Doña Antonia de Zarate

Doña Antonia de Zarate

Todas las tardes iba a la galería

recorriendo seis cuadras de lluvia

a ver a doña Antonia de Zarate.

Con sus ojos de tablado negro,

y lingote de argamasa en picada,

sus ojos, dos noches corrugadas en la mancha

del lince heraldo

 

al fondo de tu pintura,

un tapiz de oro pisando la bóveda del pan y del agua

de los herejes y los pobres

para evitar la mano del viento

acariciar sus alas de harapos,

y ahogar la ulcera grabada en la sombra de la libertad

y al cuadripléjico alfil en el gambito de izquierda,

 

¡Libertad!

Apócrifa esdrújula alargada como vientre de cerdo,

pupila clavada en el filoso río.

 

Antonia vestida de tonos mediterráneos, y abrigada con hielo negro

sus labios son puntas de caricias que aplauden al hablar

beso involuntario hasta al maldecir

y su pelo,

rocío de sangre azabache cocido con óleo,

fango y berilio a fuego bajo,

franelas de universo mal lavadas en los hombros

que limpian su rostro de lagrimas

o lo esconden

 

Antonia, tus visitantes son

rascacielos ordenados como ataúdes,

empleados del mes desfigurados,

gafetes, corbatas y ventanas de celulares,

de tristeza redonda y nutrida

ingenuos como el mejor de los cadáveres

 

solo yo te amo en secreto

 

Antonia de Zarate,

luego salen tus visitantes a deambular las aceras,

mira a los dublineses en tontas bicicletas

surgir de las cavernas del frio y el guijarro,

perderse en el horizonte

hasta que la cerveza

les cubre los parpados

y mueren.

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