La puta, las hormigas y la cucaracha

La puta, las hormigas y la cucaracha

Por la mañana despierto y escucho con atención

el cascabeleo de unas pequeñas patitas sacudirse y después miro

una enorme cucaracha de vomitivo café fosforescente avanzando

en un rincón de la habitación atrás de mi escritorio, me paro despavorido

y la aniquilo con una suela enternecedora de zapato,

golpeo tres veces porque mi madre decía

que revivían si no eran totalmente aniquiladas

si no se era demasiado decisivo

si no se era hombre.

Salgo a hacer cosas que nunca se recuerdan

y por la noche llego y me estaciono,

la puta de la esquina de mi casa mira al piso

y gutura en voz alta con una especie de graznido,

-las hormigas se comportan extraño, señal de que lloverá-

le miré sus ojos desalineados detrás de su mirada de perro en avenida

como cuando un niño llora y sus lágrimas se evaporan rápidamente

camina hacia un coche que le llama con las luces altas y medio sonríe.

Llegué a casa prendí la maquina

y miro moverse hormigas en mi habitación,

se alimentan de la cucaracha de la mañana,

siempre le perdono la vida a las hormigas,

su cosmovisión es más amplia que la de los hombres,

su mirada es horizontal al ras del planeta

sus diminutas antenas hablan con la tierra, las hojas, la muerte mientras trabajan

tratando de forma concreta todos los asuntos del alma en primera persona

como los indígenas que treparon la sierra tarahumara

y nunca bajaron y siempre responden los cuestionamientos

con la serenidad del semidiós que cruza la pierna y responde

con la voz que se inclina del corazón al espíritu y emerge jengibre de arpas,

si las hormigas hablaran de sus diminutos cuerpos saldrían ruidos de guitarras,

si el hombre hablara con el suelo, no necesitaría pañal de anciano el planeta.

Amplío una hoja de Word en blanco

y ni una palabra resumida sale de mis manos

para ponerle significantes ariales el papel,

escucho un rozar de gotas en la acera,

abro las ventanas,

la puta tenía razón y las hormigas y la cucaracha,

todo tiene la razón en este mundo menos nosotros

entonces llueve

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Nosotros

nosotros

Nosotros, solo nosotros,

quienes usamos el corazón

para hacer coincidir dientes de engranes,

quienes vertebramos los oleos

para que se agarren de nuestras paredes con las uñas

y hagan juego con estúpidos sillones de señoras moradas

meneándose el clítoris con billetes de mil

¡nosotros!

en mar abierto nadamos en vasos de agua

nosotros que le pusimos guantes a las caricias

nosotros que rociamos con néctar de asfalto al suicida

y le vendemos la cuerda que le acaricie el cuello

o el cianuro que le apague los ojos,

nosotros que creemos que el silencio

es el pulso de un muerto extraído para el unísono

de la música en coma y los bemoles amputados

y por eso vamos en manada al cagadero

para cerciorar nuestros olores y murmullos fecales

contra el que esté de espaldas y no sentirnos

solos nunca

¡nosotros!

quienes tenemos al mundo contra las lajas,

de un ring multitugonal

y lo dirigimos con cuerdas de guitarra

en un teatro de guiñol serendipiti

nosotros,

quienes traicionamos al verde

para cerciorar a la yugular una liana infinita

como en la que finaliza la playa y los barcos caen

al patio trasero de nuestras casas,

nosotros que jubilamos a las tribus milenarias

y las enviamos a geriátricos controlados con ensambles

de cuadripléjico viento de smog

nosotros de un tajo servimos el café

para que despierte a puñetazos

el sonámbulo trovador con el versículo girando,

para callar la lagrima filosofal que nos vomita

o el recuerdo de un amor que se efervesce

en nuestra alma

nosotros

limpiamos retretes de otros hombres,

nublamos cielos de otros países,

declaramos la guerra a seres

que creen en dioses esquimales,

nosotros, un rugido de naipes callando

la mesa de juergas con un puñado de facturas

como si la mano tahúr occidental

fuera una excepción divina