trozo de noche

trozo de noche
Ser la oscuridad bajo el
carbón de sus dedos

colorearme sombra
y ya no ser fugitivo

sin embargo

guardar
un trozo de noche
en mis bolsillos

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cuando su sonrisa sea eterna

cuando su sonrisa sea eterna
Sus cabellos que huyen a todos lados,
ratones escurridizos de entre las vías
se entrelazan con las olas de un brinco
en su viaje al centro de la tierra

para perforar el acorazado en su encuentro
con la medusa bajo el agua

ahí junto al submarino enmohecido
que murió de cólera
victima de múltiples ombligos
presupuestados

los ojos del arrecife entran
y salen por su sexo
y en las cenizas se gesta
otro firmamento de acero

para que vuelva la guerra

(señalado por la punta
del pecho eterno
que hasta las hienas alimenta)

ahí por donde mi mano emerge
y a ciegas coge una gaviota
y la regresa a la placenta de golpe
para alimentar mis dientes

y junto con los resto de las nubes de napalm
tejerle un sombrero de plumas blancas
señora

y arrebatárselo
cuando su sonrisa sea eterna

pájaro espanta humanos

pájaro espanta humanos
pájaro de fárrago espanta humanos…

ladrido de rama hacia el cielo
y colocas tus dientes en el aire

saca tus alas Carlitos
y extiende tus plumas meñiques

pero en el tonto salto detente
para observar que el horizonte
nunca fue una cuerda entre tus pies

y el pájaro espanta humanos sonríe
el hombre nunca tendrá un ala
para sentir la nube en su paladar

en el escampado aún siguen ahogándolo todo

en el escampado aún siguen ahogándolo todo
guillotinas de sol que escudriñan
un trozo de piel en la costa
para asesinarse

para entregarse
a los trozos de caricias
circundantes

con sus sonrisas quemadas
del mismo material
de los agujeros negros,
el vino tinto y las sombras

tus lunares

geranios malvas
que abandonaron los navíos
para ser islas

en las tierras de Albarracín
hasta los mares de Cudillero
y otras más lejanas que llegan
hasta Ainsa

la curva de tu espalda
que incomunica tus nalgas

para que el labio
no se pierda naufragio adentro

para que las células morenas
tengan patria

con sus banderas aun ardiendo
en agua

en el escampado aún siguen
ahogándolo todo

Los geranios rojos se reparten

los geranios rojos se reparten
Nudo en la voz expansiva
respuesta insurrecta del eco

liquido roedor en el humo

silencio

erudición de lobo que ahoga
con nariz de plomo
acaricia el tuétano

la sangre escapa en la sección

estornudo yugular expansivo
los geranios rojos se reparten
en el charco de sombras nace la muerte
y gatea un esperma de nombre aborto,
una sirena que nado nube adentro
hasta el bochorno de las catedrales
y ahora pone disecada con ojos de pescado
su corazón en el maniquí de mirada verde

los huesos en la sabia del aguijón
alimentaran la sonrisa del agujero negro

el canto de la guerra tiene coro
y solo el hombre puede manosearla con gemidos
gatillos, caspa y crucifijos

pues el beato y el asesino
guardan la misma biblia
bajo el brazo

Detrás del silicón y el marcapasos

Detrás del silicón y el marcapasos
lagarto que ha enfermado
y ha hecho del arcoíris portafolios

muñeco de salmón liquido

has llenado de colesterol la tierra
y las aves y las piedras y las nubes

hombre caries cosmogónica,
hombre cucaracha nuclear
hombre sismo en el viento

corsario sobrado que viola satélites

en tus carreteras y tus trasatlánticos
con tu falo mecánico y plegadizo
tu telescopio que nunca mira hacia adentro

fornicaste las sirenas
del mar de Cortez hasta Doggerland

hiciste del blanco de Groenlandia
Motel de paso

respiraste todas las mariposas
disolviste las luciérnagas
apagaste la bombilla del sol
devoraste viva la liebre de la luna

tus palpitaciones son arrítmicas
no van con las sinfonías del mundo

tu esqueleto se ha ahogado
en tu propia carne,
detrás del silicón y el marcapasos

solo se asoma en la guerra
emergiendo de la sangre

flecha de doble filo que vuela
hacia ambos lados del camino,
tu cálculo es intrazable
por la inconstancia
tangencialmente ruinosa.

Donde nos perdamos pintaremos
de sangre las rodillas del de alado
y tragaremos sus uñas
de un bostezo

y haré de su pelo mis zapatos

Dún Laoghaire

Panorama
menos cinco grados
en el reloj checador,
hay bruma
hasta debajo de las uñas

afuera en la parte trasera de la tienda
Nhdeble el hombre negro de África
y yo salíamos como todas las noches
al patio de maniobras
a arrojar el interior de los enormes botes de basura
a los contenedores del callejón,

una de esas calles amputadas
donde rompe un muro en medio
y eso significa ser acorralado
en una persecución de criminales
al estilo Harry el sucio,
donde emerge humo del piso
como plantas tapando los rostros
y los sombreros.

El frio se sentía en los núcleos de los nudillos,
y a pesar del vacío más oscuro
en la madrugada
los charcos nos mostraban
pequeñas rebanadas de luna impresionista
al mirar al asfalto craquelado y sucio

a veces en algunas noches un gato,
se apoderaba de una tapa de contenedor
y era difícil espantarlo,
los gatos en Europa son disímiles,
podrían tragarse a una persona
si los provocas.

Vaciamos uno, dos, tres, cuatro, cinco enormes botes,
cada uno tirando de extremo hacia arriba
al mismo tiempo como coordinados
en una danza,
y el frio sepultaba nuestras manos
mientras nos mirábamos a los ojos
compartiendo un intervalo muerto
en nuestras posibles narraciones de décadas vinientes,

un giro mecánico hacia adelante
donde cada uno tiraba de sus brazos
al viento como una danza de martillos
que escapan por los aires de un solo golpe,
y dejábamos caer toda esa basura
haciendo mucho ruido,
ganchos de ropa
etiquetas
bastones
plásticos aplastados
latas de coca cola,
y al final Nhdeble
sacaba un cigarro
de entre su hebilla y cinturón
y un encendedor de su bolsillo
y veíamos la madrugada golpear
nuestras narices con su
descarado soplo a hielo.

Yo saque un sucio catálogo
de ropa interior de dentro de las cosas
dejadas en la basura
y hablamos diez minutos como de costumbre.

Nos sentábamos al filo de la banqueta
viendo la ciudad
a través de una ventana proyectada
en la calle perpendicular
por donde inicia la calle-tunel al fondo,
Nhdebele era de Zimbabue,
un desertor del comunismo,
del brazo retorcido del materialismo dialectico
más rudo y más retorcido

Marx y su peine zurdo
no se dio cuenta que también crece
pelo dentro de la nariz y también se puede peinar,

nunca creyó opinar que el trabajo
en equipo de la zurda y la diestra
dan como resultado
tomar ambos pechos
de una mujer o preparar
un pastel o abrazar a un niño
o armar un auto a escala.

Ndebele fumaba triste a pesar
de su sonrisa franca y su rostro negro,
porque todos los negros tienen
una mirada triste
como el oscuro que se asoma
al fondo del último trago de vino
en un vaso y Nhdebele me lo dijo:

–César si regreso a Zimbabue
me mataran por desertor de la revolución,
me llego un ultimátum para dejar Dublín
y regresar a África
ellos no entienden la magnitud,
moriré al poner un pie fuera del avión.

Y entonces sucedió,
se asomaron sus lágrimas,
como dos campanas salientes
de la iglesia
que tímidamente arrojan
al vacío sus mejillas al cantar
a la hora del badajo
y entonces
yo también lloré un poco,
nunca lloro frente
a un hombre que fuma en horas trabajo,
afortunadamente el oscuro de la noche
hacia más pálido e indescifrable
el rito así que cambie de tema
y hable acerca de los zapatos
tan estúpidamente ridículos
que usaba el polaco Patrick
en la tienda
al pasar el cepillo por la sección de damas,
a Patrick le gustaba sacudir
la sección de damas

todos deseábamos
limpiar la sección de damas,
creíamos que los sostenes traerían
algún tipo de consuelo silencioso,
en aquellas verdugas horas
de prisión en la tienda de ropa
de Dún Laoghaire,
y no podíamos dejar de odiar a Patrick
con sus zapatos apestosamente brillantes
pasearse entre la lencería,

-maldito polaco pensábamos,

mientras nosotros arrojábamos
los cestos enormes de basura a la calle
y así Nhdebele lloro un poco y estuvimos
listos para regresar al trabajo,
cruzamos el largo pasillo del sótano
que conduce hasta el callejón
pero al revés

y volvimos a la trastienda,
pero en el ascensor nadie dijo nada
en esa cosmos de dos habitantes bajo techo,
ni Nhdebele hablaba de la guerra
y yo no podía más que esconder mi silencio
y así,
al llegar al área de empleados,
Nhdebele tomo su enorme cepillo de barrer
como tomando un fusil y silbó
She loves you, yeah, yeah, yeah
de cómo era de costumbre
y yo tome un cono de papel
puse agua y me recargue en el periódico
informativo de los empleados,
esa noche no dormí un carajo…