veinticuatro de diciembre

veinticuatro de diciembre

la cena está servida en platos

pantanosos con enormes cerros de tripas ensalzadas,

las palas de acero trabajan arduamente,

suben y bajan hidráulicas como desalojando un país entero,

vaciando barnizas mientras parpadean los dientes

para sonreír y jadearse salivando,

e inmediatamente toneladas de comida

entran a la boca como un puñado de metal deshuesado

en un pequeño embudo cien veces por minuto.

 

se ha vaciado el plato del espíritu.,

hay que llenarlo de membranas asadas, espejos craquelados,

riñones con tomate y licuadoras con velocidades,

todo para no decir soledad y ser hoja de invierno

 

Mientras.,

todos lucen sus trajes de áridos ojos ebrios,

echando a volar los pichones a sus panzas entrenadas,

abriendo la boca como un gran globo que engorda e infla al mundo

y en el sístole sus corazones se llenan de soplos de aire congelado

hasta decir enero y graznan con sangrado rectal

 

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ojos negros levantes

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En 2005 pasaba horas en las calles sombrías

tratando de tropezar con mujeres hábiles

de ojos negros levantes y escotes hasta la falda.

Un día de marzo bajé de un coche

lleno de escuálidos asnos de insensible anestesia

de esos que también beben entre los tragos

a robarme las flores amarillas sembradas

en los camellones de avenida convención,

las tomé entre los dedos

y como un juan diego babeante

recorrí de vuelta sin rastro a la policía

y las dejé afuera de tu casa,

una madrugada de sábado

coloqué flores hasta en las ventanas,

en la sombra de los cimientos

entre los dedos de los ladrillos.

El grupo de drogadictos que me acompañó a recolectarlas

se sumergía en ese pálido estigma de asombro y consuelo

que solo puede tener el drogadicto

recuerdo noches largas en el tejido de las miradas

que pasamos hablando con esas tasas enormes,

recuerdo, tus manos rígidas apuntarlo todo

con esa pasión de medusa instalada en la marea baja

después durante años me revisé el pecho

para quitar las hendiduras de dientes en la piel

que me desvencijaban

cuando te conocí te besé a la fuerza,

te tomé por la cara y te consumí de golpe,

uno de esos labios carnosos que se quedan exánimes,

una de esas bocas abiertas que todo lo niegan

pero con el gesto de recibir algo

dos veces te quitaste y dos veces te regresé a mi rostro

y al finalizar te quedaste inmóvil

como un maniquí de invierno londinense

y caminaste despacio hasta la puerta,

después me dijeron que lloraste.

Se te rayó de inmediato el rubor nupcial,

aquello sea sin ser más un rublo haciendo

cortada de alcancía en el vientre del alma.

Esa noche me cortaste el pelo

y pusiste ambas manos en mi rostro

al pagar la apuesta de un tres tres

era la época de Blanco del piojo López, de Kleber Boas de Aarón Padilla de Pavel Pardo de Guillermo Ochoa

luego salimos todos a otra fiesta,

donde en una terraza me pediste que no te besara más,

de repente, te fuiste al amontonadero a bailar merengue

me encanta ese agravio de mujer que se escurre

para repararse y volver a los labios intacta

y jugar a perseguirla en escaparates de machos

con pasos de tortugas rápidas

después vinieron las noches de sueltas charlas,

el guante de madrugada en los bordes de la ciudad

y sus espantosos ruidos de camiones de basura,

la música en las uñas de los senos,

la rafia de jade perpendicular de los besos horizontales,

la ropa dramáticamente disgregada como un severo naufragio,

la caricia tapando los poros fríos,

la memoria de toreros cornados en la plaza de tu pueblo,

la risa detrás de los labios que se encuentran,

los ojos brillosos que acarician, el amor equivoco y sus bemoles

torcidos en los solos de violines en llamas,

lo siguiente fue tu boda,

con aquel prójimo de licencia provinciana,

y yo que nombré, cada uno de tus dedos

con nombres de arrecifes de barrera y atolones

después se vino la gravedad y la resbaladilla de piedra,

en el azteca, la avalancha invalida por espantosos cero ceros

y las notas largas en los sonetos de servilleta y

la esdrújula mallugada en el oficio, las botellas de dos tragos,

el charco esternón vacío de las aburridas rockeras putas.

Durante años vestí de tu blusa con mi imaginario,

las puertas vacías del barrio de Guadalupe,

el muro de Berlín de tu casa cerraba sus poros con fiereza

después de mudarte.

Hoy vuelve a jugar el América en el azteca,

y clarito veo como las flores amarillas

rodean tu casa, abres la puerta y me abrazas semi enloquecida

y semi amedrentada, con los ojos volcánicos

ofreciendo la boca

el silencio terrestre del amor

pintura de Edward Hopper

el silencio terrestre del amor

Ya te esperaba ven y siéntate,

mejor deja el cabello en tus hombros,

deja las manos libres,

me gusta ver aletear todos tus peces

 

ordené por ti, ahora estoy bien

con este calor suave que se mete en los bolsillos

y sin permiso te exige desnudez

y carne y ojos y pelo desdoblado

 

el silencio terrestre del amor tiene dos caras

la que no está en el sexo es un río

desocupado de agua

donde ahogamos los hijos

que se desahucian

 

 

hay que lustrar el hueco de aire frío

hasta volverlo aliento

boca a boca y sorberte

con un suspiro eterno

y llevarte a casa

 

pero por ahora comamos…

 

La soledad es el país de la creación

La soledad es el país de la creación

Al salir de clases por alguna extraña razón las nubes se cerraban, y el tono de gris luctuoso bajaba hasta nuestros cabellos, las nubes negras son una imagen pulcra en mis recuerdos, era agradable mirar lo oblicuo de la escala de oscuros pintarse en el cielo, mucho que ver con los disformes cielos de Velázquez por ejemplo, los grajos piloteaban tarde hasta aterrizar en las nubes y según las luces se erguía un diferente gris en cada poro de la azotea, posiblemente sea porque la ciudad está tan alta que uno podría tener contacto personal con todo lo que se moviera encima de nuestras cabezas, los aviones volaban tan bajo que podía asomar mi lengua y escupir a las ventanillas laterales o saludar a los turistas con una sacudida asertiva de cabeza.

Las escuelas de mis hermanos estaban distribuidas por toda la ciudad, y al ser yo el último en ser recogido me quedaba alrededor de tres horas vagando por el colegio, como un velador de aeropuertos varados, un país desolado con sillas por dondequiera, un panteón que ha sido desvalijado. Ahí fue cuando empecé a estar solo, caminaba por los largos caminos vacíos, soltaba palabras al aire para sentir el eco en el paladar de mis oídos, iba a la dirección a pararme en el escritorio de la prefectura y junto a la bandera me tiraba un sonoro pedo cuando la directora se descuidaba, pude haber reaccionado en contra de ello, pude rechazar la soledad a galope como la mayoría de la muchedumbre lo practica, y aunque de niño siempre fui rebelde y discrepante me pareció haber encontrado una fórmula secreta para vivir con antonomasia en esta ciudad de palomas grises, pude quejarme pero el hecho de abrazar un pájaro desértico, espeso y de tantas plumas hechas obsidiana y plata me seducía, esa secuela tan temprana me rellenó hasta la medula, de pie en medio de la cancha de basquetbol me veo sintiendo un escalofrío temprano como aquel que acompaña a la eyaculación en medio de la exhalación de bichos al final de la rapsodia. Para mí fue una revelación sorprendente, un antídoto para ser capitán de barcos o ladrón llanero a doble revolver, una relación mar y cosmos que a los seis años se me fue expuesta, esa sensación de espasmo que deja un vacío parecido a un placentero estornudo o a una cagada hecha.

Hay una especie de soledad tan pura, tan blanca como talco de cocaína, de un color uniforme y perfecto que todo apunta con su dedo constelar a un punto de partida, al agujero negro por donde de inicio nos asomamos y donde muy probablemente vayamos cuando los estegosaurios regresen de la vulva por donde se fueron, a ese sitio donde solo se escucha un solo silbido multi sonoro y desafinado que lo musicaliza todo con sus acordes subterráneos, esa clase de soledad que solo se percibe al penetrar a una mujer y mirarle los ojos entre abiertos en el acto, un punto de esa miseria celestial donde todo un cielo se ancla ante los ojos de un hombre, esa sensación que debió poseer Santo Tomas al estar preso en el castillo de Roccasecca cuando se dedicó a memorizar la biblia y las Sententias de Pedro Lombardo, o cuando Rimbaud se perdía en los espesos bosques de Bélgica, creando una catacombe taumaturga en su cabeza, un crisol de centeno sumergido en un vaso de un vino con tres mil años de añejo, un rinoceronte con cuerno de unicornio penetrando la tierra con su gran falo hidráulico, Rimbaud, ese niño vidente logró crear el vocabulario o más bien el idioma para comunicarnos con el aire, sería interesantísimo avisarles a toda esa entidad eclesiástica de mierda que se necesita hablar ese idioma para cruzar las primeras palabras después de muertos, y que Rimbaud sea realmente el único santo verdadero entre nosotros, alguien que sabe hablar la lengua de los símbolos del silencio, así entonces la soledad es el margen de todo tipo de creación y de muerte, la gente crea o hace invenciones mediocres por su estúpido afán de estar siempre acompañados, de vivir conforme a los cánones del ruido donde se sienten enteramente cobijados, su simétrica estupidez los hace tan infelices que ante un suspiro de silencio o alejamiento residual de brisa seca en sus ojos maricas los hace evacuar intestinos como un parapléjico con disentería. El simple mirar hacia adentro de ellos mismos los aterra y el percibir un leve zumbido de silencio los hace orinarse párvulos y estériles, imagino el infierno interno que absorben a diario, la gente puede succionar lo que sea para no sentirse solitario, podrían salir a sus cocheras, entrar en sus automóviles y presionar con ambas manos el claxon para evitar el envolvente silencio en el caso más extremo. Callar el silencio es su principal ambición y de ahí parten a cualquier puerto estúpidamente tripulado, cuantas veces no hemos estado inmiscuidos en charlas sobre el clima, o el mejor precio de un taladro o que tan buena salud tiene un ochentón o el que vende tejidos en el mercado, platicas increíblemente vacuas que solo reflejan el eco detrás de las ropas de los interlocutores, peones que no toleran un gramo de eufemismo vacío y acusan a la soledad de estropear sus jugosos días con beligerantes huecos.

Estar solo es un apartado postal ubicado donde sea, un coagulo de directrices anárquicamente algebraicas, que disparadas como flechas abren todo camino, la soledad, en su dosis necesaria puede vaciarlo todo, para llenarse de verónicas de toreros, océanos de aire cromado, cárceles de hierba, sonidos de muchachas que ríen.

Pues entonces empecé a crear mis propios juegos, mis propias reglas y mis propios países aislados por murallas de municiones de volcanes, o mis propios dragones cruzados con cebras, o mis propios arquetipos feudales en cotas de malla muriendo con espadas atravesadas, a veces era una avispa gigante que recorría los desniveles de la escuela, o un guerrero con panoplia robótica, yo era un niño que no necesitaba juguetes, podía simular cualquier tipo de artefacto, misil o avión con mis propias manos, la soledad era una ciudad diáfana y purificada no apta para matachines ni enumeradores de cosas, un sitio donde se podía uno subir a la cima de una montaña no importa que fuse sembrada en la avenida más transitada del mundo, ya sea en los desiertos de Sonora o el tianguis de Tepito, el olor del mutismo puede gestar una instauración de óleo sobre el hormigón de manera sublime, una noche estrellada o un Hector y Andrómaca de Chirico, o un Tondo Doni de Miguel Angel o un Giacometti.

Tres horas diarias me sumergía en mí mismo, a las tres de la tarde todos subíamos al coche y por las ventanas se enmohecían los días, gran parte de mi infancia la recuerdo detrás de un cristal de automóvil, tengo viva la imagen de mujeres con blusas con hombreras y largos copetes, los años ochenta buscaban la imperfección en sus raíces contagiadas de escorbuto, todo era feo, los juicieros de cánones estaban catatónicos, los hombres vestían unos horribles pantalones de colores ruidosos y daba la impresión de que hasta los perros habían nacido incompletos, y desaparecían ciertos modelos de coches, ciertas embarcaciones hermosas que parecían invencibles, recuerdo cuando salió el ultimo phantom o el cutlass eurosport, o el century, mis papás tenían una dart guayín mil novecientos ochenta y dos, el modelo más largo, una especie de burbuja con tirantes y tumba burros, más parecido a un camión escolar que a una camioneta familiar evaporándose en plomo en la marcha, yo jugaba todos los días en la parte sobrante de la camioneta, un espacio de seis canchas de futbol donde veía las calles huir de mí, yo la llamaba el papamóvil, seguramente lo vislumbré en la televisión dentro del marco de alguno de los interminables viajes de Juan Pablo II, saliendo de clases nos subíamos a la casa cimentada en el propio movimiento, hasta que puntos de incredulidad podían dejarnos aislados del posmodernismo y dormíamos hasta llegar a casa.

Se busca una mujer

se busca una mujer

con tremendo flanco de sembrado risueño

para recibir a las palomas mensajeras

 

 

de exclamaciones intemperantes en los labios,

ingenuo licor en la sangre en los otoños,

y largas piernas que enreden en invierno

 

de loca mirada cuerda,

de culo alzado rompiendo la ciudad a bramidos

de baile que se crispe hasta con el claxon del trafico

 

 

con lindos medallones al tacto de la quiromancia

y redondos pechos de fija mirada alegre

que se asomen a mis palmas, mis uñas, mi paladar

 

con ojos que medio huyan de la carne que les persigue,

y poros que chupen en el abrazo de los organismos,

que se rompen como braguetas contra mi boca

 

 

flaca hasta perderse entre mis dedos,

pero con esa rodaja de constelación en tendencia,

de hermosos juguetes cósmicos hechos para nosotros los niños

 

se busca una mujer que se rocíe gasolina cuando hable,

que robe cuando deba de robar

y que se levante de cuando en cuando el resbalón la contenga

 

con un padre que me odie y con una estrecha

alberca de oleo para caer temprano al mar y enredarme

 

 

se busca una mujer de esas simples,

de las que no resumen nada y todo lo hacen pirotecnia,

con el clásico zumbido del tacón contra el asfalto en los ojos varones

 

con gran colección de vestidos con acento en las curvas

por si se me ocurre usar alguno y salir a comer aire

 

solicito que acaricie con la lentitud del peñasco

hasta romperme, ya sea por sus yemas o por sus rapacidades

 

pero solicito que acaricie ladrillos, playas,

medusas, niños, ancianos, perros, muebles, neumáticos,

mis manos, mi cara, mi torso, mi nuca, las nubes, mis rodillas,

la tierra, las plantas más feas, el espacio entre viento y viento

 

 

se busca una mujer para desvestir santos,

de cabello largo y oscuro y que en cada palpitar

de su corazón se oscile a los costados

un péndulo inquieto que rompa el espacio indolente

 

 

de redonda belleza expansiva y extraña,

venus desvergonzada que el domingo

rece por sus toreros y sus teatreros de guiñol,

no apta para Carlitos ni oficinistas