebía un Aromatic caipi, el doctor un Consierge Martini
Roberto y Gilberto ambos con bebidas rosadas indescifrables
y yo vaciaba a tragos espléndidos un Cosmopolitan

y de repente todos vamos encendidos en una nave jalada por pájaros fulgores multicromáticos,
vasos rosas y rostros blancos

y recios flashazos de peltre saltando a cubierta, navegando en un agua de cumbia ladrándonos
la magnánima pisca de vida en su explicación mas concreta

pero su deslucido animo de roedor empaña con embriaguez toda conclusión
al salir a la calle y volver al trajín de la corbata que ahoga y la obesa esposa de púas
el momento que ilumina es pasajero porque de ahí sigue la muerte.

Todos agitan sus vasos en los aires
acomodando el dolor en medio de cada trago como flechas tramposas de alfiles

para devolverlos al cantinero vacíos y repetir en inconfundible tono
el articulado dedo del olvido diluirse en el clítoris de la felicidad inmediata

en el generoso frutal caído a la altura de nuestras bocas

en las charlas de salón que definen el mundo con filosofía a los hombres que trabajan y beben

hasta dejar la mente totalmente en blanco,
como un nirvana de bolsillo sacado a flote

y compartiendo con las demás desconcentraciones la palabra
hasta súbitamente alzar los vasos lo más bravíamente posible
y olvidar de inmediato el nombre del contrario y volver a la centellante realidad desértica

Y la muchacha agita su cuerpo cerca del mío,
se voltea y sube sus manos de espaldas a mi nuca
poniendo su cuello entre mis labios
mientras le desgloso la nuca con los dientes
retirando de a poco su cabello cuando ella llena de monedas la máquina de canciones
y mis manos bucean en su blusa para reconocer sus senos,
en el redondo inconfundible
de vuelta a casa de la madre como una vulva que te regresa
eso es una cantina, una vulva que te regresa

trozos de verde que han perdido el amazonas

trozos de verde que han perdido el amazonas

la aurora balsámica
que cae de rodillas en la espada,
que ha cortado los bosques de golpe
y que ha vaciado,
el océano en la lengua de su alfiler hidráulico
de la tina del horizonte congelado
del otro lado del Danubio
donde los dinosaurios
viajan en la nave del mundo mirando
por la ventanilla de nieve el planeta
esculpido por las manos de meteoro mujeril
y la bomba nuclear anticipada
que llevó a Jesús al baño de palos
y las gotas de espina coaguladas rascarle los huesos
y romperle los músculos del rostro
con la realidad atónita del estúpido puño fundamentalista
y su caricia de nudillo neurasténico e hipocondriaco

ese aliento desmedido de rojo cimbrado
en el canto frontal y en la empuñadura de la espada misma
dando un lujo de bermellón en la Europa bárbara cadáver,
esa costra de metal en la cintura de Julio Cesar
descansando en los hombros del mundo

y en su recital de guerra el hablar del otoño bizantino
y sus infinitas hojas secas en los bosques germánicos,
hablo del viento que emerge del suspiro del cadáver
hablo de Marco Aurelio y su aura de vulva corrompida
en tutela de los ebrios caminos sangrantes de Italia

Italia; planeta de los conejos que bajaron de la luna
para ser fecundados por hombres de sensibilidad superlativa,
cuna de los romeos que se besan
de frente y en la boca mientras sucumben,
herida abierta y punzante de labios violetas y clítoris de humo,
caricia de arrecife para palidecer de frutos de añoranza,
lengua seca que retorna al país de la saliva y sonríe en el sarcófago,
incendios de bolsillo para apagar la inundación de la sequía,
para silenciar el silbido que deja hablar a la mujer
que deja la música en sus manos

hablo del silbido angelical de un bolero que calla y lustra,
sismo en el vientre de la calle para que los peatones borrachos bailen,
choque frontal de árboles en medio del bosque,
último suspiro de la piedra angular erosionada,
inoperancia en la inspiración de las musas que envejecen
y responden esquelas a sus toreros muertos.

Y un taxista mira el parquímetro ser un cronometro
que ha sufrido un infarto y en el desahucio todos viajan libres.

Hablo de la abundante espuma de dolor que no evapora
en los incendios inquisitoriales y permanece por milenios,
y la muchacha agita su respiración de bruja
atada poniendo alerta los faros de sus pezones
mientras las llamas eclesiásticas la respiran
y los tecolotes observan la semilla de su grito
florecer en su garganta

hablo de la violencia que más parece un color oblicuo
que habita en los restos de un tren descarrilado hace años por ejemplo,
bajo la palabra de la locomotora que oculta
su fantasma en el zumbido recóndito en la hierva

hablo del nombre del perro que muestra los colmillos,
y en el apellido nace una caricia del pelaje hacia los hombres,

solo de volcanes que se comunican mostrando su baba que hierve,
y la ciudad evangelizada quinientos años antes en sus pies se cocina a fuego bajo

sonetos desesperados sujetos a las palomas mensajeras extraviadas,

falo de dios que penetra por las heridas punzantes
y sonríe en el orgasmo mientras todo se desangra,
risas de bocas abiertas que sonríen con las encías
y su mirada de falo estólido de ancianos impotentes
que miran a las colegialas, mientras la gelatina ahoga sus huesos
siendo ya sus cuerpos moldes de légamo aguado

trozos de verde que han perdido el amazonas,
la agonía y su viaje redondo a la muerte