El reconocimiento de la muerte

el reconocimiento de la muerte

Pintura; René Magritte, “las vacaciones de Hegel”, 1958

Cuando dejamos la ciudad de México y nos fuimos a vivir a Aguascalientes, yo no tenía un punto de comparación entre una y otra ciudad, por un lado la ciudad de México que en esas fechas me extraviaba en una especie de misticismo pancista me aterraba, meses antes corriendo detrás de una niña del colegio, siguiendo el surco del pelo en el aire, cogiendo con los dedos de la nariz la esencia de shampoo de aceite de sésamo que emergía, y las secuelas de los golpes frenéticos de las ondas de pelo largo al correr, crucé la calle y sin darme cuenta un coche blanco me embistió como un toro en la feria en San Fermines, un ratón gigante en picada me levanta como a un trapeador en desuso, di dos vueltas por los aires hasta caer sobre mi cabeza a la orilla de la calle, un giro elevadizo en las azoteas que duró minutos pues allá arriba logré contemplar la cúpula nivelada de dos iglesias en dos puntos distintos, pude armar un castillo de dominó estando levitando en las alturas. Sentí lo que se debe sentir en la piel momentos antes de morir, un estremecimiento inopinado que sube milimétricamente con la velocidad de un perdigón decidido, con esa sensación de que algo dentro sabe cómo reaccionar una vez que ve a la muerte a los ojos, tal y como si en los impulsos más cercanos al instinto de vida existiera un reconocimiento de muerte como parte de la misma en un reencuentro de amigos lejanos, imagino que es el mismo compadecer del capitán del barco al momento de un naufragio, como ver a un familiar que no se ha visto hace años y se reconoce familia, porque la tormenta es parte del navío y el naufragio es posible en todo momento y por qué la muerte es parte de la vida, así mi alma cercioraba los instantes desde su ventana pálida detrás de los ojos succionándolo todo, con las cámaras bien despiertas anotando en la bitácora del viaje la sensación del viento en mi rostro al rosar el cableado telefónico en mi absoluto reconocimiento permisible, sin decirle al cuerpo que se ha recibido una llamada anónima de alguien tributario a la muerte y que la llamada es por cobrar, pero afortunadamente nunca levante el auricular. Caí como un pájaro invalido que no le responden las plumas, el reencuentro con el hormigón no fue nada amistoso, yo mismo pude escuchar un golpe seco como el de las cajas de madera que porta fruta apilarse de golpe en la central de abastos por un fornido mestizo que silva una cumbia, no cavilé en ese momento la simple idea de que unas milésimas de segundo más temprano y el coche me pudo haber cogido por completo y adherido al hormigón pisando mi piel con los neumáticos hasta mezclarme con el alma del espejismo que se nota a kilómetros por las autopistas, con la presencia de una charco de agua fantasmal, esa fue mi primera visión frente a frente con la muerte, un intercambio de miradas de ex novios. A pesar del golpe no quedé inconsciente, traté de levantarme pero mi pierna estaba rota en dos partes, logre ver a una pequeña multitud observándome detrás de una jaula de dolor en un zoológico urbano, había sido atropellado. Se me transportó al hospital en la camioneta del colegio y la propia subdirectora fue conmigo, una monja cariñosa joven que en todo momento tocaba mi rostro con sus manos, la mano del religioso que en realidad vive para la diócesis sin ningún pretexto séptico, es decir las personas que nacieron para encarnar la beatitud con todo y cualquier tipo de yerro por más mínimo que tengan tienen las manos tibias y frescas. Al llegar al hospital entré por la puerta de urgencias, un camión había chocado esa mañana con un tractor en alguna carretera aledaña y los pasillos estaban repletos de heridos, el contraste del blanco de los hospitales con el rojo violento de la sangre es un golpe frenético de realidad pura, un trastorno de los gemidos de la vida, un eterno reconocimiento animal. Había sangre por todos lados, y los gritos de la gente rebotaban en los muros como piedras, los rostros de dolor se contorsionaban como en una puesta de placas amorfas que en su terco anidar buscan alguna grafía sin tener ni idea de cuál, en aquél tiempo todos los días asistíamos al teatro donde mi papá trabajaba en la dulcería y veía a los actores hacer todo tipo de muecas, me parece que por eso dejé de llorar, inmediatamente lo relacioné con algún rito de carácter histriónico, una escena infantil muy extraña. A pesar del dolor los heridos me sonreían, sabían que en medio de su propio apocalipsis había un pequeño niño que posiblemente había viajado con ellos en ese autobús de pasajeros, más tarde me enteré de que había habido cinco muertos y veintitantos heridos. Me colocaron en una habitación con dos camas de concreto y colchonetas, recuerdo los colores verde miseria de los hospitales del seguro social de la ciudad de México, en la otra cama había un sujeto joven que de inmediato me sonrió, era rubio recuerdo, yo sabía que estaba sufriendo pero trató en lo más profundo de su ser aguantar el dolor lo mayormente posible para no asustarme, aunque reconozco que ya era demasiado tarde, mi carácter amarillista estaba despierto y quería seguir sabiéndolo todo, por algún momento incluso olvidé que había sido arrollado una hora antes, La segunda visión que tuve de la muerte vendría más tarde andando con unos amigos perdidos en la jugosa selva de San Luis Potosí, repletos de hierva salimos volando por un acantilado de esos que te guían a otra selva aún más profunda, un océano de agua hojas que nos hubiera tragado de no ser por un cumulo de ramas misericordiosas que sujetó la camioneta por pies y manos dejándola suspendida como en escena de Jurassic Park, arrebatándonos de la lengua de la muerte, yo sí podría describir la proximidad de la muerta a través de los ojos de un marihuano, de fondo llevábamos una de esas miserables canciones de ska que todo lo que tocan los hacen embutido de estornudos onanistas, así entonces salimos volando por entre los árboles, y aún recuerdo la justicia del viento colándose por nuestros oídos y salvándonos de una muerte más que segura.

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