Dún Laoghaire

Panorama
menos cinco grados
en el reloj checador,
hay bruma
hasta debajo de las uñas

afuera en la parte trasera de la tienda
Nhdeble el hombre negro de África
y yo salíamos como todas las noches
al patio de maniobras
a arrojar el interior de los enormes botes de basura
a los contenedores del callejón,

una de esas calles amputadas
donde rompe un muro en medio
y eso significa ser acorralado
en una persecución de criminales
al estilo Harry el sucio,
donde emerge humo del piso
como plantas tapando los rostros
y los sombreros.

El frio se sentía en los núcleos de los nudillos,
y a pesar del vacío más oscuro
en la madrugada
los charcos nos mostraban
pequeñas rebanadas de luna impresionista
al mirar al asfalto craquelado y sucio

a veces en algunas noches un gato,
se apoderaba de una tapa de contenedor
y era difícil espantarlo,
los gatos en Europa son disímiles,
podrían tragarse a una persona
si los provocas.

Vaciamos uno, dos, tres, cuatro, cinco enormes botes,
cada uno tirando de extremo hacia arriba
al mismo tiempo como coordinados
en una danza,
y el frio sepultaba nuestras manos
mientras nos mirábamos a los ojos
compartiendo un intervalo muerto
en nuestras posibles narraciones de décadas vinientes,

un giro mecánico hacia adelante
donde cada uno tiraba de sus brazos
al viento como una danza de martillos
que escapan por los aires de un solo golpe,
y dejábamos caer toda esa basura
haciendo mucho ruido,
ganchos de ropa
etiquetas
bastones
plásticos aplastados
latas de coca cola,
y al final Nhdeble
sacaba un cigarro
de entre su hebilla y cinturón
y un encendedor de su bolsillo
y veíamos la madrugada golpear
nuestras narices con su
descarado soplo a hielo.

Yo saque un sucio catálogo
de ropa interior de dentro de las cosas
dejadas en la basura
y hablamos diez minutos como de costumbre.

Nos sentábamos al filo de la banqueta
viendo la ciudad
a través de una ventana proyectada
en la calle perpendicular
por donde inicia la calle-tunel al fondo,
Nhdebele era de Zimbabue,
un desertor del comunismo,
del brazo retorcido del materialismo dialectico
más rudo y más retorcido

Marx y su peine zurdo
no se dio cuenta que también crece
pelo dentro de la nariz y también se puede peinar,

nunca creyó opinar que el trabajo
en equipo de la zurda y la diestra
dan como resultado
tomar ambos pechos
de una mujer o preparar
un pastel o abrazar a un niño
o armar un auto a escala.

Ndebele fumaba triste a pesar
de su sonrisa franca y su rostro negro,
porque todos los negros tienen
una mirada triste
como el oscuro que se asoma
al fondo del último trago de vino
en un vaso y Nhdebele me lo dijo:

–César si regreso a Zimbabue
me mataran por desertor de la revolución,
me llego un ultimátum para dejar Dublín
y regresar a África
ellos no entienden la magnitud,
moriré al poner un pie fuera del avión.

Y entonces sucedió,
se asomaron sus lágrimas,
como dos campanas salientes
de la iglesia
que tímidamente arrojan
al vacío sus mejillas al cantar
a la hora del badajo
y entonces
yo también lloré un poco,
nunca lloro frente
a un hombre que fuma en horas trabajo,
afortunadamente el oscuro de la noche
hacia más pálido e indescifrable
el rito así que cambie de tema
y hable acerca de los zapatos
tan estúpidamente ridículos
que usaba el polaco Patrick
en la tienda
al pasar el cepillo por la sección de damas,
a Patrick le gustaba sacudir
la sección de damas

todos deseábamos
limpiar la sección de damas,
creíamos que los sostenes traerían
algún tipo de consuelo silencioso,
en aquellas verdugas horas
de prisión en la tienda de ropa
de Dún Laoghaire,
y no podíamos dejar de odiar a Patrick
con sus zapatos apestosamente brillantes
pasearse entre la lencería,

-maldito polaco pensábamos,

mientras nosotros arrojábamos
los cestos enormes de basura a la calle
y así Nhdebele lloro un poco y estuvimos
listos para regresar al trabajo,
cruzamos el largo pasillo del sótano
que conduce hasta el callejón
pero al revés

y volvimos a la trastienda,
pero en el ascensor nadie dijo nada
en esa cosmos de dos habitantes bajo techo,
ni Nhdebele hablaba de la guerra
y yo no podía más que esconder mi silencio
y así,
al llegar al área de empleados,
Nhdebele tomo su enorme cepillo de barrer
como tomando un fusil y silbó
She loves you, yeah, yeah, yeah
de cómo era de costumbre
y yo tome un cono de papel
puse agua y me recargue en el periódico
informativo de los empleados,
esa noche no dormí un carajo…

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