El boxeador

el boxeador

Campeonato nacional 1987 peso pluma

en un despintado auditorio de Tijuana

aguantó 14 rounds de guijarrazos en medio de trescientas gentes

frente a un peleador Huasteco con rasgos totonacas

en un polígono amarilleado de sudor y sangre

para por desilusión unánime recibir

un desencajado cinturón con baño

de plástico bruñido y diamantes de resina.

Barriga orgullosa, parcial calvicie y bigote desteñido,

caminan por el viejo andén del gimnasio

con las zapatillas que vieron caer

tembleques mandíbulas al elástico ladrillo

repasando la vieja historia cientos de veces

diariamente.

 

Suelta un par de golpes al aire

con la mueca del placar rudo del que acaricia,

ejerce un potente látigo con la derecha

al finalizar con la izquierda

desde los hombros

y continua a pie

recorriendo el gimnasio

soltando súbitos gritos

con nudillos de testosterona conflagrante

observando a los boxeadores trabajar,

uno a uno golpea enormes colchonetas.

Se detiene en un muro iluminado

y sin dejar de gritar le encaja

una serie doble de jabs a su espejismo

y flexiona las rodillas

finaliza con un oppercut

que despega como un cohete

y se desintegra en las estrellas,

sonríe, le mira las nalgas a una chica

que salta la cuerda

agita el bigote,

regaña

el mal movimiento de un chico

que trabaja con la pera elevadiza.

 

Discutíamos seguido acerca de todo

en su vieja oficina parcialmente adornada

con trofeos y libros cristianos

y para hablar también boxeaba,

una vez me dijo

que el boxeador mira

a la altura del pecho

del contrincante

para tener un punto muerto

que indique

el cascabeleo de hombros,

y el súbito arrancar

de un golpe.

Yo le dije que en realidad

se mira al corazón del contrario

para colocarse en la matriz del alma rival,

para danzar la semilla del camaleón giratorio,

para extender las alas del amor

en la cancha de la guerra

para mirar al corazón como se debe mirar

como a la novia desnudarse, a la altura de en medio de los pechos,

como la etiqueta de coñac que se desprende

y se miran los senos de licor sobrante

en un horizonte que baila al son de los pasos drogadictos

se miran las pupilas blandas del colibrí

detenido en las arterias-raíces del ahuehuete

sembrado en un agujero negro escarbado

en el patio de Saturno

la rafia que envuelve dócilmente el big bang momentos antes

del repentino estornudo final que todo lo devasta

para esparcir la manzana de Adán

en los jardines contrarios,

porqué el golpe también es una caricia,

una caricia enferma que pide a gritos ser abrazada,

ser almacenada en los cubículos de las concavidades humanas.

 

Y el me regalaba una de esas sonrisas enclenques

que acarician la ingenuidad de un niño,

y yo también sonreía, todos sonreíamos,

luego me alejaba para seguir trotando

soltando un par de jabs erróneos al viento

con un parado poco resistente y una fuerza deleznable

y el entrenador me seguía viendo

como al aparecido medio sabio que no boxea

pero que ahí pertenece

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