El rojo profundo de Tenochtitlan

El rojo profundo de Tenochtitlan

Ema Popova mi amiga búlgara vino a pasar una temporada a México, mujer pequeña y valiente que ha trotado mundos desde niña, huyendo de los brochazos post comunistas, con su mirada clásica de la Europa de Este, ojos hechos de resina de ámbar de los gigantes pinos en las montañas de hielo, esas mujeres particularmente tienen la misma mirada de los lobos que caminan desde Siberia hasta Sofía, cruzando las alambradas leninistas alimentándose de huesos y maquinaria de guerra, pero también con un fuego parpadeante, un fuego disciplinado que enciende su rostro sobrenatural de manera uniforme, un rostro pálido y simbólico en el cual se resumen tres mil años de ocupaciones, persecuciones y guerras.

 

Me escribe por WhatsApp y me anuncia que ha llegado a la ciudad de México, su avión llegó a medio día, tomó un taxi de esos seguros y se bajó en un sitio erróneo. Solo podía describir que tenía enfrente un enorme caballo de cobre y encima un jinete español mirando a un seven eleven con una de esas chaquetas militares de mil novecientos bla, bla, bla. Justo alado y en la esquina una rejilla vendiendo periódicos apoyada en un puesto de tacos, podía describirme el hermoso olor de la carne sobre un comal gigante y decenas de personas succionando tacos, atrapados en el humo de la parrilla y mirando a los costados del Serengueti para protegerse de quien quiera arrebatarles la comida de los labios. Me describe un perro muy flaco y un charco de agua verdinegra, el asfalto enmohecido con corcholatas fosilizadas y colillas de cigarros, la insipiente música de las bocinas de los autos, los gritos de guerra de los vendedores ambulantes. Le digo que aborde un turibus o que se acerque a uno de esos sitios seguros donde se puede tomar un taxi en fila, y una hora después me dice que se ha subido a un enorme camión rojo que se dirige a la casa de su conocida y tiene tanto miedo de bajar del autobús que siente escalofríos, tiene miedo de pisar esas calles de erupción penitente, de cruzar la vista con los grandes ojos de metal de sus habitantes que aun sostienen coloridos escudos aztecas y penachos de criaturas vivas desde sus pupilas, y me pide algunas desesperadas indicaciones, yo se poco de la vida práctica de la ciudad de México, el monstruo donde nací y donde aún hoy me pierdo al desconocer las referencias concretas, puedo estar en la colonia doctores y creer que me ubico en la calle Monterrey de la colonia Roma por ejemplo, por que la confusión reina en todos sus rincones, sus aristas son del tamaño de sus lados, puedes ver un edificio de 1550 donde posiblemente fusilaron a algunos soldados subversivos de Cuauhtémoc y años más tarde escribió un soneto Sor Juana Inés de la Cruz, y al costado inmediato una edificación innombrable donde venden los últimos modelos de Mercedes Benz, edificios que casi levitan en el aire con cimientos de un templo de sacrificios aztecas, pues la ciudad se les fue de las manos a los urbanistas encargados de rayar con hormigón los poros de la urbe, estoy seguro de que el cubismo nació en las primeras maquetas de la ciudad de México despuesito de la victoria de Carlos V. Y como no perderla si en el enfoque del planteamiento ya existe un error ineludible, en las mismas calles donde los niños venden periódicos los soldados de Cortez corrían descuartizados y embriagados de desesperanza por sus vidas hace quinientos años en la noche triste, algunas calles incluso conservan los mismos hermosos nombres de aquel día. Posiblemente en las plataformas donde fueron entregados cientos de corazones a Coatlicue hoy hay Oxxos, donde te venden pepto bismol, cerillos y talco para los pies. Así pues hay cuatro secreciones que preñaron la vagina de criptas cósmicas, que sembraron en el útero de las noche buenas malvas el parasito de la espina: el germen azteca, el estornudo español, el cromosoma gratinado francés y el nudo de solitaria norteamericano, y entonces siglos antes la ciudad creció literalmente en el agua en medio de la peor placa sísmica del mundo, como si los mexicas buscaran el execrable error para terminar desesperadamente de huir como los judíos y plantarse donde sea, no importa que alrededor existieran cien millones de árabes y egipcios apuntando con rifles sus cabezas, Tenochtitlan fue como diseñar un tatuaje en medio de una enorme cicatriz que a la vez esta erguida en una vagina, y cuando el clítoris se excita la rajada se abre y todo alrededor tambalea, hablamos de una abertura doblemente violada, un error cosmogónico que se desvaneció como migajas óseas (inevitablemente) y en sus restos hay una masa de gente rosándose, alimentándose de cuerpos, golpeándose, acariciándose, copulándose, asesinándose.

Entonces hoy la ciudad de México es un parapléjico con texana y bastón que usa tacones de señorita para correr inútilmente en patineta por las avenidas del agua, pero con rostro de roca olmeca, y alrededor siempre la mirilla de los volcanes, siempre apuntando con su grandes ojos nucleares como francotiradores, siempre mujeres celosas de ovarios enredados con vidrios en la caricia besando a sus hombres en los labios.

 

¿Cómo nació esa metrópoli? ¿Cómo saber de qué tamaño es esta gran rebanada de sombra y en que capa de la hierba se vive?, ¿en qué nivel dantesco cruza el tren subterráneo a la altura de Etiopia o Universidad o Tlatelolco? Las leyendas posiblemente son superadas por la realidad, quizá exista una conexión entre el núcleo del mundo y la ciudad de México, algo así como un pasadizo secreto del material de una arteria gigante, así entonces el palpitar del fuego centrifugo genera un espasmo atómico y se viene un sismo empapelado en cuero de carne humana y entonces todo baila al ritmo de un nudoso juego de pelota entre Jesucristo y Quetzalcóatl, el ir y venir de la pelota-planeta hace crujir los edificios, así la gran serpiente devuelve el balón con un terrible caderazo de escamas-mezquites y crujen los huesos de algunos squatters o paracaidistas en ciudad Netzahualcoyotl o de los ladrones con navaja del tianguis de la Merced, o de los abogados corruptos con espuma en la boca de los juzgados.

Quizá cada parte orgánica del planeta represente una función fisiológica y la ciudad sea digamos el páncreas o los intestinos, todo circula por este gran entronque de mierda fosilizada, por este cataclismo de lunas vectoriales que longitudinalmente se repartieron como napalm y nace la ciudad muralla invisible donde se unen los nutrientes con la flor en la caca y el cebo de las nubes, haciendo una especie de roca medular que se gangrenó hasta tal punto que al reventar nacieron esos seres de corta estatura y nariz toscamente afilada, siempre con una mirada perpendicular hacia un horizonte inexistente, (porque en el lago el horizonte es confuso, es como encontrar en la regadera un cabello largo arrumbado en los mosaicos y mentalmente asociarlo con una mujer, pero hay hombres que usan el pelo largo evidentemente, cinco hombres pudieron bañarse desnudos anteriormente) el cerebro es la maquinaria magnifica de una maquina estúpida.

Pero que es la ciudad de México, posiblemente una huella fosilizada poseedora de raíces cósmicas se hizo semilla, o tal vez un cristo embrutecido dando tumbos por el aguardiente se paró en el agua para construir su casa hecha de rio, o un demonio hinchado de hierba mala, o un duende feudal que bajó del Popocatépetl para cagar un ladrillo que después se hicieron dos y al minuto tres y a la hora mil millones, como la gestación de un hipopótamo, posiblemente la mitología se cierne en la memoria de lo impuro ¿porque se tuvo que elegir el camino romántico para nombrar la vida y la muerte? ¿Por qué no decir las cosas como se deben? Nadie cruza la vista con la muerte como los mismos aztecas, ningún rojo es tan profundo y contrastante como el de la sangre de la época de Chimalpopoca, ningún dolor es tan natural, ningún corazón que se detenga genera un silencio tan puro y tan honesto como el de los habitantes de Tenochtitlan en cualquiera de sus edades aunque sabemos que fue una historia corta pero ¿y entonces cual es la historia mala? Pues la que enumera los datos como si fueran una receta para crear un horrible pastel relleno de ordinaria pasta de bolillo, aquella historia que enumera muertos, que no olvida fechas exactas, que llama las cosas por un nombre sin eco, la que jala la naturaleza de la humanidad a su casa y la alimenta para verla crecer y así manipularla a su antojo. Las cosas tuvieron que ser por que fueron.

A mí me gustaría hablar de una historia diferente. Quizás un suspiro de buda viajó por kilómetros de sal y agua siguiendo la ruta del esperma hasta gestarse en la garganta del Iztaccíhuatl (un microbio que debió ser abortado) e incubó un monstruo que gateó hasta el valle siguiendo la ruta de un tridáctilo devorando una serpiente y colocar sus grandes posaderas para siempre a la altura de lo que más tarde sería el templo mayor. Quizá se tuvo que usar la crónica del culteranismo rimbombante de la palabra Quevediana o el legado en las calles con cruces blancas, lo recóndito para sumergir la verdadera historia de una ciudad espantosamente bella, lo recóndito para esconder a los últimos dinosaurios, lo recóndito para criar un tigre que en cada mancha guarda una vagina y sus preñeces y abortos deambulan por todos los rincones de una ciudad gallardete, quizás a un órgano al que le amputaron un tumor maligno naciente que lo mataría se arrojó al cebo de bichos en el lago y le crecieron escamas, hasta correrse como una enredadera, quizá un reloj a contra corriente que en cada molécula guardaba un detonador atómico decidió detenerse en la planicie para reinventarse, aunque sabemos que en cualquier momento estalla y no dejaría de pie ni un escarpelo clavado en una medula de algún paciente moribundo en el quirófano de un hospital del seguro social, un lente apuntando al sol de un extremo y en el otro al ojo de vidrio se le sandblasteó por si acaso, un muro de cartón que une un solo parapeto donde parados están veinticinco millones de calaveras, costales de grasa y huesos pisando la puerta del averno, la cual no se puede abrir pues el peso de la gente lo impide y todos guardan una llave en el bolsillo, todos tienen la respuesta en su bolsillo, tan solo hay que introducir la llave y girarla.

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