Los besos, la soledad y el porno

Los besos, la soledad y el porno

Existen miles de páginas en Internet acerca del sexo;
Películas porno, videos, revistas, playeras, llaveros

No hay internet para los besos, no hay portales ni banners
que te inciten, las bocas en el porno se huyen como imanes contrarios

Quizá porque un beso simplemente rebasa la realidad por mucho
Tan es así que los besantes cierran los ojos
negando este abuso de lo visual que nos rodea

Quizá un beso represente una nostalgia, la de la no muerte
La de un golpe de vida cerrándote los parpados

Mi boca es un beso agazapado, un puño de boxeador alzando la defensa,
un pájaro solitario buscando su parvada

Mirar a una pareja besarse me estremece más que mirar
cien películas para adultos

Cuando una pareja se besa da la sensación
de que regresan sanas y salvas las ballenas grises al mar de Cortez,
que los niños marginados de Siberia miran sus platos rebosantes
de comida,
que los granaderos se convierten en muñecos de trapo

Dejé de ver porno porque no hay besos
Todo es gemidos, pechos y eyaculaciones

Cuando las alas de una boca han perdido su parvada
la simple imagen doliente de los besos que no se dieron
también me estremece,
la pulsión de una boca besándose a sí misma
la de la soledad

La boca es un beso constante
Donde el cauce del amor inaugura el camino
de un viaje de dos planetas que se encuentran.

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Limaduras 1

Limaduras 1
La gaviota del tiempo
te encaja sus agujas en los ojos
escribiendo con sus plumas
usando de tinta el aire

Hormigas

hormigas

Siente el tallo de una brisa circundarte
Siente el reflejo de la naturaleza en tu rostro
un verde olivo de ulceración en tus ojos
el llanto de un bosque para alargar tu mirada
Tus ojos que son dos yemas que acarician los pájaros
Ventanas abiertas adheridas a la noche.

Tiembla un río en tu garganta
para seguir su cauce en tus ojos
La noche no es soledad ni es tristeza
es la sombra del bosque y del mundo
si miras para arriba
Las estrellas son las hormigas
que también suben por tus ojos

Viernes 13 de julio de 2018

Viernes 13 de julio de 2018
Yo nací en este ataúd de carne
Cárcel de nudillos rechinando en su orquesta
Mi cuerpo es un camión de ritmo y música;
mi braceo, mis pasos, mi corazón.

“Yo que nací con Videla
Yo que nací sin poder
Yo que luché por la libertad
Y nunca la pude tener”.

A esta hora tengo puesto a Charly García
Hoy recuerdo a todos los muertos de mi vida
Los oigo como tarabillas cantándome al oído
Un día compartes una cena con ellos,
los miras a los ojos desternillados de risa
y al otro dos toneladas de tierra
les cierran los parpados.
Un día García saca un disco y al otro
se pudre en un manicomio
Un día tienes todos los cuatros
en la partida de dominó
y al otro tragas piezas hasta
que las tripas se te llenan de resina.

“Hoy paso el tiempo
Demoliendo hoteles
Mientras los plomos juntan los cables
Cazan rehenes”

La muerte también es rítmica
El fin de una melodía no programada
El resultado de una partida con el nudo del ahorcado
amarrado a tu manojo de mulas.

Hoy recuerdo a todos los muertos de mi vida
Los ojos extraviados del primero
nunca salen de nuestra mente.
Un día tomas café con ellos
y al otro apestan al espeso olor de un relleno sanitario.

Oigo al cojo que duda en el laminado
Que un día sin su bastón rodó por las escaleras.

Miro a aquel amigo que un día una llanta
le partió la cabeza en la carretera

Las huellas de un cadáver
son las de todo su cuerpo
Una huella digital de siete cuartas y media
Como la frente de una playa
recostada en los bañistas
Un panteón es una hoja de partituras
La música de una playa es la de un jazz improvisado

La gente deja huellas eternas
impregnadas en el mundo
Como las huellas en los zapatos
en el hormigón recién vaciado
Un paso después de otro con su diagonalidad
musical tatuada para siempre.

La muerte es una sombra que nos finge,
mi traje de ataúd es a la medida de mi alma
Nadie instala música dentro de un féretro
porque el alma ha partido y los oídos
se han vuelto chatarra espacial que levita en el éter.

Un día la vida huirá de mí mismo hasta
convertirme en madera y tierra
Un día seré la última ficha del juego
El último de los cuatros en la canción de la huida.

“Ahora no estoy más tranquilo”…

Los trenes del retorno

Los trenes del retorno
yo necesito un día para quererte
y dos para extrañarte

El latido trepidante de un recuerdo,
que con el freno escindido no detiene nuca su viaje
es un reflejo que me imita
una sombra atada a mis dos patas de palo,
mientras hablo ya soy recuerdo y mi yo de mas tarde me piensa
me repite una cinta en la grabadora de su espíritu,
quizá los fantasmas sean películas en pausa
aves que se disecaron antes de emprender su último vuelo.

Los recuerdos son monedas de dos caras,
rasguño de la espada en la pared con el corazón en medio,
amores muertos que renacen como flamas,
caricias fugitivas que me reconocen en la quiromancia,
ojos que son trenes que retornan
para limpiar las lágrimas con los pañuelos blancos del despido.
Son cuerpos en la arena y son playas con cicatrices
de pisadas en la espalda.

Yo soy también el recuerdo de alguien,
hay manufactura de cuerpos similares al mío
en el corazón de otras personas.
Yo también soy la playa
con huellas de bañistas tatuadas en mi espalda.
Yo también soy un tren que aplasta los pañuelos
del despido en su regreso.
Yo también soy sexo en el imaginario de alguien,
soy gasolina de un orgasmo,
nudo en la garganta de una entrepierna.
Soy el que canta un sueño en la mente
de algún otro,
soy un cuerpo de humo que con su mano
de vaho provoca unos ojos cerrados,
como cuando se quiere evitar
los ojos abiertos en un cadáver recién hecho.

el tiempo no se ve como la poesía o el aire
siempre se consuma el tiempo fantasma en la muerte,
el amor respira en las presencias
y transpira en las ausencias
el coro de un diástole y un sístole que un día han de enmudecerse,
de un desamor aún no roto
también el amor es invisible y anacrónico
yo necesito un día para quererte
y dos para extrañarte

como la prisión de una solitaria
que afuera sería serpiente,
somos también donde en símbolo habitamos,
somos muchos nosotros y afuera otros
incluso tengo muchos yoes desconocidos.

Cierra mis parpados de piedra
y súbete conmigo al tren del retorno,
hasta huir del horizonte de otros soñantes
y llevar en nuestra tripulación
a todos nuestros homólogos imaginarios.

La noche de la sombra

la noche de la sombra
Es una calle estrecha, invertebrada, un callejón donde vienen las ratas a morir, un cumulo de mosaicos cegados por las nubes del vaho de las alcantarillas, estoy cegado como la mirada de dos ojos de vidrio, soy un pirata navegando con doble parche. Camino leyendo en braille los postes y las texturas con caricias sobradas como las de los adolescentes enamorados. Escucho el tronido de hojas secas y de las cucarachas disecadas por el viento, de pronto una luz se enciende y choca contra mí de frente, alguien camina detrás de mí como a veinte metros. Si cambio de acera, cambia de acera, si acelero el paso, acelera, si me detengo se frena en seco. Volteo y la neblina me revela a nadie. Cambio de ruta súbitamente, doy vuelta en la esquina, empiezo a correr como un niño asustado, él se alarga y sostiene mis pies con sus extremidades elásticas, me detengo debajo de un foco, agito los brazos soltando algunos golpes al aire, aviones desahuciados sin destino para colisionar, la mancha negra responde con las mismas combinaciones, me arremeda a una velocidad vertiginosa, es mi sombra. Maldita plaga de luces negras atada a mis tobillos, maldito trance del parpadeo eterno, maldito reflejo del agua negra. Me mira con sus pupilas oscurecidas asomándose al charco de mis ojos, gesticula, sonríe, cuestiona mi andar de bruces, se burla de mi obsesividad compulsiva cuando evito las líneas del pavimento al caminar, trato de ignorarla. De pronto, miro a un hombre parado en una esquina al inicio de una calle estrecha e invertebrada, me acerco, imito sus movimientos cual si fuese su propio reflejo, quiero su simetría, la marca de agua en los muros de sus espejos, quiero ser negro como el alma de una llanta, el hombre se asusta, camina, corre, yo lo persigo, camino, corro, quiero difuminarme en sus tobillos hasta sentir la presencia infranqueable de su materia, ahora soy su sombra, el hilo negro que se desprende de su cuerpo. Si cambia de acera, cambio de acera, si acelera el paso, acelero, si se detiene yo me freno en seco. De pronto corre despavorido, le sigo el paso con una velocidad envidiable, los pies me fallan, el cansancio se apodera de mí, lo pierdo de vista. Miro al piso y está mi sombra, alzo la mirada a las calles y la neblina me revela a nadie.

Las cucarachas

las cucarachas
Después de muchas horas noctambulas
de supercherías para conciliar el sueño,
del intolerante silencio de las calles inermes.
Desde mi ventana, desde el interior de mi cuarto
la ternura de la noche es la de un tigre dormido
o la de un lagarto que bosteza
bajo una mano que lo acaricia.

De pie
después de henchirme de silogismos
hasta ahorrar minutos en siglos de vigilia,
salgo a la calle, busco a la gente urgido de contacto
con la mirada bien abierta como la de un pescado.
¿A dónde?
a repoblar una antigua plaza con el censo de un hombre
simulando un mitin o un concierto embarazado de una multitud frenética.
Miro el vacío, el silencio es de color oscuro
el negro del espacio se hincha en un mutismo celeste.
Las estaciones espaciales son fríos edificios que respiran muy alto.

Me dispongo a husmear la entrada de un bar que cierra
dejando salir a sus arrapiezos borrachos
trastabillando en la acera como becerros nacientes,
como cucarachas que respiran insecticida.

Camino calle abajo y el aire golpea mi cara,
consume de golpe un cigarro en mi boca
exhalando con los pulmones del abismo.
Los últimos ebrios caminan en contra mía;
pequeña barahúnda con desordenes de tránsito;
sus lagrimas de alcohol borboteando en sus parpados;
sus trajes roídos con corbata y sus nudos del ahorcado en las gargantas.
Todos hombres, atiborrados de melancólicas canciones.
La mujer común ya no deambula a estas horas
protege su sexo bajo la sabanas tatuadas a sus cuerpos
ahogando la vulva entre las piernas con miedo a que salte del colchón
y busque sonámbulo algún quitapesares,
algún falo que de mirarlas las deje preñadas.

Quiero estrellarme en el agua de alguna mirada,
en un rostro translucido que me escuche.
Soy el babuino más débil de una tribu superviviente.
Una cucaracha con diez horas de desahucio.

Doy vuelta e ingreso a una calle que no conozco,
recorro un callejón, circundo una glorieta, regreso,
me pierdo en lo oscuro;
en lo inhóspito de las sombras agrestes de los postes,
en la dehesa citadina que forma cabellos verdes negruzcos
en una vista calva desde el cielo son mechones de árboles.
A pesar de mi sosiega soledad suelta en las calles
estoy ansioso como un perro libre en la autopista.

Me asomo por accidente a una tienda cerrada de alebrijes
miro por una vitrina oscura que refleja mis ojos,
después distingo la forma de tu nariz en un dragón de papel.

No ha partido la mudanza en mi cabeza de tus últimos símbolos.
en los rincones de mi mente hay penachos de cabellos,
labios lapislázuli, hectáreas abandonadas de piel,
pinzas oxidadas de sostenes, charcos de perfume,
libros abiertos, días de misterios dolorosos,
flores secas, parvadas de gaviotas disecadas.

Cierra tu boca amor mío en mi cabeza,
recoge cada una de tus palpitaciones,
repliega esas alas convulsas
que antes me abrazaban en el vacío
y ahora son las grietas de un cielo que se desprende a pedazos.
Yo no sabía pero las cucarachas también vuelan,
tienen planeo limitado pero vuelan
tienen alas impotentes como las de las gallinas.

Deja de volar en mi mente un instante
sal de mí pájara maldita.
Deja de cortar huracanes en mi jardín de hálitos,
deja de sembrarme árboles en llamas,
déjame silencioso el tímpano para que escuche cuando aparezca
la canción de mi muerte, la de la despedida.

Regreso a casa,
con el aburrimiento crónico de un viejo enciendo la tele
¡Listo! la caja de luces habla por nosotros,
bombea mi sangre entre sus circuitos,
lo que avanza de mi muerte se lo debo a esas voces
a ese ritmo de lavadoras sempiternas.

A trescientos metros las campanas llaman a misa de siete
hay alguien arriba y debajo de mi cuarto, los ecos de sus despertadores
me dan un triste escalofrió, es un martes
o un miércoles o un jueves cualquiera.
Desde mi ventana las cucarachas se mueven al azar,
hunden remos en el día hasta vaciarse en la nada.
Vi un documental que advertía que las cucarachas
sobrevivirían a la guerra atómica,
que han estado aquí antes que los dinosaurios.
Para ellas somos unos insectos de paso
que tienen algo de impotentes como sus alas.