Los pasantes de la vida

Los pasantes de la vida

Se ven marchar por ahí con sus largas vergas

atadas a los cuellos gordinflones

soltando su tarabilla de invocaciones que nadie conoce

son los lobos con plumaje de gorriones desdentados,

si pueden firmar en el agua es suyo el rio

¡pasantes de la vida!

siempre en defensa por ejemplo de las mareas rojas

y los hijos de sus esqueletos siendo la biblia un diccionario

para delincuentes fundamentales donde juran ante dios

ser buitres vegetarianos, díganme pasantes;

supongo que hubo alguno que pensó en defender a Hitler

y veinte millones de muertos testigos

con ojos de madera asfixiados en sangre a declarar en el pulpito

perpetuamente

 

Abogados; piedras tributarias

con el horizonte al final del encuadernado

de sus estúpidos libros constitucionales

almas con jerga de plomo,

toros con capote y camillas y entre sus pesuñas:

dulces floreros de coronas mortuorias,

reclusos detrás de una tonelada de papel

y signos estupidizantes,

con sus silbatos de mimbre

graznan como puercas al menor embarazo.

 

esta fiebre de alquimistas del cartón sanitario,

enjambre de moscas

con aguijones adheridos con velcro,

siendo sus leyes espejismos

con zapatos de horizonte y escarcela.

 

Y sus barcos anclados en el fondo del océano

respirando el viento del agua

argumentando alguna estupidez

que a nadie le importa,

tan lejos de la poesía estos matarifes

que al mirar al cielo en la noche

no distinguen más que engranes grises

polarizando del vacío de sus ojos

para distinguir mejor la nada

Brasier de fuerza

brasier de fuerza

Descubrí la locura

y esa bipolaridad genuina de la mujer

hecha un corro de antagonismos apilados

una tarde esperando el camión

junto Karina,

la niña pasaba de la risa

al llanto

en un pequeño brinco asustadizo,

después me abofeteaba

tiraba de su cabello con ambas manos

se dejaba morder enfurecida

y al final se acercaba para besarme

con sus pequeños labios ocre,

con sus uñas en mis nalgas y en su mente

los barcos petroleros que se desangran en el golfo,

un claro ejemplo del trasfondo hembra

arrojadizo que detrás

de un cortinón de flores

hay un cumulo de oligofrénicos

cortándolas

y llevándolas a sus ojos hasta introducirlas por la nariz

tercera llamada; luego un grito

extendido de marea roja,

sigue un silencio prolongado

como resaca de barbudo ambulante

y finalmente murmullos

de argumentaciones despóticas

como un discurso de Antonin Artaud

hay lamentos de crueldad en los oídos contrarios

y en la pausa la hembra descansa en paz

eternamente un minuto,

después renacimiento después beatitud

después traición después nuevamente muerte

después una deidad vagabunda y vuelve

después pasa un pájaro se posa en su pelo

la distrae y saca un polvo mágico

y se retoca el rostro mientras el mundo se desmigaja,

la locura detrás del brasier de fuerza ,

una máscara de ataúd en la calle,

un rifle con la mirilla en contra

y nos seduce esa incongruencia inverosímil

y se soluciona el álgebra con saliva y semen

y nace un niño con nombre

de aerolito con dirección a nuestros rostros.,

y la esquizofrenia triunfa aplastando un ábaco

con sus garras de metal

luego en la bipolaridad retorna lacónicamente a la razón

y en los juzgados la mujer y sus bala de diamantes

para desfogar el cálculo de alcohol en la risa,

una idea de campos de concentración de mariposas

porque el cuchillo también tiene lado tierno

y caricia de madera en el mango

la dama, un muro de pecera tapizado

con lunares de breas que nunca bailando

perdonan las proporciones de su estatura ni su especie

según sea el caso contra las leyes de la física,

así la mujer es hermana de todo lo quimérico

lo cual resulta ser lo mejor

de esta jodienda de mundo

la poesía, el amor y los velorios de los buitres

El reconocimiento de la muerte

el reconocimiento de la muerte

Pintura; René Magritte, “las vacaciones de Hegel”, 1958

Cuando dejamos la ciudad de México y nos fuimos a vivir a Aguascalientes, yo no tenía un punto de comparación entre una y otra ciudad, por un lado la ciudad de México que en esas fechas me extraviaba en una especie de misticismo pancista me aterraba, meses antes corriendo detrás de una niña del colegio, siguiendo el surco del pelo en el aire, cogiendo con los dedos de la nariz la esencia de shampoo de aceite de sésamo que emergía, y las secuelas de los golpes frenéticos de las ondas de pelo largo al correr, crucé la calle y sin darme cuenta un coche blanco me embistió como un toro en la feria en San Fermines, un ratón gigante en picada me levanta como a un trapeador en desuso, di dos vueltas por los aires hasta caer sobre mi cabeza a la orilla de la calle, un giro elevadizo en las azoteas que duró minutos pues allá arriba logré contemplar la cúpula nivelada de dos iglesias en dos puntos distintos, pude armar un castillo de dominó estando levitando en las alturas. Sentí lo que se debe sentir en la piel momentos antes de morir, un estremecimiento inopinado que sube milimétricamente con la velocidad de un perdigón decidido, con esa sensación de que algo dentro sabe cómo reaccionar una vez que ve a la muerte a los ojos, tal y como si en los impulsos más cercanos al instinto de vida existiera un reconocimiento de muerte como parte de la misma en un reencuentro de amigos lejanos, imagino que es el mismo compadecer del capitán del barco al momento de un naufragio, como ver a un familiar que no se ha visto hace años y se reconoce familia, porque la tormenta es parte del navío y el naufragio es posible en todo momento y por qué la muerte es parte de la vida, así mi alma cercioraba los instantes desde su ventana pálida detrás de los ojos succionándolo todo, con las cámaras bien despiertas anotando en la bitácora del viaje la sensación del viento en mi rostro al rosar el cableado telefónico en mi absoluto reconocimiento permisible, sin decirle al cuerpo que se ha recibido una llamada anónima de alguien tributario a la muerte y que la llamada es por cobrar, pero afortunadamente nunca levante el auricular. Caí como un pájaro invalido que no le responden las plumas, el reencuentro con el hormigón no fue nada amistoso, yo mismo pude escuchar un golpe seco como el de las cajas de madera que porta fruta apilarse de golpe en la central de abastos por un fornido mestizo que silva una cumbia, no cavilé en ese momento la simple idea de que unas milésimas de segundo más temprano y el coche me pudo haber cogido por completo y adherido al hormigón pisando mi piel con los neumáticos hasta mezclarme con el alma del espejismo que se nota a kilómetros por las autopistas, con la presencia de una charco de agua fantasmal, esa fue mi primera visión frente a frente con la muerte, un intercambio de miradas de ex novios. A pesar del golpe no quedé inconsciente, traté de levantarme pero mi pierna estaba rota en dos partes, logre ver a una pequeña multitud observándome detrás de una jaula de dolor en un zoológico urbano, había sido atropellado. Se me transportó al hospital en la camioneta del colegio y la propia subdirectora fue conmigo, una monja cariñosa joven que en todo momento tocaba mi rostro con sus manos, la mano del religioso que en realidad vive para la diócesis sin ningún pretexto séptico, es decir las personas que nacieron para encarnar la beatitud con todo y cualquier tipo de yerro por más mínimo que tengan tienen las manos tibias y frescas. Al llegar al hospital entré por la puerta de urgencias, un camión había chocado esa mañana con un tractor en alguna carretera aledaña y los pasillos estaban repletos de heridos, el contraste del blanco de los hospitales con el rojo violento de la sangre es un golpe frenético de realidad pura, un trastorno de los gemidos de la vida, un eterno reconocimiento animal. Había sangre por todos lados, y los gritos de la gente rebotaban en los muros como piedras, los rostros de dolor se contorsionaban como en una puesta de placas amorfas que en su terco anidar buscan alguna grafía sin tener ni idea de cuál, en aquél tiempo todos los días asistíamos al teatro donde mi papá trabajaba en la dulcería y veía a los actores hacer todo tipo de muecas, me parece que por eso dejé de llorar, inmediatamente lo relacioné con algún rito de carácter histriónico, una escena infantil muy extraña. A pesar del dolor los heridos me sonreían, sabían que en medio de su propio apocalipsis había un pequeño niño que posiblemente había viajado con ellos en ese autobús de pasajeros, más tarde me enteré de que había habido cinco muertos y veintitantos heridos. Me colocaron en una habitación con dos camas de concreto y colchonetas, recuerdo los colores verde miseria de los hospitales del seguro social de la ciudad de México, en la otra cama había un sujeto joven que de inmediato me sonrió, era rubio recuerdo, yo sabía que estaba sufriendo pero trató en lo más profundo de su ser aguantar el dolor lo mayormente posible para no asustarme, aunque reconozco que ya era demasiado tarde, mi carácter amarillista estaba despierto y quería seguir sabiéndolo todo, por algún momento incluso olvidé que había sido arrollado una hora antes, La segunda visión que tuve de la muerte vendría más tarde andando con unos amigos perdidos en la jugosa selva de San Luis Potosí, repletos de hierva salimos volando por un acantilado de esos que te guían a otra selva aún más profunda, un océano de agua hojas que nos hubiera tragado de no ser por un cumulo de ramas misericordiosas que sujetó la camioneta por pies y manos dejándola suspendida como en escena de Jurassic Park, arrebatándonos de la lengua de la muerte, yo sí podría describir la proximidad de la muerta a través de los ojos de un marihuano, de fondo llevábamos una de esas miserables canciones de ska que todo lo que tocan los hacen embutido de estornudos onanistas, así entonces salimos volando por entre los árboles, y aún recuerdo la justicia del viento colándose por nuestros oídos y salvándonos de una muerte más que segura.

trozos de mujer desperdigados

trozos de mujer desperdigados

Se para desnuda

se viste

extiende

toda la piel

por el cuarto;

busca su ropa

se dobla y se desdobla

me alejo nadando

de los horizontes redondos,

del mueble constelar

que define los pliegues

de la dama,

yo trato

de regresarla

a las sabanas

pero el reloj

insiste

con su tono

en la voz

de oficial de trenes,

coloca el despojo

en las líneas rectas

cubriendo la ternura

de las concavidades

de los senos,

y yo siento

esa melancolía

antojadiza

que se siente

cuando se añubla

el bosque de neblina

se va;

y en la mañana

con la luz natural

del día

se ven

preciosos trozos

de mujer desperdigados;

pinzas para el pelo,

listones con encaje,

ligas de pastelillos rosas,

colibríes apoyados en la mesa,

cartílagos de constelaciones encendidas,

pájaros enarbolados rondando

desprendiendo hojas de las alas,

migajas rojas del diablo inmaculado,

kilómetros de hilo de cabello

para reparar bombines de astrólogos,

gritos de un sauce llorón,

latidos de carmín

grabados en el arrecife

de los mosaicos,

cuernos de unicornios

girando en el techo,

biblias abiertas,

liebres fluorescentes,

libélulas blancas

que enredan el aire

con el canto de sus poros

perfumados

y uno cuenta

los barcos en las horas

hasta volver al naufragio,

recolectar los trozos

y armarme un ancla

para ir lo más

lejanamente posible

Los borrachos

 

los borrachos

Fragmento de El triunfo de Baco (Diego Velázquez 1639)

una muchacha de sangre cebada

detrás de un nombre coloreado

cruza la pierna y tiembla con la ansiedad

de una lavadora en espantada,

vestido blanco, suelto y hombros desnudos

carbonizanda como un montón de fuego en los barriles

me espera en un banco de la plaza alado del mar,

la ristra de alcohol diverso que corre por su piel

haciendo juego con sus pechos

graciosamente asomándose y el calor

de un cabello hecho un desastre

me retornan a las estampidas dóciles

de corpiños verdes escurridizos

en los patios de mi secundaria

 

me gusta su sonrisa horizontal y fácil

y la ternura del niño que no ha jugado y espera

 

llego y su cabello se desploma entre mis brazos

con sus gollerías envinadas me encierra

entre el beso de borrachos hay un bóveda florecida

que guarda pedazos de primavera en los bolsillos

que se enriquecen de golpe como un arrecife que abre su blusa,

así me perdí entre esas mejillas marrón

hasta no ver más que unas pestañas mordiéndome

los costados del rostro y saliva por toda mi cara.,

me dijo: -bebamos algo-

y en la rockola de la cantina nos esperaba

Antonio Aguilar y su condensado grito

de charro moribundo y

un cumulo de hombres amarillos

cantando sin sus sombreros de mimbre

muy borrachos

 

conozco borrachos que se inflan hasta

rodar por los parques en su frenético

dolor alegre de baile en los patíbulos de la orca,

pero a esa chica realmente le apasionaba beber

tanto así que yo la llamaba borracha de oficio

 

luego comprábamos una anforita

y nos instalábamos en la playa

a ver como el mar se bebía al mundo de golpe

y todos bebíamos no para escapar

sino para quedarnos,

esos son

los mejores borrachos

El suicida

el suicida

Exhalando el smog en los costados del viento

en un piso capaz de rascar el vientre a los aviones

un ejecutivo contrae el pubis en la caída de sus ojos al espacio

en el clavado a la alberca de agua de acero,

en el paso de un edificio al otro supuesto,

en entregarle a los dedos del aire el traje de resina y nalgas

 

en el viaje del aura

una película infinita roda en la pantalla detrás de sus anteojos

y su corbata es la punta del rollo suelto;

celuloide de 35 milímetros de desesperanza a medio filmar

 

el hombre trajeado persigue al mundo

luego un versículo de bruces adhiere

con los artejos del cuerpo al hermético portón

que lleva al centro de la tierra

la carne contra carne

y trozos de casco en el mar

y naufragio y muerte

 

se apagaron las bombillas

pero queda un trozo de carne amorfa

dispuesta aun a mirar a la vida a los ojos

por unos días por lo menos de forma comestible