ojos negros levantes

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En 2005 pasaba horas en las calles sombrías

tratando de tropezar con mujeres hábiles

de ojos negros levantes y escotes hasta la falda.

Un día de marzo bajé de un coche

lleno de escuálidos asnos de insensible anestesia

de esos que también beben entre los tragos

a robarme las flores amarillas sembradas

en los camellones de avenida convención,

las tomé entre los dedos

y como un juan diego babeante

recorrí de vuelta sin rastro a la policía

y las dejé afuera de tu casa,

una madrugada de sábado

coloqué flores hasta en las ventanas,

en la sombra de los cimientos

entre los dedos de los ladrillos.

El grupo de drogadictos que me acompañó a recolectarlas

se sumergía en ese pálido estigma de asombro y consuelo

que solo puede tener el drogadicto

recuerdo noches largas en el tejido de las miradas

que pasamos hablando con esas tasas enormes,

recuerdo, tus manos rígidas apuntarlo todo

con esa pasión de medusa instalada en la marea baja

después durante años me revisé el pecho

para quitar las hendiduras de dientes en la piel

que me desvencijaban

cuando te conocí te besé a la fuerza,

te tomé por la cara y te consumí de golpe,

uno de esos labios carnosos que se quedan exánimes,

una de esas bocas abiertas que todo lo niegan

pero con el gesto de recibir algo

dos veces te quitaste y dos veces te regresé a mi rostro

y al finalizar te quedaste inmóvil

como un maniquí de invierno londinense

y caminaste despacio hasta la puerta,

después me dijeron que lloraste.

Se te rayó de inmediato el rubor nupcial,

aquello sea sin ser más un rublo haciendo

cortada de alcancía en el vientre del alma.

Esa noche me cortaste el pelo

y pusiste ambas manos en mi rostro

al pagar la apuesta de un tres tres

era la época de Blanco del piojo López, de Kleber Boas de Aarón Padilla de Pavel Pardo de Guillermo Ochoa

luego salimos todos a otra fiesta,

donde en una terraza me pediste que no te besara más,

de repente, te fuiste al amontonadero a bailar merengue

me encanta ese agravio de mujer que se escurre

para repararse y volver a los labios intacta

y jugar a perseguirla en escaparates de machos

con pasos de tortugas rápidas

después vinieron las noches de sueltas charlas,

el guante de madrugada en los bordes de la ciudad

y sus espantosos ruidos de camiones de basura,

la música en las uñas de los senos,

la rafia de jade perpendicular de los besos horizontales,

la ropa dramáticamente disgregada como un severo naufragio,

la caricia tapando los poros fríos,

la memoria de toreros cornados en la plaza de tu pueblo,

la risa detrás de los labios que se encuentran,

los ojos brillosos que acarician, el amor equivoco y sus bemoles

torcidos en los solos de violines en llamas,

lo siguiente fue tu boda,

con aquel prójimo de licencia provinciana,

y yo que nombré, cada uno de tus dedos

con nombres de arrecifes de barrera y atolones

después se vino la gravedad y la resbaladilla de piedra,

en el azteca, la avalancha invalida por espantosos cero ceros

y las notas largas en los sonetos de servilleta y

la esdrújula mallugada en el oficio, las botellas de dos tragos,

el charco esternón vacío de las aburridas rockeras putas.

Durante años vestí de tu blusa con mi imaginario,

las puertas vacías del barrio de Guadalupe,

el muro de Berlín de tu casa cerraba sus poros con fiereza

después de mudarte.

Hoy vuelve a jugar el América en el azteca,

y clarito veo como las flores amarillas

rodean tu casa, abres la puerta y me abrazas semi enloquecida

y semi amedrentada, con los ojos volcánicos

ofreciendo la boca

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