La soledad es el país de la creación

La soledad es el país de la creación

Al salir de clases por alguna extraña razón las nubes se cerraban, y el tono de gris luctuoso bajaba hasta nuestros cabellos, las nubes negras son una imagen pulcra en mis recuerdos, era agradable mirar lo oblicuo de la escala de oscuros pintarse en el cielo, mucho que ver con los disformes cielos de Velázquez por ejemplo, los grajos piloteaban tarde hasta aterrizar en las nubes y según las luces se erguía un diferente gris en cada poro de la azotea, posiblemente sea porque la ciudad está tan alta que uno podría tener contacto personal con todo lo que se moviera encima de nuestras cabezas, los aviones volaban tan bajo que podía asomar mi lengua y escupir a las ventanillas laterales o saludar a los turistas con una sacudida asertiva de cabeza.

Las escuelas de mis hermanos estaban distribuidas por toda la ciudad, y al ser yo el último en ser recogido me quedaba alrededor de tres horas vagando por el colegio, como un velador de aeropuertos varados, un país desolado con sillas por dondequiera, un panteón que ha sido desvalijado. Ahí fue cuando empecé a estar solo, caminaba por los largos caminos vacíos, soltaba palabras al aire para sentir el eco en el paladar de mis oídos, iba a la dirección a pararme en el escritorio de la prefectura y junto a la bandera me tiraba un sonoro pedo cuando la directora se descuidaba, pude haber reaccionado en contra de ello, pude rechazar la soledad a galope como la mayoría de la muchedumbre lo practica, y aunque de niño siempre fui rebelde y discrepante me pareció haber encontrado una fórmula secreta para vivir con antonomasia en esta ciudad de palomas grises, pude quejarme pero el hecho de abrazar un pájaro desértico, espeso y de tantas plumas hechas obsidiana y plata me seducía, esa secuela tan temprana me rellenó hasta la medula, de pie en medio de la cancha de basquetbol me veo sintiendo un escalofrío temprano como aquel que acompaña a la eyaculación en medio de la exhalación de bichos al final de la rapsodia. Para mí fue una revelación sorprendente, un antídoto para ser capitán de barcos o ladrón llanero a doble revolver, una relación mar y cosmos que a los seis años se me fue expuesta, esa sensación de espasmo que deja un vacío parecido a un placentero estornudo o a una cagada hecha.

Hay una especie de soledad tan pura, tan blanca como talco de cocaína, de un color uniforme y perfecto que todo apunta con su dedo constelar a un punto de partida, al agujero negro por donde de inicio nos asomamos y donde muy probablemente vayamos cuando los estegosaurios regresen de la vulva por donde se fueron, a ese sitio donde solo se escucha un solo silbido multi sonoro y desafinado que lo musicaliza todo con sus acordes subterráneos, esa clase de soledad que solo se percibe al penetrar a una mujer y mirarle los ojos entre abiertos en el acto, un punto de esa miseria celestial donde todo un cielo se ancla ante los ojos de un hombre, esa sensación que debió poseer Santo Tomas al estar preso en el castillo de Roccasecca cuando se dedicó a memorizar la biblia y las Sententias de Pedro Lombardo, o cuando Rimbaud se perdía en los espesos bosques de Bélgica, creando una catacombe taumaturga en su cabeza, un crisol de centeno sumergido en un vaso de un vino con tres mil años de añejo, un rinoceronte con cuerno de unicornio penetrando la tierra con su gran falo hidráulico, Rimbaud, ese niño vidente logró crear el vocabulario o más bien el idioma para comunicarnos con el aire, sería interesantísimo avisarles a toda esa entidad eclesiástica de mierda que se necesita hablar ese idioma para cruzar las primeras palabras después de muertos, y que Rimbaud sea realmente el único santo verdadero entre nosotros, alguien que sabe hablar la lengua de los símbolos del silencio, así entonces la soledad es el margen de todo tipo de creación y de muerte, la gente crea o hace invenciones mediocres por su estúpido afán de estar siempre acompañados, de vivir conforme a los cánones del ruido donde se sienten enteramente cobijados, su simétrica estupidez los hace tan infelices que ante un suspiro de silencio o alejamiento residual de brisa seca en sus ojos maricas los hace evacuar intestinos como un parapléjico con disentería. El simple mirar hacia adentro de ellos mismos los aterra y el percibir un leve zumbido de silencio los hace orinarse párvulos y estériles, imagino el infierno interno que absorben a diario, la gente puede succionar lo que sea para no sentirse solitario, podrían salir a sus cocheras, entrar en sus automóviles y presionar con ambas manos el claxon para evitar el envolvente silencio en el caso más extremo. Callar el silencio es su principal ambición y de ahí parten a cualquier puerto estúpidamente tripulado, cuantas veces no hemos estado inmiscuidos en charlas sobre el clima, o el mejor precio de un taladro o que tan buena salud tiene un ochentón o el que vende tejidos en el mercado, platicas increíblemente vacuas que solo reflejan el eco detrás de las ropas de los interlocutores, peones que no toleran un gramo de eufemismo vacío y acusan a la soledad de estropear sus jugosos días con beligerantes huecos.

Estar solo es un apartado postal ubicado donde sea, un coagulo de directrices anárquicamente algebraicas, que disparadas como flechas abren todo camino, la soledad, en su dosis necesaria puede vaciarlo todo, para llenarse de verónicas de toreros, océanos de aire cromado, cárceles de hierba, sonidos de muchachas que ríen.

Pues entonces empecé a crear mis propios juegos, mis propias reglas y mis propios países aislados por murallas de municiones de volcanes, o mis propios dragones cruzados con cebras, o mis propios arquetipos feudales en cotas de malla muriendo con espadas atravesadas, a veces era una avispa gigante que recorría los desniveles de la escuela, o un guerrero con panoplia robótica, yo era un niño que no necesitaba juguetes, podía simular cualquier tipo de artefacto, misil o avión con mis propias manos, la soledad era una ciudad diáfana y purificada no apta para matachines ni enumeradores de cosas, un sitio donde se podía uno subir a la cima de una montaña no importa que fuse sembrada en la avenida más transitada del mundo, ya sea en los desiertos de Sonora o el tianguis de Tepito, el olor del mutismo puede gestar una instauración de óleo sobre el hormigón de manera sublime, una noche estrellada o un Hector y Andrómaca de Chirico, o un Tondo Doni de Miguel Angel o un Giacometti.

Tres horas diarias me sumergía en mí mismo, a las tres de la tarde todos subíamos al coche y por las ventanas se enmohecían los días, gran parte de mi infancia la recuerdo detrás de un cristal de automóvil, tengo viva la imagen de mujeres con blusas con hombreras y largos copetes, los años ochenta buscaban la imperfección en sus raíces contagiadas de escorbuto, todo era feo, los juicieros de cánones estaban catatónicos, los hombres vestían unos horribles pantalones de colores ruidosos y daba la impresión de que hasta los perros habían nacido incompletos, y desaparecían ciertos modelos de coches, ciertas embarcaciones hermosas que parecían invencibles, recuerdo cuando salió el ultimo phantom o el cutlass eurosport, o el century, mis papás tenían una dart guayín mil novecientos ochenta y dos, el modelo más largo, una especie de burbuja con tirantes y tumba burros, más parecido a un camión escolar que a una camioneta familiar evaporándose en plomo en la marcha, yo jugaba todos los días en la parte sobrante de la camioneta, un espacio de seis canchas de futbol donde veía las calles huir de mí, yo la llamaba el papamóvil, seguramente lo vislumbré en la televisión dentro del marco de alguno de los interminables viajes de Juan Pablo II, saliendo de clases nos subíamos a la casa cimentada en el propio movimiento, hasta que puntos de incredulidad podían dejarnos aislados del posmodernismo y dormíamos hasta llegar a casa.

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