el loco de mi calle

el loco de mi calle

En mi calle hay un loco que marcha

al ritmo marasmal de las ajenas almas charlatanas,

el loco zanganea con las manos atadas al cuerpo

a la altura del cinturón

sujetas por atrás mediante una invisible canana quiromántica,

se pasea de aquí allá con el atisbo apostado al suelo

contemplando los sonrojos de la tierra propagarse y la piedra eterna

y las hormigas;

que con sus patas de metal detienen el mundo,

diminutos atlas que suspenden la tierra por los puertos con las uñas

haciendo con sus largas antenas llamadas por cobrar

a todas la vía láctea pidiendo auxilio

el loco de mi calle tiene alguna sapiencia encubierta

lleva trozos de servilletas garabateadas jadeando de vida en las bolsas de sus pantalones;

quizá algebra maya designa una posible constelación en forma de abejarrón

en la enana de Draco,

o un silbido gutural en una imposible poesía deletreada

o letras de canciones hebreas, o un trazo arquitectónico que dedujo

el problema histórico estructural de algún viejo mausoleo romano

el loco de mi calle suspira en su quietud dando giros en la esquina cuestionando

el radio kilometrál que abarca el abrazo de otros hombres mientras dialogan sandeces,

mira las aves colarse en el grueso de los cableados

desvía los ojos y sus espesos anteojos observan desmenuzarse el planeta,

con las luces de su Nirvana enciende a través de las pupilas las lupas que han de incendiarlo todo

por ello nunca mira a los ojos, para no asesinar a nadie,

a esos hombres que evitan los espejos que señalan por miedo a patinar fuera de las vías

y el loco huye de enrolarse en tapones de huesos desgajados y pupilas mecánicas

atoradas por engranes paralíticos en conversaciones flatulentas

la gente lo señala por que no trabaja, a mí me genera envidia,

no tiene que soportar los crónicos saludos acartonados

y sonrisas de elástica lámina corrediza que intentan bañar todo de sombra,

el loco no tiene que lisonjear las lumbreras de los porches

de las burras camaleónicas de monstruosas camionetas paseando sus largas panzas egoístas,

ni a los ingenieros acotando trozos de mierda con sus pequeñitas medidas en los penes

el loco de mi calle guarda un silencio meridional,

un trozo de cause extinguido de en medio de una fuente congelada en la Antártida sumergida,

un fosforo encendido que brilla con el combustible de una idea echa arrebato,

un suspiro entrecortado que guarda en una frase todas las repuestas enciclopédicas,

pasan los perros callejeros arrastrando sus cuerdas junto a él

las mismas que el saltimbanqui le dejo detrás del divorcio como un recuerdo del rebaño

los seres inalámbricos se envuelven, se piensan en un silencio sindical y masón

el hombre realmente libre es un hombre redondo, como la redondez de buda

seres que  no se encharcan en mentecata alevosía periférica de roles impregnados,

de juergas para adentro, de un solo dedo de aire en caricias con nudillos,

se sumerge en sus mandamientos estirándolos a tono con la noche,

nadie lo calza, nadie lo contrae , nadie le toma por docena las fallas de escritorio,

no atesora nada y se ve libre como una ola de mar sosteniendo una marea roja

el loco de mi calle se sienta, descruza las manos y emite una mueca

que bien podría traducirse como una gotera de sonrisa

y vuelve a discutir consigo mismo hasta que un pan le abre las manos

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