El ganado jornalero

El ganado jornalero

Mi gato se quedó durmiendo y yo me fui a trabajar,

cuando la cama tiene más valor que nunca

es decir a las cinco de la mañana

 

la estampida de obreros empezaba a las siete

los camiones llegaban repletos del ganado jornalero

peones que erizaban cables y conversaban con maquinas

vigilantes que husmeaban dentro de las bocas y los sobacos

operarios repetitivos interpretando el infierno en sublimes obras,

ingenieros que fornicaban con cabrestantes, tornos y rauters,

limpiadores que hacían sangrar los muros de afinarlos militarmente.

 

Yo llegaba y me hacía un nescafé y encendiendo un monitor

veía los nueve círculos del infierno,

eran los departamentos en una pizarra de caucho

con sus rostros japoneses en una cadena de mando piramidal,

yo laboraba digamos que en el Sexto Círculo o en el departamento de la Herejía

donde los flamígeros sepulcros destapados eran evidentes desde mi ventana,

un mosaico de cráneos eran el azulejo del área de operaciones

 

todos éramos roedores flacos camino a un semi holocausto contravenido

la planta era un congelador desde la primavera

y en invierno podríamos hablar de Plutón posiblemente

 

cerraban las compuertas y sonaban las alarmas

quizá soltasen el gas en cualquier momento

o quizá solo fuese una vulgar pesadilla descarnada

y harían con nuestros cuerpos portafolios, volantes de mercedes, tractores, baldosas

 

la guerra es honesta, la sangre tiene un continuo flujo de rio que llora francamente,

la guerra es una plañidera gigante apagando el sol de una meada

las diferencias se dialogan con fuego frente a frente acercándose de apoco

hasta terminar en un beso o en la muerte como en el matrimonio por ejemplo,

la guerra y el amor son hijos del mismo padre,

y en cambio el obrero repite y repite y repite y repite y repite y repite

no hay guerra, no hay amor, todo es una fábrica febril de engranes incorpóreos

con máquinas cercioradas por sombras eternamente

 

esa mañana apagué la máquina, tiré mi bata al escritorio, renuncié,

atravesé un patio con japoneses en todos los extremos y uno a uno

les atravesé con una mirada de solemnidad de pájaro, mi alma sonreía,

salí corriendo, tome un autobús rumbo a mi casa

y al llegar mi gato orinaba en todos los rincones del departamento,

rompía zapatos y ronroneaba

y pensé, estoy en el lugar correcto

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